Su cresta se asemeja a la que peinan algunos de los más extraordinarios díscolos pateadores del balón, y lo cierto es que el inconformista chef David Muñoz tenía calidad para haberse dedicado a hacer diabluras sobre el césped. Sin embargo, este canterano del Atlético de Madrid decidió aplicar su talento a los fogones.


 

Empecé a interesarme por los fogones a los 12 años, muy jovencito, pero el fútbol fue mi primera pasión, mucho antes que la cocina. No solo lo jugaba mañana, tarde y noche, con el equipo, en la calle o donde fuera, sino que me tragaba todos los partidos que echaran y mi habitación era como un museo, repleto de fotografías de mis futbolistas favoritos.

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Mi abuela trabajaba en la lavandería del Santiago Bernabéu y mi abuelo era acomodador del estadio. Toda mi familia es súper ‘merengue’ y yo nací con un chupete del Real Madrid y el carnet de socio blanco. Con 12 o 13 años, para llevar la contraria, me hice del Atlético, pero seguía yendo al Bernabéu con frecuencia. Un fin de semana iba a ver al Real Madrid, algo que también representaba poder pasar un buen rato con mi padre, y al siguiente, al Atlético. Siempre he disfrutado del fútbol desde una perspectiva muy libre y sana: soy del Atlético pero no soy anti-nada. Por encima de todo, me gusta el buen fútbol.

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Mis ídolos eran Romario, Luis Enrique y Figo. Si DiverXo se pudiera comparar con un futbolista, sería Romario, porque era creatividad pura. Valdano dijo que era un jugador de dibujos animados, y creo que no hay descripción más acertada. Figo me flipaba, sobre todo en su época en el Barça. Y Luis Enrique me parecía el jugador total: ambidiestro, con garra, llegada, técnica y actitud ganadora. Me sentía muy identificado con él.

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Como futbolista tuve el problema que me creí muy bueno antes de serlo. Tenía 16 años y pensé que lo tenía todo hecho. Con esa edad, caes tan deprisa como subes.

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Llegué a jugar en Segunda B con el Atlético de Madrid B. Al final de esa temporada, me entrené durante tres semanas con el primer equipo de Antic. En aquella época coincidí con jugadores como Antonio López, Cubillo, Ivo… Y también me enfrenté muchas veces a los equipos inferiores del Real Madrid, donde estaban futbolistas como Corona o Aranda.

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En el vestuario nadie sabía de mi pasión por la gastronomía. Dejaba de salir con mis amigos para encerrarme en la cocina. Tal vez era por timidez, para que no se rieran, porque lo veía como un poco freaky, no me atrevía a explicar que me gustaba cocinar. Tras dejar el fútbol, y ya metido en el mundo de la cocina, estuve un tiempo viviendo en Londres. Ahí la cultura futbolística es la polla. Tuve la oportunidad de ver jugar en directo al Chelsea y al Arsenal. Me encantaba cómo vivía aquella gente los días de partido. Eran los años ‘gunners’ de Bergkamp y Henry. Ver jugar al holandés me ponía hasta cachondo. ¡Qué clase tenía!

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En la restauración, una profesión que requiere de muchísimas horas y con unos sueldos que no se pueden comparar con los de un futbolista, comandar un equipo es mucho más difícil que dirigir un vestuario. En un negocio como el mío la gente se motiva porque cree en lo que hace y por las ganas de querer comerse el mundo. Los valores son diferentes.

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Si con el fútbol se me subieron los humos a la cabeza, no me ha pasado lo mismo con la cocina. El deporte me enseñó el valor del trabajo y que lo importante es cómo acaban las cosas y no cómo empiezan. Sé que con DiverXo lo mejor aún está por llegar.