Su nombre fue Alexander Nikola Büyükvafiadis, pero casi nadie lo reconoció así. Un retraso en el crecimiento lo dejó a la salida de la pubertad con apenas un metro sesenta de estatura –aunque quizá fuera menos- y todo el mundo lo llamó Boduri. Era un tarro. En lengua turca boduri significa enano. Y con ese apodo cuajó su leyenda Nikola, a quien ahora, pese a los pocos datos y fotografías que se conservan de su vida, se le reconoce en la tradición y cultura del Galatasaray como uno de los futbolistas más brillantes de toda su historia. A la altura de Eşfak Aykaç, Fatih Terim, Cüneyt Tanman, Tanju Çolak, Hakan Şükür, George Hagi, Metin Oktay o los porteros Turgay Şeren y Claudio Taffarel. Ellos son el oro y la sangre del club. Sus mismos colores.

El breve Boduri había nacido durante 1919 en una Estambul bombardeada y tomada por los aliados tras la Primera Guerra Mundial, en el viejo barrio de Pera, el microcosmos de la minoría griego-turca en la capital otomana. Más tarde, Boduri se convertiría en uno de los pocos jugadores de etnia griega en hacerse un nombre dentro de las estructuras del fútbol turco. Pera es conocida ahora como Beyoglu, un distrito fronterizo con Besiktas, en el territorio europeo de la ciudad y cerca del puerto de Galata, con excelentes vistas del Cuerno de Oro. Su origen es genovés y veneciano, funcionó como un imponente foco comercial y se consolidó como la zona de espíritu más occidental y moderno de Costantinopla durante los siglos dieciocho y diecinueve. Armenios, judíos y, sobre todo, griegos poblaban sus calles. Los griegos crearon allí el club deportivo Pera, más tarde, en 1923, refundado bajo el nombre de Beyogluspor. Apenas había terminado la guerra de la independencia turca contra Grecia y muchos de los deportistas y afiliados al incipiente Beyogluspor formaron parte de los cupos de intercambio de población comprometidos entre ambos países en los acuerdos de paz. Los griegos de Pera que regresaron a Atenas fundaron el AEK, de colores amarillo y negro, como su hermano Beyogluspor. Quienes retornaron a Salónica, por su parte, parieron el otro club de este tridente familiar: el PAOK.

Otros muchos griegos permanecieron en Pera y adscritos al Beyogluspor. En él, se formó Boduri como futbolista, debutando con apenas 15 años en el primer equipo. Permaneció hasta 1938, cuando lo firmó el Galatasaray. A Boduri le pertenecía una anatomía efímera y sutil, pero sus pies volaban. Pronto engranó con otros ídolos del Galatasaray de la época, como Gündüz Kılıç, un delantero robusto y carismático, o el creativo centrocampista Eşfak Aykaç. Como tantos otros canteranos del equipo, ellos también pertenecían a las clases más culturizadas, intelectuales y dominantes de Estambul. No fueron buenos años para el Galatasaray, opacado por Besiktas y Fenerbahce en las ligas de finales de los 30 y primeros de los 40, pero Boduri desentonó como interior derecho, con un juego rebelde, rápido, preciso y cristalino. De su talento, se ha escrito, que era capaz de alojar, daba igual el pie, un balón en una canasta de mimbre situada en la otra punta del campo. Por entonces, 1939, integrando una selección de futbolistas de Estambul, había brillado con dos tantos en un enfrentamiento (5-0) contra un combinado de Budapest, cuya estrella György Sárosi, uno de los mejores futbolistas del mundo en la época, artillero histórico del Ferencvaros con 351 goles en 383 partidos, y mito del fútbol húngaro, dijo de Boduri: “Es la primera vez en mi vida que me siento impotente. No podía hacer nada contra él. Es una fortuna jugar frente a estas estrellas”.

El último ‘servicio’

La República de Turquía había cogido velocidad como estado-nación, divorciada ya del imperialismo otomano y motorizada por la revolución ordenada del presidente Mustafa Kemal Atatürk, el viejo zorro héroe en Galipolli. Las reformas del kemalismo reinventaron un país nacionalista, pero girado a Europa, más moderno y secularizado, donde se había abolido el sultanato, se habían prohibido el velo en las mujeres y el fez en los hombres, y el alfabeto se había modificado en clave latina. Era 1940 y el mundo se desgarraba por la Segunda Guerra Mundial. Ya sin Atatürk, fallecido en 1938, Turquía se había movido en esos primeros años de conflicto en una interesada neutralidad después de aceptar una tímida ayuda militar de Francia y Reino Unido. Pero con Alemania adentrándose como una cuchilla en los Balcanes, viró las plumas y los folios, y firmó algunos acuerdos diplomáticos y armamentísticos con el Tercer Reich: un puñado de submarinos, algunos aviones y un poco de material bélico. Siempre sin salirse del estado de no beligerancia y siempre con el desaste de la Gran Guerra presente como escarmiento y lección. Al final, con los nazis ya sentenciados, Turquía aún les declararía la guerra aunque no se conoce a ningún turco que apretara un gatillo.

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En realidad, el gobierno de Ismet Inönü nunca se fío ni de unos ni de otros. Su poder geoetratégico, como puente entre Europa y Asia, era un formidable peso sobre los hombros de Turquía ante un mundo partido en dos. Por ejemplo, Ankara fue un avispero de espías. Por eso, los turcos fortalecieron sus defensas, rearmaron sus tropas, llenaron los cuarteles y mantuvieron siempre un ojo sobre el botón de alarma. No había guerra, pero podría haberla. En ese clima de falsa tensión, Boduri, como todos los chicos de su edad, fue llamado al servicio militar en diciembre de 1940. Entró el día 22 por la puerta del centro de reclutamiento de Sirkeci. La tarde siguiente, el Galatasaray jugaba contra el Beyogluspor, y sus dirigentes solicitaron un permiso especial para que pudiera alinearse. Tuvieron fortuna. El comandante del cuartel, Sarayil Muhittin Sahinbas, era un fanático del Galata y liberó a la estrella durante un día. Mientras se construía el Ali Sami Yen, el Galatasaray jugaba sus partidos en el estadio Seref, hogar entonces del Besiktas, un recinto levantado en los jardines del Palacio Ciragan. Boduri se vistió allí y jugó el partido, tan especial para él, frente a su antiguo club y sus amigos de siempre. Una ola de frío azotaba Estambul. Boduri vestía una fina camiseta y acabó resfriado. Aquello tan sólo parecía un resfriado.

Debía reincorporarse esa noche misma al servicio militar, pero Boduri sufrió temblores y escalofríos. Los dirigentes del Galatasaray contactaron con el cuartel y preguntaron si el futbolista podía pernoctar en su casa. Nevaba y el aire era de hierro, congelado. No sólo le denegaron una ampliación del permiso, sino que le instaron a presentarse en otro lugar, en los cuarteles de Kilyos, en la costa norte de las afueras de Estambul. Ya era de noche y no había transportes. Tampoco carreteras hábiles, sepultadas por la nieve. Boduri, con fiebre, debió salir hacia allí. Debía recorrer andando casi 20 kilómetros. En pleno camino, dobló las piernas, cayó, tieso de frío y enfermo, hasta que alguien pudo trasladarlo al Hospital Militar de Gumussuyu. Le diagnosticaron una neumonía doble. Pasó al coma. Resistió unos pocos días, pero Boduri no sobrevivió. El enano de los pies diabólicos se apagó. Cuando su estrella apenas comenzaba, había muerto con los pulmones helados y el corazón encendido por el fuego del Galatasaray. Tenía sólo 21 años.