Toni Sánchez, ‘Panxo’, es de fútbol y bares, como proclama en Impresentables, una de las canciones con las que Zoo ha revolucionado el panorama musical español, convirtiéndose en uno de sus grandes referentes con su estilo inequívocamente crítico e inconformista, con unas letras que intentan combatir, desde las plazas de todo el país, el franquismo sociológico e institucional que continúa rigiendo nuestras vidas. Hablar con Panxo, siempre tan ligado a sus raíces, a sus orígenes, es regresar a la infancia. Porque el cantante de Orihuela, que es abonado del Levante, se enamoró del fútbol cuando no era más que un xiquet salvatge. Pero, a diferencia de todos aquellos que decidieron silenciar al niño que llevan dentro para no desentonar en este mundo gris, sigue disfrutándolo con la misma irrefrenable pasión, consciente del extraordinario potencial para hacer del mundo un lugar mejor que comparte con la música.

 

“La música siempre ha sido una herramienta para desahogarse, para canalizar unas ideas. Sin ella, quizás estaríamos poniendo bombas por ahí”

 

En el ecosistema de “una democràcia que va heretar la dèria per la sang, que té cadàvers sota les cunetes”, en el contexto actual, de “cançons culpables, versos entre reixes”, como cantáis en Omertá; ¿qué es la música para Zoo? ¿qué es la música para Toni Sánchez?

La música siempre ha sido una herramienta para desahogarse, para canalizar unos pensamientos, unas emociones o unas ideas que, de no ser por ella, quizás nos harían estar poniendo bombas por ahí. La creatividad artística muchas veces sirve para esto: para canalizar, para extraerse, para evadirse. Pero con nuestras canciones también nos decimos a nosotros mismos que no podemos olvidarnos de todo lo que está sucediendo, de la realidad.

En Ventiladors, lamentáis el hecho de tener que vivir siempre bajo el juicio del público, de tener que estar siempre obligados a rendir a un nivel excepcional, extraordinario, a hacer gala de una coherencia y una pureza ideológica inquebrantables, a no poder tener contradicciones: “Volen paraules com armes. Volen metàfores i actes, drama i teatre. Volen que passes l’examen que ells posen. Volen ser jutge i autoritat”. A uno le viene a la mente un texto de David Trueba en el que insistía en que Pep Guardiola “no aspira a ser reconocido como un gurú, un guía. No quiere ser nada más que un entrenador, un buen entrenador. Lo otro, lo demás, lo bueno y lo malo, se lo echa encima una sociedad necesitada de modelos”.

La verdad es que nosotros nunca nos hemos considerado referentes de nadie ni ejemplos de nada. Honestamente, no lo vemos así para nada. Somos personas con muchas contradicciones, con muchos defectos. En el caso de Ventiladors, queríamos hablar un poco de que las canciones, las palabras, muchas veces se vuelven en contra de quien las hace por el paso del tiempo, por los cambios de mentalidad. Las palabras esclavizan mucho. Porque cuando tú dices una cosa ya no puedes tirar atrás. Lo que queríamos era hacer una canción que de alguna forma también esclavizara al público, que también lo pusiera delante de sus contradicciones.

 

“En la música y en el fútbol hay mucha impostura. Pero quien más contribuye a convertir estos dos mundos en un circo son los mismos que van por ahí dando lecciones de pureza”

 

“Ni el fútbol ni la música deben mezclarse con la política”. ¿Cuántas veces lo has escuchado?

En la música y en el fútbol hay mucha impostura. Pero normalmente quien más contribuye a convertir estos dos mundos en un circo son las mismas personas que van por ahí dando lecciones de pureza. Lo de que el fútbol y la música no deben mezclarse con la política no es más un discurso vacío al que se aferran como una excusa para justificar el inmovilismo.

¿Cómo es tu relación con el fútbol?

A mí el fútbol siempre me ha encantado, siempre lo he vivido con muchísima pasión. El juego en sí me encanta. Como tanta otra gente de mi generación, yo fui un futbolista de barrio, de calle, de los que crecieron en campos de barro. Siempre me ha gustado estudiar cómo juegan los equipos. Disfrutar de los que lo hacen mejor, como aquel Celta de Mostovoi. Y me encanta ver un partido en el campo o en el bar con los amigos. Creo que es un deporte súper bonito, brutal. Un deporte colectivo que crea lazos. El fútbol tiene un potencial impresionante.

¿Qué es el fútbol para ti?

El fútbol es infancia. Son las emociones más intensas de la infancia, al menos para mí. Es el sentimiento de pertenecer a un equipo, el orgullo de formar parte de un colectivo. Y, por encima de todo, el fútbol es juego. Creo que el juego es una de las cosas más importantes para el ser humano. Disfrutar del juego es algo precioso y súper necesario.

“Ens ensenyaven de tot menos danses. I volíem jugar, no fer finances”, como cantáis en Hivern.

Hay una cita de Nietzsche que dice: “La madurez del hombre consiste en recuperar la seriedad con la que jugábamos de niños”. Cuando la escuché por primera vez, hace muchos años, me encantó porque pienso que la forma con la que te agarras al juego cuando eres niño es lo más parecido a la pureza y a la inocencia, pero también a cómo deberíamos tomarnos siempre las cosas una vez seamos personas adultas. En el juego auténtico, en el fútbol auténtico, no existen ni la responsabilidad ni la obligación. La pasión es lo que lo mueve todo.

 

“La pureza, la inocencia, con la que te agarras al juego, al fútbol, cuando eres niño es lo más parecido a cómo deberíamos tomarnos las cosas una vez seamos personas adultas”

 

Quizás cuando lo vives más inocentemente es cuando más disfrutas de un deporte que tiene un potencial enorme para tejer relaciones, para romper barreras…

Creo que a nivel global el fútbol es un deporte que despierta e introduce valores, que puede ayudar mucho a superar lacras como el racismo o la homofobia. Creo que en un mundo tan individualista, en el que ahora están tan de moda los deportes, como el running, que consisten en una persona batiendo sus propios tiempos, los deportes de equipo son muy buenos para huir un poco de ti mismo, de tu burbuja de individualismo. Para mirar a los otros, para defenderlos, para compartir. Y para hacer equipo, que la vida también es hacer equipo.

En el videoclip de Cançons d’ofrena aparece una plaza en la que se puede ver uno de aquellos odiosos carteles de Prohibido jugar al fútbol. Nos están quitando hasta el fútbol del que nos enamoramos en las calles, en los parques, cuando éramos pequeños.

Ahora todo está mucho más restringido. En mi época el fútbol también era algo muy imaginativo. Porque, al final, con cualquier cosa podías inventarte una portería. Solo te hacía falta un balón. De hecho, nosotros siempre llevamos uno en el maletero de la furgoneta. Improvisamos una portería y jugamos en cualquier sitio. Y esta era otra de las partes bonitas del fútbol de la infancia: que no solamente jugabas contra tu rival, sino que también jugabas contra el señor de la calle que te decía que no chutaras ahí. Él también era como un rival.

 

“Los deportes colectivos son muy buenos para huir un poco de ti mismo, de tu burbuja de individualismo. Y para hacer equipo, que la vida también es hacer equipo”

 

El balompié moderno ha servido en incontables ocasiones para blanquear ideologías nocivas (“Pas de pasodoble al camp de futbol, alça la mà dreta l’afició a la curva nord”, como cantáis en El cap per avall) y es uno de los contextos más propicios para el capitalismo más profundo, pero siempre tendremos algunos clavos a los que agarrarnos, como el que representan los clubes populares como el de tu Orihuela natal.  

Como en todo en la vida, hay una dialéctica entre el aspecto más romántico y el más moderno, el más globalizado. No sabemos dónde nos acabará llevando esta dialéctica, pero parece que, como en todas las luchas, el capital va ganando de paliza. Pero tenemos, por suerte, reductos muy dignos y muy bonitos, como el del Orihuela, el del Ciudad de Murcia, el del Ceares, el del Ourense… Va naciendo un fútbol contracultural que quizás no puede competir más arriba de la Tercera División, pero la verdad es que yo he estado varias veces en el estadio del Ciudad de Murcia y prefiero mil veces ir allí que a cualquier otro campo, incluido el del Levante.

Parece que tenemos un pie y medio en un fútbol que sentimos que no es el nuestro, pero quizás debemos intentar encontrar las cosas que nos permitan reconectar con el balompié que añoramos…

Al final, es una cuestión de dignidad, de cambiar un poco la perspectiva. De decir: ‘Yo soy del club de mi pueblo, por encima de si gana o pierde. Este es mi club, este es mi escudo. Lo que pasa en este rectángulo durante 90 minutos no es más que un juego. Si perdemos no pasa nada, porque a lo que vengo aquí es a disfrutar del deporte, a compartir tiempo con mi gente, con mi barrio, a intentar crear unos lazos de solidaridad, una identidad, una familia’.

¿Cuál es tu recuerdo futbolístico más triste?

La eliminación de la selección española en el Mundial del 1994, el de Estados Unidos. Aquello fue muy duro. Lo recuerdo con mucha rabia. Allí empecé a relativizar un poco más el fútbol.

La última. ¿Y el más feliz?

¿Mi recuerdo más feliz en el mundo del fútbol? Uau, es que tengo muchísimos de cuando jugaba de niño… Cuando tenía ocho años le hice un túnel a un rival y mi padre, que me estaba mirando desde la grada, se emocionó. Creo que esta es una de las cosas más bonitas que puede vivir un niño, una de las más especiales. Es que tengo muchos recuerdos súper bonitos de cuando jugaba al fútbol. Los goles que marcamos en el colegio son recuerdos que los llevamos toda la vida dentro de nosotros como una cosa súper emocionante. A veces te tirabas tres días casi sin dormir porque estabas recordando aquella jugada. Es que puede haber pasado en un patio de una escuela de Gandía, pero la emoción que sentiste en aquel momento la continuarás notando cuando tengas 70 años. Esta es una de las cosas más bonitas del fútbol.