Es cierto que no será lo mismo. El West Ham y Boleyn Ground parecían el matrimonio perfecto. Ambos recogían la esencia de ese fútbol que ya no está, de ese Londres menos brillante, pasado de moda, más robusto, rocoso y frío que el que se intenta proyectar desde la City en el nuevo siglo. Los ‘irons’ y su querido Upton Park han sido durante décadas dos conceptos genuinamente ligados a un fútbol inglés antiguo que, con la explosión de la Premier, ya no es más que una ilusión rescatada por el marketing. Ahora, con la partida del West Ham de su casa, ya no quedará ni eso. Solo la memoria.

El siglo XXI está cambiando el mapa de estadios de la capital británica. El doloroso adiós del Arsenal a Highbury y la construcción del modernísimo -y patrocinado- Emirates Stadium empezó a marcar una tendencia: si el club más laureado de la ciudad daba ese paso, era de esperar que sus vecinos no tardaran en activar planes parecidos. Un camino lógico, el de la ampliación de aforos y de servicios ofrecidos en el recinto deportivo, teniendo en cuenta la voraz expansión económica, local y global, de la liga inglesa. Manos a la obra. El Chelsea ya ha presentado planes para la expansión de Stamford Bridge, y el West Ham y el Tottenham, los otros dos pretendidos ‘grandes’ de la urbe, no han sido menos.

UN GOL OLÍMPICO

Londres no quería que su estadio olímpico, situado en el Queen Elizabeth Olympic Park de Stratford, centro neurálgico de los Juegos Olímpicos de 2012, fuera un monumento al despilfarro -el caso de Atenas en 2004 es un buen ejemplo de los riesgos que entraña la fiesta olímpica- por lo que se planteó en primer término la desconstrucción parcial del recinto tras la competición para convertirlo en un escenario más modesto que acogería pruebas atléticas. Esta posibilidad finalmente se descartó. Se acabó abriendo así un proceso para encontrar un inquilino que convirtiera el recinto de titularidad pública en un lugar vivo y a su vez rentable.

Se trataba de una buena oportunidad de negocio para un club de fútbol avispado que quisiera ver crecer su masa social y sus ingresos en día de partido. Así pues, West Ham, Tottenham y Leyton Orient (el club más próximo al Parque Olímpico de Stratford, donde se encuentra el estadio), presentaron sus candidaturas, siendo la de los ‘hammers’ la mejor considerada desde el inicio.

La disputa fue larga y no estuvo exenta de litigios en los juzgados. El Tottenham se retiró de la carrera al ver asegurada la aprobación del proyecto de construcción de su nuevo campo. El Leyton Orient, por su parte, insistió, y llegó a proponer una propiedad compartida con el West Ham. La idea no prosperó; el gol olímpico lo iban a marcar los de Upton Park.

La conversión de aquel estadio diseñado para albergar unos Juegos en uno que a partir de la temporada que viene verá fútbol cada quince días no ha sido simple ni barata. La adaptación ha costado 272 millones de libras, 15 de ellos asumidos por el mismo West Ham, que pagará un alquiler de 2,5 millones por temporada -un número que se reduciría a la mitad si el club perdiera la categoría. Tales cantidades dejan el coste total del estadio en 701 millones, una cifra relevante que no hace más que aumentar las dudas de la opinión pública -especialmente la de los hinchas del resto de clubes de la ciudad- respecto al hecho que fondos colectivos hayan sufragado una operación que va a beneficiar tan claramente a un solo actor privado, por mucha masa social que este arrastre. Y más teniendo en cuenta que la tradición del fútbol inglés dista de la otros países europeos -Italia, España- en la que es común ver a equipos compitiendo en campos municipales.

La respuesta del club a las críticas ha sido contundente. “El contribuyente se va a beneficiar, cosa que no haría si se derriba el estadio para convertirlo en un campo de atletismo de 25.000 asientos”, ha comentado el copropietario del club David Gold, que ha hecho hincapié en el hecho que el West Ham está dándole “un futuro” al emplazamiento y está contribuyendo a subsanar “la falta de previsión de los responsables políticos”. El West Ham, al rescate.

Se puede debatir, pero ya no se discute. Los martillos cruzados ya adornan el nuevo hogar del West Ham, que ve multiplicado por dos su impacto en día de partido. Del aforo de 35.000 espectadores se pasa a uno de 60.000, gracias al cubrimiento total de la pista de atletismo. Si alguien tiene dudas sobre la capacidad del club para llenar el recinto, la respuesta de la hinchada deja pocas dudas: ya se han vendido 52.000 abonos para la próxima temporada.

Tal y como dijo Arsène Wenger -alguien que vivió en sus carnes las restricciones deportivas que acompañaron la apuesta económica del Arsenal por construir al Emirates-, “al West Ham le ha tocado la lotería” con la adjudicación del Olímpico. Es evidente que el recién llegado a Stratford tiene una mano ganadora ante sí. Si juega bien sus cartas, el club estará entrando a partir de la próxima temporada en una nueva era que debería estar marcada por la prosperidad y el crecimiento. La palabra “London” grabada en su nuevo escudo se lee como una evidente declaración de intenciones en ese sentido. Hacerlo con el equipo en Boleyn quizás hubiera sonado excesivo y hasta redundante. Pero hoy, con el club jugando en el corazón de la Londres moderna -la de los Juegos de 2012- y con la intención de dejarse ver en un mercado que día a día se expande overseas, la apuesta cobra todo sentido. Un viejo club para nuevos tiempos. Desde Londres, en Londres, para el mundo.