Son los tesoros que oculta Long John Silver entre cajas de zapatos y polvo en suspensión. Estos días he vuelto a casa de mis padres y esta vez, como tantas otras veces, no he podido dejar de entregarme a la tarea de recorrer uno por uno todos los álbumes de cromos y guías de fútbol que fui capaz de acumular durante mi infancia y adolescencia. Si Proust tuvo su magdalena, algún día tendré un Bollycao que sea capaz de devolverme de un plumazo todo aquel tiempo perdido; mientras tanto, no encuentro mejor forma de evocar mi pasado que revisitar, con ridícula y deliciosa delectación, las caras de los futbolistas de antaño. Entre esos tesoros, dos ocupan un lugar de privilegio: el álbum de cromos de México’86 y la Guía Marca de la temporada 96-97, la del delirio de la Liga de las Estrellas.

Ahí están todos los rostros que se confunden y juegan en mi memoria. Si los jugadores del Mundial de México se me aparecen como una nebulosa donde no sé distinguir entre aquello que verdaderamente recuerdo y aquello que desearía recordar, los de la Guía del 96 fueron determinantes para mi educación futbolera sentimental. Vamos, lo que viene a ser la diferencia entre la incipiente conciencia del mundo que podía tener un crío de seis años y la mirada voluble de un adolescente. O, lo que es lo mismo, diez años en los que se aprendía a descubrir el mundo y que, en mi caso, van de la efigie mística y poderosa del Diego en aquel cromo de la página 11 del álbum de Panini a la calva de Ivica Mornar, “punta potente en el choque y espabilado ante el gol”, de la primera Guía de la Liga que alcancé a comprar. 

Pique era un chile gigante

Nunca conseguí completar aquel álbum de México’86 y lo cierto es que nunca lo completaré. Que se quede como está, con sus huecos en las casillas de Rummenigge o Boniek, con sus imperfecciones, con sus manchas de bollería, con algunos resultados garabateados en los pequeños espacios que se dejaban para ello. Para mí, Pique nunca llevará tilde y seguirá siendo la mascota de aquel Mundial. Un chile gigante con sombrero mexicano y bigotón panchovillesco plantado en la portada del álbum junto a las banderas de los participantes. En aquel tiempo no distinguía la realidad de los especiales mundialistas de Mortadelo y Filemón. Una promesa de exotismo, de un mundo diferente, de cuando se conocía a los futbolistas, pero también a los países, cada cuatro años. Nombres y rostros que vuelven de un lugar desconocido, donde habita el olvido y el fútbol ochentero. Pongamos por caso a Bum-kun Cha, a Marton Esterházy, a Mustapha El Haddaoui o, mi preferido de por entonces, Enzo Scifo. Rostros que siguen allí, detenidos en el tiempo, en los estadios de Querétaro, Toluca o, mejor todavía, Nezahualcóyotl.

 

Si los jugadores del Mundial de México se me aparecen como una nebulosa donde no sé distinguir entre aquello que verdaderamente recuerdo y aquello que desearía recordar, los de la Guía del 96 fueron determinantes para mi educación futbolera sentimental

 

Vuelvo a ver en la contraportada que el álbum costaba 50 pesetas y pienso que, desde luego, la inversión de mis padres fue rentable. La de veces que he regresado a esa página donde Maradona y Bochini siguen hombro con hombro. Aquella Italia de un Baresi con pelo y un Ancelotti con la ceja en su sitio. En España, culpa también de los cromos, tengo más presente la calva de Calderé que al propio Butragueño. La samba en los rizos de Careca, Sócrates y Toninho Cerezo. Qué le vamos a hacer, los tópicos funcionaban mejor antes de la globalización. No sé por qué una de las primeras selecciones que me viene a la cabeza cuando pienso en México’86 es la de Canadá. Nunca más volví a saber de ellos. Poco más puedo decir que tenían a un jugador llamado Bruce Wilson, recién salido de los bosques, y a otro llamado Tino Lettieri, recién salido de Los Soprano.

Y luego estaba el Este, que en aquellos tiempos de Guerra Fría lo tenía todo. Rostros curtidos, pétreos, macizos, con pómulos de hormigón armado y bigotes de Komintern. Todavía es mentar a Smolarek, Protasov o Blochin y sentir el impulso de desfilar por el pasillo de casa. Bulgaria, Polonia, la Unión Soviética, Hungría… El portero magiar, Peter Disztl, no sé si llegó a parar alguna en los seis que le cayeron contra la URSS pero sí tengo claro, cada vez que lo miro, que era una especie de Chewbacca austrohúngaro. Tantas caras que fueron cromos repetidos, tantos rostros que hoy pasean por Comala… Los porteros bigotudos Manuel Bento y Pablo Larios, también Urruti, los italianos Gaetano Scirea y Paolo Rossi, el Tata Brown y sí, claro, la mirada de un muchacho de Fiorito que ya en aquel cromo sabía que iba a conquistar el mundo.

De Bélmez a Félix

Si el álbum de México’86 es testimonio de mi primer recuerdo asociado al fútbol, la Guía de la temporada 96-97 es la piedra de toque que revela toda mi adolescencia. Fue el año en que, Ley Bosman y derechos de televisión mediante, el fútbol español se despendoló. La Liga de las Estrellas llenó estadios y nos ayudó a aprobar los exámenes de geografía. Jugadores de Sudáfrica, Nigeria, Bolivia y una hornada de variopintos balcánicos. Aquella guía, con todos sus datos, con sus benditas estadísticas, era una epifanía en orden alfabético. Volver a ella es regresar al rostro de futbolistas que aparecen y desaparecen de la memoria como si fueran caras de Bélmez. La melancolía postsoviética de Andrei Moj, los cachetes rubicundos de Rubén Sosa o el rictus de un extra de Kurosawa que mostraba el japonés Nobuyuki Zaizen, del que la Guía comentaba que tendría sus “oportunidades en el cuadro de Lotina” y que nunca llegó a debutar con el Logroñés.

Estudiábamos los comentarios, los números, la pizarra y, en aquel tiempo muy anterior a YouTube, las pintas que lucían los nuevos fichajes. Algunos fueron ídolos nada más ver su fotografía y ahí mismo se quedaron. Los del Depor tuvieron las greñas a lo Mötley Crüe del francés Madar, mientras que a los del Sevilla les tocó el alisado Black Sabbath de Marinakis, “franco con el balón, sin demasiados adornos”. Aquellos rostros nos marcaron y todavía irrumpen en algunas conversaciones. De vez en cuando, alguien se atreve a recordar que Penev, Poyatos y Poyet solo estaban separados por tres páginas.  A ver, no seamos exigentes, teníamos 15 años, palabras de amor sencillas y tiernas. La publicidad también respondía al espíritu de la época. Cuando vuelvo a 1996, entre las caras de Bonnissel, Ronald Gómez o Duré, me encuentro anuncios de cigarrillos, whisky Dyc, anisete, brandy Centenario; y entonces no puedo dejar de sorprenderme como imagino se sorprenderá de aquí a 20 años el chaval que hoy mira sin más los anuncios de casas de apuestas.

 

Hoy es inevitable reconocerse en aquellas fotos de los cromos y las guías. Aprendíamos a crear mitos personales, a soñar con ellos, a crecer con ellos. Fuimos tantos que ya ni recuerdo

 

Pero si hay un lugar al que siempre regreso en aquella guía es a la página 126. Resulta difícil explicarlo, no sé si seré el único, el caso es que podría decir que ahí se encuentra el epicentro de mi manera de entender el fútbol. Un cruce entre lo antiguo y lo nuevo, entre lo rural y lo urbano, entre lo castizo y lo extraño. Era una página donde se concentraban cuatro Fernandos sin apellido: un defensa del Rayo, el medio del Valladolid, el portero del Compos, igualito a Paco Lobatón, y el bueno del Valencia, con una cara de fumado que en la guía solo igualaba Markovic. Rondaban también tipos de clase, ya fuera por su técnica o solo por su nombre, como Felipe Miñambres, Falagán, al que siempre llamaba Flanagan, y el ruso Faizulin, del que se decía, así a bulto, que había nacido en Siberia, toda ella. Pero aquella página era sobre todo la de Félix, defensa del Extremadura. Un referente para su equipo y un icono para nuestra generación. De cejas pobladas y orejas de soplillo, agrario y genuino, salía en su foto con una cara de feliciano que ni el flashazo con el que lo habían retratado podía disimular.

Reconozco que en los años siguientes, antes que a Djalminha, Pauleta o Aimar, abría la guía con la ilusión de encontrarme de nuevo a Félix. Y ahí siguió apareciendo, con la misma cara aunque sin el glamour campestre de su año de debut en Primera. Félix Carvallo Martínez era el futbolista, el primo, el tío abuelo, que podíamos aspirar a ser. Hoy es inevitable reconocerse en aquellas fotos de los cromos y las guías. Aprendíamos a crear mitos personales, a soñar con ellos, a crecer con ellos. Fuimos tantos que ya ni recuerdo, fuimos todos los Félix del mundo y también los de Almendralejo. Quizá seguimos allí y no lo sabemos, allí, en aquel álbum donde tu rostro permanece.       

 


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