“Back to the roots is the way to grow”.

Dub Incorporation.

 

Después de dejarse poseer por la más sublime de las creaciones aromáticas de Jean-Baptiste Grenouille, después de entregarse al amor más puro en una orgía salvaje, los habitantes de Grasse despiertan tan desnudos como avergonzados, incapaces de comprender por qué se han arrodillado ante un despiadado asesino; adorándolo como si fuera un ángel, entregándose irracionalmente a los instintos más básicos del ser humano. “Para la enorme mayoría, la experiencia fue tan desconcertante, tan completamente inexplicable e incompatible con su moral que la borraron de su memoria”, relata la voz del narrador de El Perfume. Este es, precisamente, el sentimiento que ha acabado provocando la final de la Copa Libertadores; un espectáculo que prometía ser inolvidable, pero que ha terminado por avergonzar al universo futbolístico, aburrido de un Superclásico que está siendo eterno en el peor de los sentidos.

Escapando de nuestro esterilizado fútbol de Disney, en un intento de descubrir un idioma extraño que apenas acertábamos a entender, como un español que trata de comprender a un italiano, empleamos litros de tinta en glosar una eliminatoria que, como bien apuntaba Enric Hernández, se nos presentaba como “el fruto prohibido, la vieja absenta auténtica, el tabaco sin filtro, el sexo sin precauciones, la droga sin mesura. Es eso a lo que renunciamos, el exceso contra el que, responsablemente, seguimos luchando. Es lo que no nos conviene”.

Abducidos por un espectáculo hipnótico (“Si se lo tuviera que explicar a alguien, le diría que es como los Beatles y los Stones en un mismo escenario”, proclamaba el músico argentino Ariel Rot en las mismas páginas de El País), casi avergonzados por no vivir el balompié con la misma pasión, nos dejamos contagiar por el lenguaje bélico de forma inocente. Convencidos de que “el fútbol era esto”, nos parecía gracioso (e incluso entrañable) que un hombre le quemara la casa a su excuñado después de una discusión sobre el Superclásico, que Leandro Paredes, del Zenit de San Petersburgo, forzara una expulsión para presenciar en directo el encuentro de La Bombonera, que se multiplicaran exponencialmente las visitas al cardiólogo y las bodas aplazadas, que Argentina continuara siendo el único de los 211 países afiliados a la FIFA en el que no se permite el acceso de las hinchadas visitantes a los partidos.

Pero después de aplaudir que se trataba de “una final a vida o muerte”, de “la madre de todas las batallas”, para embellecer la realidad (e ignorar su parte más fea), hemos descubierto que el paraíso quizás escondía un infierno, que el oasis en el que nos refugiamos los amantes del balompié más genuino no era más que un estercolero con olor a perfume, que una vía de escape para un país deprimido. “Nadie sabe cuándo fue, exactamente, que todo se fue el carajo. Teníamos un juguete. Era el más divertido del mundo. Todavía no sabemos si fue un accidente, pero lo rompimos en mil pedazos. Lo hicimos mierda”, lamentaba Hernán Casciari en un texto de hace más de tres años que ahora tiene más sentido que nunca.

 

“Hay muchas cosas por las que vale la pena pelear en serio, y el fútbol no es una de ellas. El fútbol es un juego”

 

“Sería bueno encontrar una manera de disfrutar el fútbol sin convertirlo en esa falsa cuestión de vida o muerte. Hay muchas cosas por las que vale la pena pelear en serio, y el fútbol no es una de ellas. El fútbol es un juego, añadía otro de los imprescindibles, Martín Caparrós. Afortunadamente, entre los mil pedazos en los que rompimos el fútbol, entre sus ruinas, todavía quedan motivos a los que agarrarse para creer que otro balompié es posible.

El fin de semana pasado, mientras una aficionada de River Plate utilizaba a su hija, de unos cinco años, con el objetivo de introducir bengalas en el Monumental, once chavales de Torelló (Osona, Barcelona) de la misma edad protagonizaron un pequeño gesto de un enorme valor, más aún en una época en la que el balompié parece haber enloquecido irremediablemente, en un partido de la liga comarcal contra el Folgueroles. “Antes de empezar, el árbitro nos dijo que ellos tan solo eran seis, que un niño no quería jugar. Nos pidió si queríamos jugar con seis y dijimos que sí”, explican los dos entrenadores del equipo, Albert Caballeria y Pol Berrio.

 

“Lo más importante es que se lo pasen bien, que aprendan a ser personas”

 

De acuerdo con el reglamento no estaban obligados a acceder a la propuesta, pero la aceptaron porque “a estas edades no tiene ningún sentido intentar aprovechar que el rival juega con uno menos para hacer más goles”, aunque “en la primera de las cuatro partes del partido nos cayeron cinco o seis, así que después, tras hablarlo con los del otro equipo, jugamos con siete para hacerlo más equilibrado”, rememoran los dos técnicos, profundamente sorprendidos por la repercusión que ha tenido un acto que “no debería ser noticia”. “Tendría que ser una cosa normal y habitual, pero no siempre sucede”, lamenta Francesc Moreno, uno de los coordinadores del Club Futbol Torelló. “En el fútbol hay personas que… pero si eres capaz de hacer algo así en estos niveles, déjalo”, sentencian Albert y Pol, dos chavales que, además de defender la elástica del Juvenil A de la entidad, disfrutan del balompié guiando los primeros pasos de Abdelghafour, Adrián, Àlex, Biel, Carlos Alberto, Daniel, Genís, Hugo, Nil, Oriol y Pol, once niños que construyen una preciosa metáfora de lo que es la vida en cada entreno. Caen una vez tras otra, pero, incansables, se levantan rápidamente para volver a perseguir la pelota, mientras sus dos entrenadores gozan del bello placer de “ver cómo se hacen grandes futbolísticamente, pero, sobre todo, personalmente”.

“Intentamos que aprendan los aspectos generales del fútbol, que empiecen a posicionarse bien en el campo, pero, sin duda, lo más importante es que se lo pasen bien, que aprendan a ser personas y a respetarse”, enfatizan los dos técnicos, que intentan transmitirles a los libros en blanco que son sus jovencísimos jugadores “todo lo que hemos vivido en el mundo del fútbol, todas las cosas buenas que tiene este deporte”. “El sábado acabamos perdiendo por 1-9, pero disfrutaron igualmente. Esto es lo que queremos”, sentencian Albert y Pol al terminar el entrenamiento del lunes. De repente, aparece uno de los chavales, el mismo que durante la sesión sorprende a sus dos técnicos con un espontáneo “lo importante es participar, no ganar”, para darles la razón. “No jugamos demasiado bien, pero nos lo pasamos muy bien”, insiste en destacar antes de rememorar, con la misma pasión con la que Víctor Hugo Morales narró aquella maravilla de Diego Armando Maradona, que en un encuentro les dedicó un gol a sus padres. Quizás nunca más lo entrevistarán, quizás ni él ni ninguno de los chavales que entregan la tarde a su pasión acabará ganándose la vida con el fútbol, pero mientras me pide que le enseñe las fotos que les he hecho pienso en que ojalá todo el mundo fuera capaz de vivir el balompié como lo hace este muchacho de cinco años.

 

“El fútbol sirve de nexo. Todos ven la misma pelota, todos la ven igual”

 

Mientras los dos entrenadores tutorizan los últimos ejercicios de la sesión, Francesc Moreno, maravillado por la inenarrable pasión con la que estos jóvenes jugadores descubren el deporte rey (“Ven el fútbol como lo veíamos nosotros cuando éramos pequeños. Para ellos, todo es nuevo, todo es la hostia. Venir al campo, entrar en el vestuario, ponerse las botas e intentar emular a sus ídolos es lo máximo para ellos”), remarca el incalculable potencial que tiene el balompié para ayudar a derribar barreras de cualquier tipo. “El fútbol sirve de nexo. Todos ven la misma pelota, todos la ven igual. Si a estas edades consigues hacerles entender que cuando le das un pase a un compañero en realidad estás contribuyendo a algo colectivo… es muy bonito”, enfatiza Moreno, uno de los coordinadores de un club que cuenta con cerca de 400 futbolistas.

Todos ellos se dan la mano una vez terminados los entrenamientos. Desde los más grandes hasta los más pequeños, que apenas saben cómo celebrar los goles, pero que el fin de semana pasado protagonizaron un precioso gesto con el que ilustraron que el balompié va más mucho allá del resultado; que, como pregonaba el célebre Eduardo Galeano, “mucha gente pequeña, haciendo cosas pequeñas, en lugares pequeños, puede cambiar el mundo”.