Me acuerdo como si fuese ahora mismo. Justo al lado del estadio del club, en el que tantos niños soñábamos con jugar algún día, yo defendía un fin de semana más la portería. Entonces debería de tener ocho o nueve años, creo que fue el curso en que el primer equipo devolvió la ciudad a Primera División. Era una mañana invernal de sábado, gélida. De hecho, todo es tan nítido porque jugamos bajo la nieve. Para mí, un chaval criado en la costa y que apenas había lidiado con los copos blancos -y rara vez lo he vuelto a hacer-, fue algo excepcional. Aquel partido lo ganamos por goleada, me suena que por 18-0. Y con aquel escenario de fondo, fue algo increíble. Luego, comí en casa de mi abuela Maria, y sus clásicos macarrones con atún no fallaron. Hasta hubo tiempo para hacer un pequeño muñeco en el balcón con la poca nieve que aún quedaba. Siendo sincero, no sé ni cómo quedamos aquella temporada en la tabla. Bueno, la verdad es que no recuerdo ninguna clasificación de cuando atajaba balones, aunque tengo la espinita de no ganar jamás una liga. Sin embargo, tengo grabado a fuego aquel día, porque disfruté del fútbol. Fui feliz.

Quizás todos deberíamos ser un poco más niños. Los conjuntos saltan cada fin de semana al césped bajo el yugo de los objetivos, de los resultados. Ni los que se calzan las botas, ni los que pagan religiosamente para verles, consiguen quedarse con la esencia del deporte. No se disfruta suficientemente de una victoria por sí misma, por no hablar del ritual que supone la celebración de un encuentro, desde que la puerta de casa nos ve salir hasta que nos ve llegar a la vuelta. Todo está supeditado a la presión del objetivo.

No hay presente. En el fútbol no hay espacio para él. Los clubes planifican pensando en el futuro, y los aficionados sueñan con gozar de un mejor estatus el año siguiente. ¿Qué importa ganar, empatar o perder un partido? Se juega para conseguir el objetivo a final de curso, como aquel muchacho que estudia para aprobar todo y contentar a sus padres. Para salvarse y mantener la categoría, para meterse en competición europea, para ascender, para asegurarse una plaza en el play-off. ¿Qué más da el resultado cosechado el domingo -o el sábado, o el viernes, o incluso el lunes- si no te acerca un poco más al objetivo?

 

 

No hay presente. En el fútbol no hay espacio para él. Los clubes planifican pensando en el futuro. ¿Qué importa ganar, empatar o perder un partido? Se juega para conseguir el objetivo a final de curso

 

 

El peso de una sola palabra cambia el significado de todo un conjunto. El desenlace de una temporada debería verse como un premio y no como una presión, una exigencia. Todos deberíamos disfrutar un poco más del trayecto, del camino. El simple hecho de ir al estadio a pasarlo bien, a generar un sentimiento de pertenencia y comunidad, debería bastar. El ritual, la felicidad y satisfacción instantáneas. Y si se gana, deleitarse con ello. Y si se pierde, ya llegará el domingo que viene. Me pregunto si de verdad esto llena menos que un puesto más alto en la clasificación final. 

Vivimos muchos meses en tensión, con la calculadora en la mano cada puñetero viernes. Qué pasa si aquellos hacen tal, si nosotros hacemos cual. La clausura de los campeonatos solo consigue ser una liberación. Pones el check al objetivo del curso y, al volver del verano, apuntas en la libreta nuevas metas. Peleaste mucho para conseguir una permanencia o un billete para Europa, pero nada ya sirve y vuelves a preguntarte qué quieres celebrar de aquí a nueve meses. 

Existe un pequeño hilo de esperanza gracias a unos pocos. Son los del ‘partido a partido’. Sin embargo, ¿alguien se lo cree, sinceramente? La expresión se ha viciado hasta tal punto que se ha convertido en un cliché más del deporte. El objetivo no deja de estar en el horizonte. Siempre allí, amenazante. Claro, ganar este fin de semana para estar más cerca de él. Y, al cabo de siete días, el mismo discurso vacío.

Quizás todos deberíamos ser un poco más niños. Valorar cada ‘¡uy!’, cada ‘¡gol!’, cada victoria. Y sí, cada partido y el arte de jugar por jugar. Aquello que los críos saben hacer: ser felices pateando un balón. Que jugar bajo la nieve, ganar y comerse los macarrones con atún de la abuela Maria no sea un recuerdo irremediablemente anclado en el pasado. El fútbol es la celebración de nuestra existencia. El futuro ya llegará. Es la hora de romper las cadenas de los objetivos. Es la hora de recuperar el presente.

 


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Fotografía de Getty Images.