MILAN 2 - 1 LIVERPOOL (23.05.2007)
7Nota Final
IMPORTANCIA9
EMOCIÓN6
TÁCTICA8
ESPECTÁCULO5
Puntuación de los lectores 4 Votos
8.6

Liverpool. Milan. Champions. Tres palabras que, juntas, siempre te llevan a un mismo lugar. Como si solo un recuerdo pudiera almacenarse en nuestra memoria, como si no hubiera espacio para más en el disco duro. Porque hablar de Liverpool, Milan y la Champions te lleva a 2005, rara vez a otro año. Te invita a viajar a Estambul, extraño que sea a otra ciudad. Te obliga a pensar en el tartán turco, en ninguna otra pista de atletismo. Te recuerda a Jerzy Dudek, a Andriy Shevchenko, no hay más porteros o delanteros en la ecuación. Es lo que tiene una final como aquella, la del milagro de Estambul, que el resto de la historia ya no interesa, no cuenta, no vale, no importa. Fue tan extraordinario que envió a la papelera cualquier otro encuentro casual entre ellos, ni que fuera otra final de la Champions, aunque sucediera apenas dos años después, con gran parte del reparto de la primera película repitiendo cartel en la segunda.

Dos años después de Estambul, el Milan era algo menos Milan. Sin Crespo y sin Shevchenko, maldito en Estambul y también en el Chelsea, la responsabilidad del gol recaía en Inzaghi y Gilardino, suplente aquella noche. Del centro del campo hacia la portería, poco o nada cambiaba. Kaká, tras los puntas. Gattuso, Pirlo y Seedorf en la sala de máquinas. Maldini y Nesta, ya sin Stam, liderando la zaga. Dida en la portería. Equipo de época. De aquellos que recitas de carrerilla cuando tiras atrás en el tiempo mientras llevas una década quejándote de que ahora el Milan ya no es lo que era y te alegras al ver que, por fin, once años después, han vuelto a salir campeones de Italia. Pero Maignan no mola tanto como Dida. Tomori no es Nesta. Tonali es el eterno nuevo Pirlo. A Leao le faltan unas cuantas toneladas de sopa para ser Kaká. Porque todo lo viejo mola más que lo nuevo, claro, y si un equipo sumaba tres finales de Champions en apenas cinco años, pues todavía más, por supuesto.

Dos años después del milagro, el Liverpool quería reafirmar tantas veces como fuera que había vuelto para quedarse. La Premier se resistía, aunque la ‘orejona’ era la garantía de Rafa Benítez para validar el regreso ‘red’. Aquello no le valió a Dudek para seguir bajo palos; Reina le ganó la partida hasta enviarlo a Madrid. Finnan, Carragher, Agger, Riise, una zaga clásica, digna de los mejores PES. Xabi Alonso por delante, ahora con Mascherano. Gerrard más adelantado de lo normal, escoltado por Jermaine Pennant y Boudewijn Zenden. Arriba, Dirk Kuyt; Milan Baros ya era cosa del pasado; Harry Kewell, aunque aún en plantilla, más de lo mismo. Otro equipo para la historia, pese a que el tiempo, probablemente, acabará mitificando más a Jürgen, a Trent, a Virgil, a Jordan, a Sadio, a Mohammed que a muchos de los que estuvieron en Estambul y repitieron luego en Atenas.

 

No pasó a la historia aquella final. Nadie la recuerda en exceso. Todos los caminos llevan a Estambul, ninguno a Atenas. ¿Les importa a los ‘Rossoneri’? No lo creo

 

Dos años después del primer asalto, ambos entrenadores, perros viejos, tenían claro en la previa por dónde irían los tiros. “Benítez dijo que quien marcara primero tenía mucho ganado y acertó. También Ancelotti, que afirmó que este Milan era mucho peor que el de hace dos años pero que estaba muy motivado, que era casi un milagro haber llegado a la final, que no lo desaprovecharían y la ganarían”, recordaban las páginas de Mundo Deportivo el 24 de mayo, el día después de la final. Dicho y hecho, nada se salió del guion, simplón, previsible. Tanto como que Inzaghi marque un gol casi sin querer al filo del descanso. Falta en la frontal del área, chuta Pirlo, desvía ‘Pippo’, cae la Reina. La partida ya estaba en manos del Milan. A partir de ahí, el Milan abrió el diccionario, buscó la letra ‘c’, el dedo se deslizó por las páginas hasta que encontró catenaccio y se dedicó a esperar y salir al contraataque. Así hasta que en el 82’ apareció el futuro Balón de Oro Kaká para ponerle un balón al espacio a Inzaghi. Solo ante Reina, demostró que no solo sabía marcar goles feos, esquivó al guardameta y la envió a la red. El 2-0 parecía ya definitivo, un jaque mate de libro. Pero el Liverpool, espoleado por su afición, recolocó las fichas del tablero para que aquel encuentro especulativo tuviera algo de vibra antes de que el alemán Herbert Fandel pitase el final.

“Sólo hubo unos escasos minutos de emoción, desde que Kuyt logró el 2-1 (89′) hasta el final. Muy poco para que los ‘Reds’, totalmente desconocidos, pudieran ganar la Champions. La ‘spanish army’ de Rafa Benítez no estuvo bien, jugó demasiado a la italiana y ya se sabe que si se plantea un partido así ante los auténticos maestros, se lleva las de perder”, apuntó Mundo Deportivo. El gol de Kuyt fue insuficiente. El Milan, con poco, volvía a reinar en Europa. Era la séptima. La última hasta la fecha. No pasó a la historia aquella final. Nadie la recuerda en exceso. Todos los caminos llevan a Estambul, ninguno a Atenas. ¿Les importa a los ‘Rossoneri’? No lo creo. Así sirven las vendettas en Italia.

 


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Fotografía de Imago.