PUBLICIDAD

Todo lo que pasa cuando ya no pasa el fútbol

Dejas de jugar a fútbol pensando que no vas en serio, que es el único modo de dejar las cosas que no son ninguna broma, y luego te das cuenta de la magnitud de la tragedia

fútbol

El otro día me lo preguntó un amigo en un bar e hice el cálculo por curiosidad. Llevo un año, ocho meses y tres días sin jugar a fútbol. Al decirlo en voz alta, un poco más y me desplomo allí mismo, llevándome conmigo la mesa y los botellines, como cuando a Vito Corleone lo asaltan para matarlo en El Padrino mientras compra naranjas en la calle y tumba una caja entera al recibir los primeros disparos. Sangre, ruido de tráfico y frutas reventadas por el suelo: no me hace falta haber estado en el infierno para saber exactamente cómo está decorado. Empecé a darle patadas a un balón cuando mi cerebro ni siquiera manejaba el cemento sentimental que fija los recuerdos, es decir, hace cuatro o cinco siglos. A partir de entonces, más o menos bien, más o menos en serio, en un campo reglamentario, en la hierba del parque o en un pasillo estrecho, seguí jugando con regularidad, hasta el punto que para mí aquello era tan lógico como odiar los pantalones de pana, llevar un estuche en la mochila o no saber el precio del atún de La Sirena. Metía goles. Algunos, bastantes, de rebote. Hasta hace relativamente poco, pasar dos semanas sin pisar la pista de una liga nocturna me parecía un atentado contra la normalidad de los días, una extravagancia aterradora. Jugar a fútbol fue, durante casi toda mi vida, como ir a comer a casa de los abuelos o subir al pueblo en verano: una manera de barrar el paso al tiempo. El mundo podía cambiar, embrutecerse o ponerse del revés, pero si eso se mantenía, seguía siendo el mismo. Lo dejé pensando que no iba en serio, que es el único modo de dejar las cosas que no son ninguna broma, y ahora me doy cuenta de la magnitud de la tragedia: no lo echo de menos. He descubierto que puedo estar bien pedaleando encima de una bicicleta estática, sacando una lubina del horno, subrayando un libro de Mariana Enríquez, acostándome antes de las doce sin que me duelan las piernas. Crecer es constatar que se puede ser feliz de muchas formas, incluso sin querer. Pero desde que nos fuimos del bar con mi amigo me pregunto qué clase de felicidad es esa en la que no puedes marcar un gol, aunque sea de rebote.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images.