Fotografía de portada de Olmo Calvo


«Si en una crisis de pánico somos capaces de vaciar supermercados, ¿qué haríamos si en lugar de ser un virus que mata al 1% de la sociedad cayeran bombas que matan a una persona de cada 70 o si los terroristas quisieran atentar de forma indiscriminada contra la sociedad civil? ¿Qué haríamos? Correríamos hacia la frontera. Y si en la frontera no nos dejaran pasar, iríamos hacia la playa para coger cualquier cosa que flotara un poco para huir de ahí. Es lo que haríamos todos. Ninguna madre pondría a sus hijos en una embarcación que apenas flota si el mar no fuera más seguro que la tierra de la que huye». El testimonio de Òscar Camps (Barcelona, 1963) resulta siempre crudo, cortante, amargo; como solo puede ser el de alguien que, en este gris, triste, enloquecido, mundo, abrió los ojos, y optó por combatir los problemas de tú a tú en lugar de limitarse a girar la cabeza hacia otro lugar, como tantas veces hacemos ante dramas como el de los refugiados o el de la pobreza en las ciudades.

«Un día estábamos con mi hija, que tenía 12 o 13 años, en el sofá, mirando el Facebook con el iPad. Y apareció una foto de una periodista italiana de dos hermanos que habían fallecido ahogados en el mar al intentar llegar a Europa. La pasé rápido para que no la viera. Pero la vio. ‘¿No hay socorristas ahí? ¿Por qué no vais ahí a ayudar a toda aquella gente ahora que ya se ha acabado la temporada de verano?’. ‘No es tan fácil. No es tan fácil’, respondí. Pero aquella pregunta y aquel ¿por qué no? siguieron resonando dentro de mi cabeza. Primero escribimos a todas las instituciones para poner a su disposición, de forma gratuita y altruista, el material de la empresa de socorrismo que creé hace dos décadas, y que lleva la seguridad de playas de todo el país, con unos 600 socorristas, pero nadie respondió. Así que decidimos irnos hacia Lesbos. Lo que nos encontramos era impensable, inimaginable», rememora el fundador y director de la oenegé humanitaria Open Arms; que desde aquel septiembre del 2015 ha alejado a unas 60.000 personas de las garras de la muerte en el fosa comuna en la que algunos han convertido el mar Mediterráneo y las costas de Europa.

«Sánchez. Tusk. Mogherini. Salvini. Y muchos otros. Sus decisiones, y sus no decisiones, su inacción, han comportado muchísimos muertos. Se han vulnerando los derechos humanos y los convenios internacionales; bloqueando barcos humanitarios que pueden intervenir en el que es el corredor migratorio más mortífero de mundo. No solo no han hecho nada, sino que, además, han evitado y evitan que se haga. Están cometiendo un delito, y tarde o temprano deberán responder por ello», lamenta antes de afirmar que Open Arms, que en la crisis sin precedentes desatada por el nuevo coronavirus ha aportado su grano de arena haciendo 20.000 tests en 500 residencias de mayores de Catalunya, «solo es un parche muy pequeño que, haciendo el trabajo que debería recaer en una Unión Europea y en unos gobiernos inmóviles, intenta salvar el máximo de vidas que puede, y que trata, además, de monitorizar, de documentar, todo lo que pasa, y de poner de relieve la inacción deliberada de las Instituciones, haciendo que se sepa lo que pasa ahí, en medio del mar, y que no se está haciendo nada, y que se avergüencen, poniendo la luz y el foco donde no los quieren, trabajando para que no se deshumanice, se silencie, a los más vulnerables, a los más pobres, a aquellos que, por una razón o por otra, huyen de su país, e intentando remover consciencias y sensibilizar a la población. El coronavirus ha provocado la muerte de 27.000 personas en España, pero, según las cifras oficiales, que en realidad son muchas más, en los últimos cinco años han muerto 18.000 personas en el Mediterráneo. Y estas también existen».

«Si no nos creemos que sus derechos son los derechos de todos, y que si están vulnerando los derechos de nuestras personas también están vulnerando los nuestros, después quizás será ya demasiado tarde. Estamos perdiendo nuestros derechos. Los derechos que nuestros abuelos consiguieron con muchos muertos los estamos perdiendo viendo la televisión mientras el gobierno invierte cuatro veces más en gasto militar que en sanidad, y casi ocho veces más en gasto militar que en educación; así que también trabajamos para fomentar, desde abajo, que los niños y las niñas tengan espíritu crítico, para que se rebelen contra esta realidad. Es la gran responsabilidad que tenemos la gente de esta generación: que nuestros hijos salgan mejor que nosotros, que no solo no hemos llegado hasta la luna, sino que, además, estamos perdiendo todo aquello que tanto costó alcanzar», afirma, regresando a los imperecederos versos del pastor alemán Martin Niemöller, y lamentando que en esta sociedad, «educada en el postfranquismo, el postmachismo y el postracismo», exista gente, tanta gente, que les trate como delincuentes mientras se bañan a solo 800 metros de donde se hunden las vidas, los sueños, las esperanzas de algunos de aquellos que en su intento por escapar de la muerte la acaban encontrando en medio del mar sin que a nadie parezca importarle.

En este contexto, puede parecer, y parece, superfluo, frívolo, e incluso inhumano, hablar de fútbol; si no fuera porque el fútbol, en realidad, no es más que una excusa, que una metáfora, para hablar de la vida y de la sociedad, y para entenderla, y para comprenderla, mejor.

 

«Si, en una crisis de pánico, somos capaces de vaciar supermercados, ¿qué haríamos si en lugar de ser un virus que mata al 1% de la sociedad cayeran bombas que matan a una persona de cada 70?»

 

¿Cómo llegó el fútbol a tu vida?

De pequeño, mi vida era fútbol, fútbol y más fútbol. En Badalona, una ciudad en la que el Joventut se lo come todo, todo es básquet. Todo el mundo jugaba al básquet. En mi escuela ni siquiera había porterías. Solo había canastas. Los cuatro que jugábamos al fútbol teníamos que hacer las porterías con mochilas y chaquetas, tanto en el patio como en la plaza, y hacíamos eliminatorias a penaltis. Todo el mundo quería jugar en el Joventut. Pero yo quería jugar a fútbol.

Òscar Camps también soñó ser futbolista.

Yo no quería ser futbolista, de niño. Yo quería ser astronauta. Me encantaban las naves especiales. Recuerdo que me fascinó la llegada del hombre a la luna. Pero también me acuerdo muchísimo de la llegada de Cruyff a Barcelona. Y de ver el Mundial del 1974, en el que Holanda perdió contra Alemania en la final. Y de la Recopa contra el Fortuna de Dusseldorf. Fue una gran final. La escuchamos por la radio con mi abuelo, y después fuimos juntos a Canaletas.

El amor por el fútbol, de hecho, me viene de él, que era muy, muy, culé. Recuerdo que me ponía las botas de fútbol para escuchar el Barça por la radio y que nos sentábamos en el sofá, mirando el transistor los dos. Uno al lado del otro. Es uno de los recuerdos más bonitos que me ha dado este deporte.

¿Y el peor?

Uno de los más dolorosos, de los peores, fue, sin duda, la final de la Copa de Europa de Sevilla contra el Steaua. Además de regresar traumatizado por haber perdido aquella mierda de final, a la vuelta, en Valencia, nos apedrearon el autocar porque les habíamos enviado a Segunda. Me prometí que jamás iría a ninguna otra final hasta que el Barça hubiera conseguido una Copa de Europa. He mamado derrotas y derrotas, y ligas perdidas, y más derrotas y derrotas, y por esto, y porque me apasiona el fútbol, pienso que he disfrutado tantísimo de esta época reciente del Barça; aunque también es verdad que cuando vengo de una misión no puedo con el fútbol durante un tiempo. No puedo. Porque vienes de vivir un drama, en un lugar en el que más que vivir se sobrevive, y de repente te encuentras con todo esto tan artificial.

¿Del Barça de toda la vida?

Soy culé desde pequeño, sí. Pero el Sant Andreu es ahora mi equipo favorito. Se han ganado mi corazón. Les haría un monumento. Es un club ejemplar. Dejé de ser socio del Barça porque ya no es lo que era, porque pienso que estamos en horas bajas en muchos aspectos, y ahora soy socio del Sant Andreu. Y mi hijo, que tiene 7 años, es un fanático del equipo. Ha ido más veces al Narcís Sala que al Camp Nou. Y va con la camiseta del Sant Andreu. Tiene la del Barça, pero no se la pone. Y mi hija lleva la de Javi López, que fue uno de los primeros jugadores en sumarse a la causa y nos regaló una camiseta. Mi hijo con la camiseta del Sant Andreu y mi hija, con la del Espanyol. Si mi abuelo levantara la cabeza me mataría.

¿Qué es el fútbol en medio del mar?

El fútbol es un idioma universal. Un idioma con un potencial brutal. Lo habla todo el mundo. Lo entiende absolutamente todo el mundo. En cada patera que hemos rescatado hay siempre más de una persona con la camiseta o los pantalones del Barça o del Madrid. De repente, en medio del mar, tú, que eres del Barça, te encuentras al lado de un nigeriano, un marfileño o un congoleño que lleva la camiseta de tu equipo. O escuchas que alguien recita alineaciones antiguas del Barça o del Madrid. ‘Hasta aquí llega el fútbol’, piensas. Es increíble.

Cuando nos ven llegar desde la patera, en medio del mar, no saben quienes somos. Solo ven un barco. Y unas lanchas que llegan antes porque van mucho más deprisa que el barco. Vamos todos uniformados, con cascos, y, sin saber quienes somos, pueden pensarse que somos militares que les podemos devolver hacia atrás. En cuanto ven la bandera española nos preguntan de donde somos. De donde venimos. ‘De Barcelona’. Y, a partir de ahí, la primera palabra que sale es ‘Messi’. Y ‘Barça’. Y entonces media patera es del Barça y la otra media, del Madrid. Unos son de Messi y los otros, de Cristiano Ronaldo. Hay mucha tensión, muchos nervios. Están angustiados. Y hay peleas. Y seguramente hay muertos a bordo. Pero en cuanto aparece el fútbol el ambiente se destensa. Se sonríe. Yo les decía: ‘¿Cristiano Ronaldo?. ¿A quien le gusta Cristiano Ronaldo?’. ‘A mí’. ‘Pues tú no subes al barco’. Y se reían. Y nos reíamos. El fútbol pacifica. Nosotros lo utilizamos para calmar.

Cuando estamos en medio del mar, el fútbol y la pelota son lo último en lo que piensas. No piensas en nada, de hecho. Solo en si hace frío o calor. En comer. En la salud. En las necesidades básicas. Salir de ahí es lo único que te preocupa cuando estás en medio del mar. Ahí no hay hobbies. Pero de repente aparece el fútbol y ellos empiezan a sonreír. El fútbol, con el que se han criado, les hace sonreír. Les hablas de fútbol y les cambia la cara. En medio del mar, en una situación en la que todo el mundo lucha por su vida, por sobrevivir, que paren y sonrían, y se identifiquen diciendo de qué equipo son, rompe muchísimo la tensión que siempre hay a bordo. El fútbol es un ansiolítico. Une mucho más de lo que separa.

Ciertamente, el fútbol es un idioma universal.

El fútbol tiene un poder comunicativo brutal. Es, hoy, el gran influencer. Y se hace muy poco uso de esta ingente influencia. De esta capacidad. Sobre todo a la hora de transmitir valores. Ante la flagrante falta de respeto por los derechos humanos de nuestros días, ante la falta de valores de nuestra sociedad, ante todo lo que está pasando, echo de menos que se aproveche el incalculable potencial que atesora el fútbol.

Por que, ante toda esta situación, los futbolistas hacen muy poco en comparación con todo lo que podrían hacer. Tienen que hacer mucho más. Mucho más. Y ya no solo se trata de que den dinero a hospitales o que financien proyectos. Porque no solo se trata de dinero. El dinero no es, o no tendría que ser, nunca el objetivo en la vida. Los futbolistas, que tienen la vida absolutamente solucionada, tienen que hacer más. Mucho más. Y tienen que creérselo. Y nosotros tenemos que ser mucho más exigentes con ellos. De la misma forma que tenemos que pedir responsabilidades a los políticos, pienso que también tendríamos que comenzar a reclamar responsabilidades a los futbolistas de élite. Pero es que viven en una burbuja. En una falsa burbuja. Lejos, demasiado lejos, de la ciudadanía. Totalmente desconectados de la realidad. Como los políticos, que han acabado con la clase media y han creado la clase política, la suya. Están en la misma órbita. Se han alejado tanto de la ciudadanía que ya son incapaces de tener empatía con ella porque es que ya directamente no la ven. Porque es que ya no habitan en la misma órbita. Ni en el mismo mundo.

 


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