Dice Ray Loriga que, a sus 52 años, el fútbol le sigue despertando “sentimientos grotescos”. Enferma el escritor madrileño cada vez que se acerca un partido ‘gordo’ de su equipo. Se deprime si no gana. Le cuesta dormir. El cabreo, incluso, puede durarle días.

Le entiendo. Y le compadezco. A mí también me pasa. Mejor dicho: me pasaba.

Es el fútbol una afición compleja. Pasan los años y la importancia que le atribuimos no mengua. Y aunque suene ridículo, seguimos acercándonos a ella con fervor juvenil y descarnada gravedad. A veces, reconozcámoslo, damos el cante.

No. La edad, hacerse mayor, no suele atemperar los nervios de un día de partido. Y los que lo logran, deben esforzarse. Con lo que no hacerlo siempre resultará mucho más cómodo. Pero poder, se puede. ¿Quién no conoce a ese familiar capaz de domar sus impulsos con maestría? ¿Y el amigo que fiscaliza exabruptos porque “hay niños”? Algunos, ojo, son capaces de llevar la fidelidad hacia unos colores con absoluta disciplina. Hay seguidores que incluso cenan tras una derrota o van al cine a troncharse de risa con una de Jim Carrey media hora después de caer en casa ante el colista en un partido a las cuatro de la tarde. Bastardos. ‘Seguro que no les gusta tanto el fútbol’, solemos reprimirlos con el mismo argumento tramposo que usamos con los fumadores sociales: si fuman poco es porque no les gusta tanto como a ti, a-dic-to.

Y, sin embargo, yo intento con todas mis fuerzas llegar a ese nuevo estado. Ser padre y haber dejado de fumar (ajá) han podido influir en la voluntad de relativizar, y revitalizarlo, todo. Qué más dará sufrir por un gol de más o de menos si lo comparo con el pánico a que mi hija se abra la cabeza con el canto de una mesa. De esta forma trampeo mucho mejor las decepciones. Y selecciono los enfados, como hace Messi con los sprints. ¿Derrota con aroma a atraco en la última jugada de la jornada 8? Nada, estoy más que preparado. ¿Un mano a mano fallado en el derbi y empate en el siguiente contragolpe? Aquí la cosa ya exige una respiración profunda pero adelante, sigamos con la vida, que es maravillosa. ¡¿Temporada en blanco?! Ya se sabe: solo puede ganar uno…

Lo sé, es una lucha sin reservas. Nadie dijo que apaciguar las cuestiones de hígado fuera fácil. Hay que estar preparado y convencerse día a día de que no vale la pena acumular indignación ni teorizar todo el rato sobre tragedias evitables y éxitos ficticios, pudiendo invertir en sensaciones algo más relajantes y placenteras.

Como ver más fútbol.

 

«No me negarán que a través de los ojos de un seguidor neutral todo fluye mejor. Hasta el desconcierto y las propias contradicciones experimentadas en 90 minutos son más excitantes»

 

Así es. Las mayores satisfacciones del último mes las he encontrado en partidos que ni me iban ni me venían… Pero que, no obstante, no me habría perdonado no haber visto. Sentado en el sofá con el himno de la Champions a todo trapo, dejé que el ambiente del Westfalenstadion hiciera el resto. Apadriné al Borussia Dortmund por razones obvias: su afición hace tifos cojonudos y la del PSG, no. Y de repente, apareció ese noruego. Qué desfachatez. Delante de Mbappé. Erling Braut Haaland es el batería de Blur arrancando Song 2; es Leonardo Di Caprio abriéndose una cuenta de Tinder. Es la autoestima con la que el 99% de chavales hubiéramos deseado afrontar la adolescencia.

Todavía no había logrado resolver el enigma del futbolista-cyborg y ya estaba pasando un mal rato con el Valencia. Tiene la Champions más trampas que Solo en Casa 2. Nadie aprende. Ni Jaume Domènech con esa cara de venir aprendido de casa. Aún estaban limpiando la sangre tras la cacería de La Atalanta Bergamasca en Milán cuando me quedé enredado en el pelo de Cucurella y ya no pude salir de ahí hasta gritar un gol de Jaime Mata una semana más tarde. El Ajax, el equipo que más nos había emocionado en 2019, triturado por Deyverson, Nyom, Arambarri o Damián Suárez en los dieciseisavos de la Europa League. Y no solo ya no me importaba; directamente me alegraba por José Bordalás, triunfador en el templo de Johan Cruyff mientras mi puño se cerraba y lanzaba un “¡Vamos!” frente al televisor.

No me negarán que a través de los ojos de un seguidor neutral todo fluye mejor. Hasta el desconcierto y las propias contradicciones experimentadas en 90 minutos son más excitantes. Elige tu causa -la del más débil… o no- y disfruta. Imposible aferrarse a un único bando, por cierto, en la nueva Copa del Rey; un torneo que, por fin, está logrando aunar interés y emoción, aunque los últimos campeones opinen lo contrario. Resistió de forma encomiable el Mirandés en Anoeta y ahora cuento las horas para ver arder Anduva y saber cómo evitará la Real que las piernas no le flaqueen como en la ida. Un partido, el más importante de sus vidas, para que los hombres de Iraola se hagan con el billete que se le escapó a Pablo Infante y compañía en 2012. Historia de nuestro fútbol. ¿Quién querría perdérselo?

De verdad, qué gozada. Sin la presión arterial por las nubes ni la sangre hirviendo. Sin que se venga el mundo abajo por una maldita derrota. Sin que me digan que mi equipo está acabado -porque ya lo sé- o que no me lo digan pero me afecte. Blindado ante cualquier revés. Feliz en la aceptación del naufragio. Pragmático, positivo y alegre. ¿Me habré convertido en un capullo? Da igual: no seré yo quien trate de convencer a los seguidores de Granada, Athletic, Real Sociedad o Mirandés de las bondades de encarar sus respectivas semifinales sin nervios. Porque muy probablemente, y a pesar de lo razonado, cambiaría su incertidumbre por la mitad de mis ahorros. Lo que tengo claro es que desde mi sofá, donde he desarrollado la habilidad de ver un partido de mi equipo comiendo helado y no uñas, lo compensaré viajando de estadio en estadio, de competición en competición, de club grande a club pequeño, de favorito a sorpresa, de jugador consagrado a desconocido. Disfrutando con todos y no sufriendo con ninguno.

Si te gusta de verdad el fútbol y no únicamente padecer “sentimientos grotescos” por culpa de unos colores, no se trata ni de una cuestión de fuerza de voluntad.

 


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Fotografía de Getty Images.