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Todo el mundo necesita un compañero o compañera con quien ver la vida pasar. Por más que algunas personas quieran negarlo, este hecho es una verdad inmutable. No me refiero únicamente a un camarada a nivel sentimental, como podría ser la pareja, sino que se engloban en esta categoría también los familiares, los amigos de la infancia, los vecinos o hasta los compañeros nuevos de trabajo. Hasta las personas ultra-positivas necesitan tener cerca alguien con quién compartir las alegrías, y por qué no, también las tristezas. Requerimos de ese alguien que tenga una visión de las cosas distinta a la nuestra, y por consecuencia, que nos ayude a crecer y al mismo tiempo mejorar como individuos.

Supongo que así podría definirse una de las relaciones más carismáticas que ha dado el mundo de la ficción, en la que Batman (un héroe con mil batallas a sus espaldas y personalidad seria), se cruza y alía con Robin (un joven aprendiz, con traje colorido, actitud positiva y alegre), creando así un contraste de lo más inverosímil. Lo mismo sucedió cuando en 2011 se toparon en Gelsenkirchen un hombre que había ganado tres Copas de Europa con el Real Madrid y se había convertido en símbolo del fútbol español con una joven promesa alemana que, nada más pisar el césped del Veltins Arena con tan sólo 17 años, se le vio como un jugador destinado a hacer grandes cosas en la élite futbolística. Ésta es la historia de Raúl González y Julian Draxler, los Batman y Robin de Gelsenkirchen.

Recapitulemos. Empecemos por el principio. Era verano de 2010 y, después de 16 años en el club que le vio crecer y le dio todo como futbolista, Raúl González hacía las maletas tras la llegada de una nueva hornada de galácticos a Chamartín. Gran parte del éxito de su fichaje por el Schalke 04 recayó sobre las espaldas de un antiguo compañero y amigo de Raúl, Christoph Metzelder. “Hablé con el técnico sobre la necesidad de fichar un delantero. Y pensé en él. Me puse en contacto con Raúl, le hablé sobre el Schalke y la posibilidad de venir a la Bundesliga, y le pareció interesante”, declaró el zaguero alemán al magazín semanal de la liga alemana.

El Schalke, que estaba en pleno proceso de transición, fichó nada más y nada menos que 14 jugadores aquel verano. Raúl tomó el mando de un equipo germano que contaba con grandes jugadores: Ivan Rakitic, Manuel Neuer, Joel Matip, Sergio Escudero, José Manuel Jurado o Klaas-Jan Huntelaar. Felix Magath, su entrenador, solía alinearlos con una disposición táctica de cuatro defensas, cuatro centrocampistas y dos delanteros. Todos conocemos a Raúl, un delantero más ‘pillo’ que nadie. Es por eso que se solía quedar rezagado detrás del ariete, consciente de que, si el balón no entraba a la primera, caería dónde él estaba situado para embocarla hacia las mallas. 

Tras una mala campaña en la Bundesliga, en la que acabaron novenos, apostaron su suerte a otras dos competiciones: la Copa Alemana y la Liga de Campeones, competición fetiche para el ‘7’. Poco a poco iba entrando en las alineaciones un joven jugador de la cantera con gran proyección, Julian Draxler. Un jugador hábil, rápido e imprevisible en todas sus acciones, sobre todo si se le dotaba de la libertad necesaria para jugar por el frente ofensivo. El quinteto atacante formado por Jefferson Farfán, José Manuel Jurado, Huntelaar y los propios Raúl y Draxler causaba temor entre las defensas rivales, que no podían despistarse ni un segundo ante tal surtido de talento. 

Con el equipo de los ‘mineros’ a punto para el sprint final de temporada, los partidos claves empezaban a sucederse. En Copa, tras deshacerse de Augsburgo, Nuremberg y Bayern de Múnich, los de Gelsenkirchen se habían plantado en la final ante el MSV Duisburg por méritos propios. El partido definitivo no tuvo color, puesto que el equipo azulón fue un rodillo y le endosó cinco goles al rival, haciéndose así con el título.

Pero la gran sorpresa saltó en la máxima competición continental. Contra todo pronóstico, el conjunto alemán se coló entre los cuatro mejores equipos de la competición. En aquella edición, entre otros, dejó atrás al Valencia y al Inter de Milán, que era el actual campeón del torneo.

La gesta no pudo ser completa, sin embargo, pues el Manchester United de Alex Ferguson apeó al Schalke de la tan ansiada y soñada final. Pese a ello, para todos los aficionados, ese equipo será difícil de olvidar.

La siguiente fue la última campaña de Raúl en tierras alemanas, puesto que el ariete pedía dos años para renovar y solo le ofrecían uno. Le quedó tiempo para ganar la Supercopa Alemana frente al Borussia de Dortmund e incluso para capitanear al equipo en cuartos de final de la Europa League. Raúl tuvo una despedida de leyenda en el Schalke, incluso quisieron retirar su dorsal. Está comprobado que la huella que dejó en el equipo minero fue muy grande. Supo llegar al corazón de los aficionados, de los compañeros y de toda persona que se cruzara en su camino.

“Me fijé en todo lo que hacía él y traté de cambiar mi juego para que se sintiera cómodo a mi lado. Se dio cuenta de que quería aprender de él”

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, comentaba Draxler en los micrófonos de Dazn en el año 2016. En el mundo del balompié hay pocas figuras capaces de dejar huella en otras personas. Así lo hizo con todo un club como es el Schalke 04 Raúl González, además de llevarse a un discípulo y, sobre todo, amigo como lo fue Julian Draxler. Gotham, o en este caso, Gelsenkirchen, jamás tendrá unos escuderos mejores para ayudar y servir a su gente.

 


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Fotografías de Getty Images.