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Noche de lunes. Como todas las semanas, me dispongo a jugar la típica ‘pachanga’ de liguilla donde competimos los personajes (si es que así se nos puede denominar) que queremos seguir jugando al balompié, pero que no tenemos ni el tiempo ni, sobretodo, la calidad suficiente para estar federados y competir a un nivel más alto. 

Suele ser habitual que fallen algunos integrantes del equipo, ya sea porque están trabajando o estudiando, hayan enfermado o, simplemente, encuentren alguna excusa para no tener que vestirse de corto un lunes a las diez de la noche. Tras pasar infinidad de apuros para conseguir juntar al equipo, logramos reunir a ocho valientes para defender los colores de nuestro gran club, el Manchester Piti FC (nótese que todos y cada uno de los integrantes lleva consigo un cigarrillo en la boca antes y después del encuentro). Solo hay un pequeño problema. Nos falta alguien en el medio, un centrocampista que sea capaz de tener llegada y ofrecer creatividad, destellos de luz cuando todo parezca estar nublado. 

Ser un futbolista medianamente bien dotado técnicamente hace que no haya discusión alguna en el reparto de posiciones. Por causas del destino, jugaré en la posición que todo el mundo, al menos una vez en su vida, ha deseado jugar. Así es, hablo del rol de clásico mediapunta, enganche, volante, centrocampista ofensivo o como queráis llamarle.  

El mediapunta clásico es ese tipo de jugador especial que se diferencia del resto del equipo, al que todos buscan para pasarle el esférico, porque saben y confían en sus habilidades para encontrar los espacios que nadie es capaz de ver. Como si fuera un faro iluminando el camino hacia tierra de un barco perdido en mitad de la tormenta. O el amigo que mide dos metros de altura en mitad de una discoteca abarrotada de gente un viernes por la noche. Y, por qué no, el mocoso que abre un paquete de gominolas en el medio de la clase para llamar la atención del resto de compañeros. 

¿Quién no recuerda al bueno de Dennis Bergkamp, o a Zidane, Kaká, Rivelino, Giuseppe Meazza o Cruyff? Eran futbolistas que deslumbraban por realizar movimientos simples, moverse en la franja de tres cuartos del campo como quién iba a pasear por la playa en una mañana soleada de primavera y sobretodo llevar el esférico pegado al pie de tal manera que parecía que hubiera cola de impacto entre la bota y el balón. 

Gracias a la calidad superlativa que tenían este tipo de futbolistas, el equipo siempre resultaba beneficiado. En solo un toque o como mucho dos, eran capaces de transformar una simple jugada en una ocasión manifiesta de gol. Dibujaban verdaderas maravillas sobre el verde con una elegancia y una tranquilidad pasmosas que los hacían parecerse más a los bailarines del Royal Ballet de Londres que a sus propios compañeros.

Pues bien, es ahí donde aparezco yo. Un chico delgado y desgarbado con ansias de imitar algún día los movimientos de futbolistas excelsos, pero en un campo más desgastado que nuestra Visa un viernes por la noche y con menos pulmón que un anciano. Tras pasarme media vida mirando a través de Youtube vídeos como ‘Zinedine Zindane, The Maestro of the Decade’, empiezo a hacer las primeras carreras por el verde. A buscar el mínimo resquicio existente entre los centrocampistas y la defensa rival, siempre de espaldas a la portería. Consigo recibir el balón y, antes de poder girarme, ya estoy en el suelo, impregnado de ese césped tan consumido y lleno de caucho debido a la fuerte entrada de un contrario. Puede que sea su tarjeta de visita, su manera de decirme que no será una noche agradable para mi. Me quedo con su rostro y también su dorsal, por si la cosa se pone fea en algún que otro saque de esquina o falta cercana al área, poder tenerle cerca para pagar mi frustración. 

Tras no dejar de intentar encontrar huecos para mí y mis compañeros, resignado, me marcho al banquillo, pensando qué he hecho mal y qué debería mejorar para afrontar con ideas renovadas el tramo decisivo del encuentro. En esos momentos en los que tienes el corazón a 120 pulsaciones, no sientes el frío de la noche de febrero barcelonesa pese a ir en manga corta y solo piensas en ganar. Intentas meterte en la cabeza de tus ídolos para averiguar qué harían ellos en tu situación. Te pasan por la mente las ‘roulettes’ de Zidane, la ‘cola de vaca’ de Romário o el preciso disparo de Gullit que llevas años visionando en el portátil y quieres hacer tuyas algún día, esperando el reconocimiento, por lo menos, de tus amigos.

Salgo para jugar los últimos diez minutos. Encuentro más espacio en el campo, quizás provocado por el esfuerzo y fatiga del equipo rival. Me siento cómodo sobre el verde, llegando incluso a tirarle un caño al caradura que me había golpeado antes. Me vengo arriba. Empiezo a soltarme y a hacer ‘croquetas’, ‘

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roulettes’ y algún que otro sombrero. El partido se decidirá por pequeños detalles. Y ahí, como siempre, resultamos perdedores.

Probablemente el talento para desempeñar correctamente el rol de mediapunta solo exista a partir del nacimiento; no es algo fácilmente entrenable. Pese a haber perdido y saber que el papel de volante ofensivo no sea para mí, me reconforta haber tenido el privilegio de jugar como tal. De haberme sentido un hombre poderoso y al mismo tiempo peligroso para el rival. Haber llegado a realizar el sueño de todos aquellos que aman el balompié: ser el ’10’.