No hay una razón definida que nos aclare por qué echamos de menos el fútbol. Nos afecta su ausencia de la misma manera que nos inquieta no tener unos zapatos de recambio o un puñado de frutos secos para la ensalada. Son cosas livianas, perfectamente prescindibles, que sin embargo trazan el dibujo de una estructura invisible que estamos seguros que sostiene nuestras vidas. Quedarse sin goles, como agotar el desodorante, o perder de vista el punto de libro que siempre usamos, es un drama minúsculo que parece empujarnos a la desorientación absoluta.

Perder el fútbol es un mal menor, eso está claro. Más importante son la salud, las relaciones, un techo. Pero es la clase de mal menor que, mezclado con la ausencia de otras nimiedades, aumenta súbitamente su volumen y puede llegar a convertirse en el peor de todos tus males. Hay detalles que se agigantan cuando, simplemente, dejan de estar. El sol sale igual, la cartera no se ha esfumado del bolsillo de tus tejanos y tu pareja sigue durmiendo en su lado de la cama, pero no hay noticias del linier que hoy prometía amargarte la tarde, en la radio no dan el carrusel y el Eibar no va a empatar en el campo del Granada. Cómo gestionar el hueco que deja aquello que solo debería importarle a un pobre capullo, y que aun así a ti te importa mucho, tanto, que solo piensas en salir al balcón, encender un pitillo y consumirte con él.

Es evidente que solo se han suspendido los partidos. El fútbol continúa avanzando como un río en las páginas de los libros, en los videos de Internet, en Twitter, en esta misma revista o en las conversaciones nostálgicas que mantienes por WhatsApp con tu amigos, en las que os referís al Liverpool-Atlético del 11 de marzo como si se hubiera producido en el siglo pasado. Pueden haber, incluso, los que pensemos que no nos va del todo mal este respiro. Pero admitámoslo: no es suficiente. Este juego, por más historias que ya haya generado en el pasado, por más ideas que invite a abordar, por más juego que dé, en definitiva, pese a estar parado, no está concebido para ser una naturaleza muerta. Necesitamos que la noria siga girando. Que sigan brotando Getafes, Haalands, Braithwaites. Que sigan viendo la luz nuevos partes de lesiones, que se anuncien fichajes aborrecibles y que aparezcan crónicas inéditas en los periódicos. Que se fallen penaltis, que pinche el líder y que se sirvan cervezas en los campitos de barrio. Que nos den la dosis. Si la rueda se detiene, incomprensiblemente, también percibimos que lo hace una parte esencial de nuestra existencia.

 

Perder el fútbol es un mal menor que, mezclado con la ausencia de otras nimiedades, aumenta súbitamente su volumen y puede llegar a convertirse en el peor de todos tus males

 

El fútbol sirve para atenuar nuestros problemas. Actúa como alivio. Es un paréntesis. Cuando nos abandonamos al sofá, por ejemplo, para ver un Juventus-Lecce, transitamos hacia otro plano, miles de kilómetros por debajo del mundo real, en el que todas nuestras emociones quedan encerradas en un rectángulo de césped, y aquello que sentimos, sea positivo o negativo, no trasciende a ese espacio. Los sentimientos se mantienen, pero afloran por otros motivos, a menudo mucho más ligeros. Nos cabreamos, nos alegramos, nos ilusionamos, pero solo porque han pitado una falta que no era, porque ha marcado un delantero que nos cae simpático o porque se han añadido cinco minutos de descuento. Es como llevar el cinturón de seguridad puesto y saber que en 90 minutos ningún accidente logrará que salgamos despedidos hacia la realidad.

Quizá por eso cualquier hincha elegiría perder antes que le aplazaran un encuentro. Porque el fracaso en el terreno de juego, por más deprimente que sea, siempre será un fracaso secundario al que pronto barrerá la cotidianidad, mientras que el fracaso en la vida no tiene otro por encima que le haga sombra. Es el último fracaso, o el primero, según como se mire, y más que entristecernos directamente nos asusta.

 


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Fotografía de Getty Images.