“También somos lo que hemos perdido”

Amores Perros, A.G. Iñárritu, 2000.

 

Las viejas catedrales se alzaron una vez inmortales sobre nosotros. Las ciudades eran suyas. Si alzabas la vista, desde cualquier lado podías ver sus torres, sus pináculos, las agujas que surcaban el cielo, tocando suavemente el firmamento. Pero los siglos pasaron y nos dejaron solos. Nietzsche mató a Dios y nosotros, huérfanos, buscamos nuevas formas de estar acompañados. En esas llegó el fútbol y se quedó para siempre.

Al principio eran descampados o tierras baldías en cualquier parte, pero poco a poco, aquel deporte fue sustituyendo a los toros o al hipódromo en nuestras formas de ocio, y necesitamos de un lugar al que asistir los domingos. Así nacieron los estadios, nuestras parroquias paganas. Eran lugares incómodos, con asientos de hormigón. Nos daba igual: era nuestro equipo el que jugaba.

Pedíamos fútbol y fútbol nos dieron. Los estadios se comenzaron a alzar en medio de las ciudades, dando nueva vida a las calles contingentes, a las áreas urbanas entre las que se encerraban nuestros nuevos templos. Igual que las viejas catedrales, eternas, constituían los centros de la vida antigua, los estadios de fútbol representaban a una nueva sociedad. La misma necesidad de idolatrar, el mismo amor, el mismo dolor. No sólo era un estadio, era nuestro lugar en el mundo. 

Pero los tiempos cambiaron. Las televisiones, los horarios disparatados, los precios de las entradas… El aficionado se fue alejando del estadio. Qué felices habíamos sido. Y qué desmemoriados. La tele ahora nos lo daba todo: la comodidad y el descanso que tanto antojábamos. Mientras tanto, los campos se quedaban antiguos y las ciudades, como monstruos salvajes, expulsaron a los terrenos de juego hacia las periferias. Allí donde había un campo ahora hay una pasarela de terror: luces de neón, tiendas de carcasas de móviles y supermercados abiertos las 24 horas del día. De un día para otro muchos estadios se perdieron en la larga historia del olvido. Ni rastro de ellos.

 

Allí donde había un campo ahora hay una pasarela de terror: luces de neón, tiendas de carcasas de móviles y supermercados abiertos las 24 horas del día

 

A excepción de algunos viejos campos que resisten, la mayoría de estadios se han ido alejando hacia zonas menos pobladas, lejos de los barrios que habían visto crecer a sus equipos. Acompañados de las palabras modernidad y progreso, los equipos han perdido todo lo que un día fueron. Del viejo campo del Espanyol en Sarrià sólo quedan cenizas y una triste placa verde escondida, de apenas tres palmos de altura, que reza lo siguiente: “Estos terrenos acogieron al estadio del RCD Espanyol de 1923 a 1997”

El fútbol alojado entre bloques de vecinos, callejuelas, panaderías y bares quizás pertenezca a un mundo que ya no existe. Una época en la que el deporte jugaba un papel muy distinto al que ahora juega en la configuración social. Hay que asumir que ahora los campos se escapan hacia las afueras para poder campar a sus anchas, desatados, como presos recién fugados. El arquitecto catalán Oriol Bohigas dijo una vez que “los grandes estadios monumentalizan ahora las periferias de las ciudades”.  Y quizás está bien que sea así, y quizás a algunos les parezca triste, y quizás a otros tremendamente divertido, y quizás algunos lloren y no sepan por qué.

Lo que tememos algunos es que expulsar hacia el extrarradio al fútbol sea un paso previo a eliminarlo. Tampoco hay que ponerse catastrófico, pero las impresiones no son del todo optimistas. El directo cada vez juega un papel menor en el deporte, y por triste e inverosímil que parezca, los campos se llenan cada vez menos. Justo en estos días recibíamos la noticia de que el Milán y el Inter están construyendo un estadio: La Catedrale, nuevo santuario del fútbol lombardo, que contará con 15.000 butacas menos que el actual San Siro. Los gestores y arquitectos han sido claros: había muchos asientos que llevaban tiempo vacíos. El campo nunca se llegaba a llenar del todo.

¿A qué obedece esta debacle? Después de dos crisis económicas, una pandemia y un país asolado por la precariedad y las pocas expectativas de futuro, poca gente quiere pagar mínimo 50 euros por ir a un estadio o 100 por una camiseta de su equipo. No se muere el fútbol, pero sí se apaga lo que nos enamoró de él. Lo que algún día fuimos. Hay que señalar a los responsables, con nombres y apellidos, que han permitido este esperpento. Ahora han vaciado los estadios, después cambiarán los escudos, quizás los colores, las siglas o los nombres (en algunos clubes esto ya ha sucedido). Un equipo sin aficionados y sin memoria es más fácil de domar, y quizás muchos dirigentes prefieran dirigir un club que no deje ningún rastro en el tiempo.

El fútbol es de los aficionados y quizás ese sea nuestro único patrimonio: el imperio del pasado. Somos lo que hemos perdido. El primer asesino fue el tiempo, que nos lo arrebató todo. El segundo los dirigentes, que nos borraron los recuerdos.

 


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Fotografía de Imago.