Desde lo alto del Duomo de Milán la Virgen de la Madonnina presume, orgullosa ella, de ver que su ciudad ostenta diez Copas de Europa, 36 campeonatos de la liga italiana, 12 coppas y muchos, muchísimos, más triunfos, que hacen de la capital de la Lombardía una de las urbes más laureadas cuando el balón echa a correr por el césped. Y todos estos títulos, estos logros, podrían lucir en una única vitrina, pertenecer a un solo sentimiento, pero en los primeros años del siglo pasado se decidió que esto no fuera así, que la Madonnina tuviera el corazón partido en dos, y que su ciudad, Milán, protagonizara una de las rivalidades más potentes del mundo balompédico, entre dos gigantes de este juego. El negro, pues, vive ahí a caballo entre dos colores, entre dos familias, entre el rojo y el azul; mientras estos conviven en la calle, en el trabajo, en casa, en el metro, en todas partes.

Cuando a finales del siglo XIX el foot-ball llegó al norte de Italia, muchos fueron los transalpinos que comenzaron a engancharse a este deporte. También había británicos en esas tierras por aquel entonces, fruto del comercio en la industria textil, y motivo por el cual darle patadas a un trozo de cuero esférico se puso de moda. Uno de esos inmigrantes era Herbert Kilpin, que, a su llegada a Milán previo paso por Turín, se juntó con Alfred Edwards, vice-cónsul británico en la ciudad, para formar un equipo de fútbol. El Milan Cricket and Football Club vio la luz un 16 de junio de 1899, un día después de que las páginas de La Gazzetta dello Sport publicaran un escueto comunicado de sus fundadores: “Seremos un equipo de diablos. Nuestros colores serán el rojo como el fuego y el negro como el miedo que infundiremos a los adversarios”. Claros y concisos. Para dejar por escrito al resto del país que tenían la intención de ser uno de los mejores clubes de Italia.

 

El Milan-Inter es un orgullo para la Madonnina, que puede alardear de que su ciudad es la única que ha visto a dos clubes levantando la Copa de Europa

 

Dicho y hecho. En sus primeros diez años de historia se llevaron tres títulos del Campionato Nazionale di Football, el primero en 1901, el siguiente en 1905 y otro en 1907. Fue precisamente tras este último cuando desde la directiva del Milan se tomó una decisión que cambiaría la historia del equipo, el club y, por ende, también de la ciudad. No querían más extranjeros en la plantilla, su idea era la de una entidad puramente italiana y, en esas, más de una cuarentena de miembros del Milan decidieron dar un paso al costado y fundar un nuevo club en el que no se cerrara las puertas a la gente que viniera fuera del país. Entonces, un 9 de marzo de 1908, con Giorgio Muggiani al frente de esos 44 disidentes que creían en otra idea para su institución, crearon el Inter de Milán. Miraron al cielo y se borraron las rayas rojas del pecho para pintarlas de azul. “Esta maravillosa noche nos otorga los colores de nuestra stemma: negro y azul sobre un fondo dorado de estrellas. Se llamará Internazionale, porque somos hermanos del mundo”, expresaron en el comunicado que anunciaba el nacimiento de los ‘Nerazzurri’. El Milan pasaría a ser el equipo de la clase obrera. El Inter, el de las élites. Aunque esta diferenciación social fue diluyéndose con el paso del tiempo.

Comenzaban una nueva historia separados. De hermanos a rivales, de defender una misma camiseta a tenerle tirria a la otra; pese a que durante los primeros años de convivencia en la ciudad aún no se había desatado la enemistad entre ambos. Tuvo que llegar la década de los 20, en tiempos de la dictadura fascista de Benito Mussolini, para que todo estallara. Bajo la idea del régimen de que era conveniente que no hubieran más de dos clubes potentes por ciudad, Inter y Unione Sportiva Milanese se fusionaron en el 28, pasando a llamarse Società Sportiva Ambrosiana. Ahí empezaba la gran rivalidad. Solo dos equipos en la ciudad. Uno contra el otro, sin terceros en discordia. Con la única discusión de si rojo o azul, pese a compartir el negro.

Mediados los 40 la Ambrosiana recuperó el nombre que le pusieron Muggiani y compañía a aquella escuadra que huía de las ideas milanistas. Volvió el Inter y lo hizo al mismo tiempo que el club cambiaba de casa y pasaba a compartir césped, gradas y estadio con el Milan, quien fuera propietario de San Siro hasta 1935, antes de que el ayuntamiento se lo quedara en propiedad para después ofrecerle un hogar al ya archienemigo de los ‘Rossoneri’. De este modo, dos de los equipos más grandes del país compartirían para siempre su vivienda. Un orgullo para la Madonnina, que puede alardear de que su ciudad es la única que ha visto a dos clubes levantando la Copa de Europa.

 


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Fotografía de Getty Images.