El deporte de élite es para valientes. Importa poco tomar una decisión u otra; importa elegir la correcta. Si se acierta, debes disfrutar de ese momento siendo consciente de que durará menos de lo que deseas. Si se falla, podrás esperar una segunda oportunidad que siempre llega, aguantando el chaparrón de burlas, risas y críticas ventajistas que la sociedad en la que hoy día nos encontramos genera. Es, precisamente, el mirar a la cara a esa segunda oportunidad lo que diferencia a los deportistas de élite de los héroes, aquellos que ahuyentan los fantasmas del pasado con una mirada de confianza. Ivan Rakitic y, sobre todo, Luka Modric son dos de los centrocampistas más reconocidos y reconocibles a nivel internacional. Pero en el encuentro de octavos ante Dinamarca pasaron a ser héroes, afrontando una situación con acierto que cerraba un círculo iniciado hace diez años.

Croacia no disfrutó de una fase de clasificación sencilla para el Mundial de Rusia 2018. Islandia le arrebató la primera plaza del grupo y los croatas se vieron condenados a disputar una repesca que superaron sin problemas. Una vez asegurada la presencia en la Copa del Mundo, el objetivo pasaba a ser el de superar una complicada fase de grupos y acceder a la ronda de octavos de final. Desde que en la Eurocopa de Austria y Suiza 2008 cayera con Turquía en cuartos de final, Croacia no había podido superar la ronda de octavos de final de ningún gran torneo. En Sudáfrica 2010 no estuvo, en la Eurocopa de Polonia y Ucrania 2012 cayó en primera ronda, en Brasil 2014 también se quedó en la fase de grupos y en la Euro de Francia 2016 el límite fueron los octavos de final.

 

En el Croacia-Turquía de la Euro’08, los balcánicos solo acertaron uno de los cuatro penaltis. El primero fue mandado fuera por Luka Modric y el tercero corrió la misma suerte por parte de Ivan Rakitic

 

La generación que se daba cita en Rusia 2018 estaba liderada por dos jugadores en el centro del campo: Rakitic y Modric. Junto a los centrocampistas del FC Barcelona y Real Madrid, un elenco de jugadores de gran nivel y en un buen estado de forma que hacía presagiar un gran papel de la selección de Zlatko Dalic en tierras rusas. La fase de grupos se superó con autoridad, haciendo pleno de victorias ante selecciones del nivel de Argentina, Nigeria e Islandia. De esta forma, el combinado ajedrezado volvía a encontrarse con ese muro que no se conseguía derribar desde 2008.

El peso sobre sus hombros

Horas antes del encuentro ante Dinamarca, muchos aficionados croatas y jugadores, entre ellos Ivan Rakitic y Luka Modric, recordarían con sabor agridulce aquel último encuentro de cuartos de final ante Turquía en la Euro 2008. El partido fue bastante igualado, tanto que se marchó a la prórroga. Allí el guion no cambió y cuando parecía que todo se iría a los penaltis, Klasnic puso el 1-0 a favor de los de Slaven Bilic. Aquella Croacia rozaba las semifinales con las yemas de sus dedos, pero en un final de locura Turquía consiguió empatar con un balón al área definido a la escuadra por Sentürk. Ese cambio drástico a escasos segundos del final dejó en clara desventaja moral a unos croatas que ya se veían en semifinales. Justo el efecto contrario se produjo en los otomanos, que veían como la esperanza regresaba después de haberla perdido casi toda.

El fútbol azotó fuerte a una Croacia que solo acertó uno de los cuatro penaltis que lanzó. El primero de ellos fue mandado fuera por Luka Modric y el tercero corrió la misma suerte por parte de Ivan Rakitic. Los, por aquel entonces, jovencísimos croatas, sufrieron en sus carnes el duro azote del fracaso de los valientes al atreverse a chutar un balón de tal importancia. Sin embargo, es a esos valientes a los que el destino y el fútbol en particular les reserva una segunda oportunidad. Esa revancha iba a llegar en plena madurez futbolística y mental para ambos, después de haberse convertido en esas estrellas que por 2008 apuntaban a ser. La ronda de octavos de final del Mundial de Rusia 2018 cerraría el círculo para Croacia en general y para Luka e Ivan en particular.

El partido tuvo un patrón opuesto al Croacia-Turquía de 2008. Si aquel encuentro fue llamativo por sus dos goles en los últimos segundos de la prórroga, ante Dinamarca se marcaron dos en los cinco primeros minutos. Primero golpearon los daneses, pero Manzukic empató pronto. Así, el partido llegó a una irrevocable prórroga. El segundo tiempo de este añadido de 30 minutos estuvo marcado por el penalti que Jorgensen cometió sobre Rebic. A falta de menos de cinco minutos para el final del encuentro, Luka Modric se encontraba ante una situación similar a la de diez años atrás. Once metros volvían a separar la suerte de Croacia y la de Luka. El genial Kasper Schmeichel quiso que esta suerte continuara sin llegar, ya que el meta del Leicester detuvo el lanzamiento.

De nuevo cruz en un momento vital para un país que confiaba todas sus cartas al mayor genio que ha vestido la camiseta ajedrezada. La tanda de penaltis llegó y Luka Modric volvió a demostrar esa actitud tan antagónica a la escenificada fuera del verde. La timidez fuera de las botas de tacos da paso a un afán de liderazgo, responsabilidad y valentía fuera de lo común. Luka Modric quiso luchar contra su pasado para cambiar el presente. En una tanta de penaltis donde ambos porteros estaban teniendo una actuación destacada, el ’10’ croata volvió a plantar el balón en el punto de penalti, ese que le había dado la espalda en dos ocasiones. La segunda – o tercera – oportunidad estaba ahí. Y no la desaprovechó. El balón al fin besó la red y cuando Ivan Rakitic también convirtió el quinto y definitivo lanzamiento ambos estallaron de alegría.

Los dos genios balcánicos habían sido parte fundamental de una histórica clasificación croata para cuartos de final de un Mundial. Veinte años después de que la Croacia de Suker llegará a semifinales, los de Dalic volvían al top-8 de una Copa del Mundo. Diez años después de aquel episodio en el Ernst Happel de Viena, Luka e Ivan volvieron a sonreír. Habían cumplido con su selección, pero, sobre todo, habían aprovechado la segunda oportunidad que solo a los valientes se les concede. Aquella que solo llega y se aprovecha por medio de la responsabilidad y la confianza en uno mismo.