Será raro el Mundial de 2022. Qué digo raro: será marciano. Inconcebible, en realidad. No habrá por dónde cogerlo, cómo vivirlo. Sobre todo, por el marco temporal en el que tendrá lugar, arrancando un (frío) 21 de noviembre y cerrándose un (todavía más frío) 18 de diciembre. ¿Pero qué carajo…? Es como si a alguien que lleva 30 años haciendo la compra los sábados por la mañana, de repente, le comunican que a partir de ahora tendrá que hacerla los miércoles a las tres de la madrugada. Ese alguien, esa noche, si no fuma, empezará a fumar.

La desorientación sí conduce a alguna parte: al ocaso.

Los miércoles a las tres de la madrugada, como sabrán, pueden hacerse muchas cosas, algunas de ellas sorprendentemente interesantes. Pero bajar a comprar la fruta, o el pescado, o el champú, como sabrán todavía mejor, no.

En noviembre y en diciembre puede haber fútbol. Claro que puede haber fútbol. De hecho, lo hay. Están en juego grandes competiciones. Pero ninguna de ellas se llama Mundial. Y no es casualidad.

Moverla de fechas, como pretenden hacer en Catar dentro de cuatro años, es un modo cruel de hacer aún más compleja la naturaleza de la Copa del Mundo, ya de por sí enrevesada. Después de todo, nadie sabe muy bien por qué es especial la Copa del Mundo. Se conoce que nos altera, que nos engancha, que nos “acaricia el nervio más íntimo” (como dijo Cortázar de la poesía de Alejandra Pizarnik). Que ocurre en verano. Pero, a partir de ahí, poco más.

Los Mundiales son incomprensibles y fantásticos a la vez. En esa contradicción se columpia tranquila su magia, que brilla igual que una niña pequeña canturreando en el parque.

 

Nadie sabe muy bien por qué es especial la Copa del Mundo. Se conoce que nos altera, que nos engancha, que nos pincha el nervio. Que ocurre en verano. Pero, a partir de ahí, poco más

 

Todavía no he encontrado a una sola persona que me justifique por qué el Mundial es mejor que la liga, o que la Champions, si es que realmente lo es. En principio, si tenemos en cuenta el principal sentimiento que nos ata al fútbol, debería conmovernos menos que el resto de torneos, puesto que en él no compite el club al que animamos desde siempre. Hay quienes lo conciben, en efecto, como un llamado patriótico, y se sientan frente al televisor con la esperanza idiota de descubrir que su país resulta ser el mejor de todos -si el balón entra, también lo hace el PIB, el Estado del bienestar o incluso la clase política-. Pero basta de mentiras: no hay nada de lo que uno sea más nacionalista que de su equipo de fútbol.

Nos damos cuenta de lo extraño que es un Mundial el día que nos encontramos animando a un jugador al que por norma general detestamos, pues durante el curso viste la camiseta de nuestro máximo rival. Que les pregunten sino a unos cuantos madridistas qué sintieron por Iniesta la noche en que ajustició a Stekelenburg en Johannesburgo.

Cabe la posibilidad, aunque no existan demasiadas evidencias para probarlo, de que el atractivo de una Copa del Mundo radique en su capacidad de empujar al espectador hacia una dimensión desconocida, paralela pero incomparable con la que habita durante los meses que van de agosto a junio. Si diésemos por buena esta teoría, estaríamos aceptando que el encanto de este evento que ahora sumará una nueva edición en Rusia es que nos permite relacionarnos con lo que sucede en el césped de una forma diferente a la que estamos acostumbrados, proponiéndonos nuevos estímulos, breves pero salvajes, como por ejemplo el de convertir al archienemigo, por unos días, en uno de los nuestros.

En el fondo, este tipo de espectáculos sirven para abrir un paréntesis en medio de la historia de nuestras vidas (que es la que escriben nuestros conjuntos del alma), habilitando un sistema de ventilación que nos ayudará a reponernos del espiral de alegrías y desgracias que se acumulan a lo largo de toda una temporada.

“Como el médico de Molière”, teclea Juan Villoro, “el fútbol ofrece remedios imaginarios”.

Lo inusual actúa poderosamente sobre nosotros, hasta el punto de llegar a fascinarnos. En ocasiones es necesario salirse del camino para luego retomarlo con energía renovada. Quizá por eso, cuando se acerca el Mundial, los aficionados acometemos acciones que en cualquier otro momento estarían fuera de órbita: comprobar a qué día y a qué hora se jugará el Costa Rica-Serbia, leer un perfil sobre el entrenador de Japón, preguntarle a Google por la estrella de Irán, coleccionar cromos con la cara de tipos que en muchos casos nos resultarán unos perfectos desconocidos.

Relacionado con esto último, me viene a la cabeza algo que contó Roberto Bolaño en una ocasión. Respondiendo a la pregunta de un periodista que se interesó por su obsesión por coleccionar libros de toda clase, el escritor comparó esa manía con una que tuvo en 1962, cuando todavía era un niño y se pasaba las tardes rellenando un álbum de cromos de los jugadores de la Copa del Mundo de Chile. Hasta que no estuvo completo, no respiró tranquilo. “Que me faltaran dos de Brasil era como si me faltaran dos Stendhal”, reconoció Bolaño. “Iba directamente a por ellos”.

Hacer cosas que no sabemos por qué nos atraen, pero que está claro que nos atraen, es una manera de simplificarnos la existencia. Cuestionarnos por qué las hemos elegido a ellas, y no a otras, quizás solo sea una estúpida pérdida de tiempo. Cuando todo es acción, el mundo se aplana, desaparecen los pliegues, y los acontecimientos circulan más ligeros. No hay trabas. Nos levantamos, andamos descalzos, nos servimos dos cafés seguidos, bajamos la persiana, encendemos una vela, nos cortamos las uñas, le gastamos una broma al mensajero, dejamos un plato en el suelo, abrimos una revista en el baño, liamos un porro, llamamos al teletienda, desmontamos un mueble, lo volvemos a montar. Y si alguien, cualquier familiar o amigo con unas actitudes mucho más coherentes y sólidas que las nuestras, nos sale al paso preguntándonos si no nos iría mejor otro estilo de vida, siempre le podremos contestar satisfechos que nosotros al menos ya sabemos quién es el lateral izquierdo suplente de Panamá.

De todos los sinsentidos, el Mundial es el que más sentido tiene.