Karim Benzema ha nacido muchas veces. Casi tantas como ha muerto. No hay muchos futbolistas que, como el francés, hayan tomado en tantas ocasiones el camino que va de las catacumbas al cielo, y viceversa. Es un viaje que conoce bien. Si le pidieras consejo, quizá incluso podría recomendarte algún buen sitio para comer, o un mirador desde el que se pudiera fotografiar el paisaje: “Mira, ahí es donde decides una eliminatoria de Champions, y la gente deja de silbarte”. Es como si, a base de recorrerlo, hubiera hecho suyo ese tránsito asfixiante, hasta el punto de acabar sintiéndose cómodo en él.

Karim se ha acostumbrado a que después de los reproches vengan los elogios, y luego más reproches. Aun así, no hay pruebas que indiquen que sea un jugador demasiado distinto al que aterrizó en el Santiago Bernabéu el 1 de julio de 2009. Si uno presta atención, y analiza su forma de comportarse en el campo, con esa elegancia ante la que todo amenaza con derritirse, la vida, el habla, el tiempo, verá que no es el personaje el que se ha movido, sino su entorno, generando un curioso efecto óptico. Él, en esencia, sigue siendo el mismo. Es el público quien, dependiendo de las circunstancias, lo mira de una u otra manera. Como apuntaba Iñaki Lorda hace unos días en Twitter, después de que el galo confirmara ante el Leganés su brillante arranque de temporada, es preocupante que “en 2018 aún haya gente descubriendo a Benzema”.

Cada vez que volvemos a elogiar a Benzema, o a criticarle, lo hacemos con la inocencia del principiante, como si se tratara siempre de un jugador distinto. Sin embargo, con gol o sin gol, con Ronaldo o sin Ronaldo, con pelo o rapado, la verdad es que el lionés conserva intacta la identidad que lo catapultó muy joven a la élite, y que luego lo ha sostenido entre los más grandes, esa que le define como un fenómeno poco común, líquido, escurridizo, alérgico a las etiquetas. Para darnos cuenta de que cada noche estamos ante el mismo hombre, basta con comprobar el tipo de discusión que suscita su figura. Cuando el juego de Benzema pasa por un bache, y sus remates parece que tengan que atravesar el desierto antes de alcanzar la red de la portería, nos asalta un resquemor familiar, como un viejo tic. Desde hace diez cursos, el debate se repite. ¿No será entonces que tampoco ha cambiado su detonante?

 

Él, en esencia, sigue siendo el mismo. Es el público quien, dependiendo de las circunstancias, lo mira de una u otra manera

 

¿Pero qué es Benzema? Cuesta ponerse de acuerdo. Atraparlo en dos o tres palabras. Recientemente, Orfeo Suárez, acordándose de Paco Umbral, escribió en las páginas de El Mundo que el atacante galo es “mortal y rosa”. De él, Manuel Jabois dijo que es el mejor nueve y medio del planeta. Gary Lineker, por su parte, sostiene que estamos ante un deportista sobrevalorado. Mientras que Jorge Valdano prefiere compararlo a la salud, porque “uno le echa en falta cuando no lo tiene”. Incluso Mourinho se atrevió a ir un poco más allá en su día y lo equiparó a un gato.

Benzema parece ser, en defitiniva, lo que uno quiere que sea. Y si de lo que se trata es de deliberar si es mayor o menor su valía, sería necesario admitir, antes que nada, que solo el hecho de que este tipo haya conseguido que nos preguntemos en el siglo XXI si un delantero centro debe marcar goles, ya es motivo suficiente para que lo elevemos a la condición de mito. Como mínimo.