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Los relatos suelen ser terrenos fértiles para la imaginación y construcción de realidades a veces incompatibles con los hechos probados. Realidades que se distorsionan porque, como nos enseñó La Vida es Bella (Roberto Benigni, 1997), no es lo mismo contar la historia que escucharla a través de los oídos de un niño.

El juego de los números, de David Sally y Chris Anderson, pone en relieve esa capacidad de no dar importancia a lo más obvio y creer, en cambio, en lo menos lógico. El libro lo explica a partir de los saques de esquina. Cada vez que hay un córner, el hincha se acuerda de un gol, de cabeza por lo general, que ocurrió una o dos veces, pero se olvida de las muchas que el centro acabó en nada.

La memoria es traicionera. Es algo humano. Sacamos conclusiones exageradas, desconectadas de la realidad y las impregnamos de nuestras convicciones. Los jóvenes exageran el presente y los mayores sobrevaloran el pasado.

Hay quien dijo que Víctor Vázquez era mejor que Messi, que Ganso y no Neymar era el jugador del futuro de Brasil, o que del trío Valber, Leto y Rivaldo que recaló en el Corinthians desde el Mogi Mirim, el futuro Balón de Oro era el peor de los tres. Valber era un ’10’ clásico; Leto, el goleador, y Rivaldo, un zurdo sin posición definida, que gambeteaba y no convencía.

El paso de los tres por el Corinthians avaló aquella tesis, pero solo a corto plazo. Rivaldo no tuvo protagonismo y terminó cedido al rival, el Palmeiras. Un traspaso que cambió la historia del fútbol brasileño: Vanderlei Luxemburgo le ofreció un contexto, le dio libertad para sus exóticas zancadas.

No hemos llegado a Rivaldo por casualidad, pero antes quiero hablar de mi abuelo. José Augusto Braga Martinho nació en Pedro do Rio, una localidad ubicada a 30 kilómetros del centro de Petrópolis, en mayo de 1935. Un año y medio antes lo hacía Garrincha; no muy lejos, en Pau Grande, municipio de Magé.

Contemporáneos, mi abuelo y Garrincha cierta vez se cruzaron en la cancha del Serrano FC, el principal club de Petrópolis. Mi abuelo era un arquero de baja estatura, aunque se definía como alguien valiente y sin miedo al contacto. Me contó, hace mucho, que en un determinado campeonato, cuando jugaron, como visitantes, los de Esporte Clube Pedro do Rio contra el Serrano FC, se topó con un interior que, cada vez que agarraba la pelota, ya no la soltaba, provocando reacciones adversas de jugadores y aficionados. Aquel volante que jugaba por la derecha era Garrincha.

En la biografía Estrela Solitária, escrita por Ruy Castro, también se explica que Garrincha empezó jugando en una posición más retrasada, lo cual confirma la versión de mi abuelo. Pero transcurridos más de 70 años, los relatos vuelven a mezclar fantasía e imaginación con la complicidad de la nostalgia. En una publicación oficial del club Serrano de Petrópolis, una estudiante de periodismo publicó dos episodios del paso de Garrincha por el club. Un exentrenador asegura que fue él quien puso al habilidoso jugador como extremo y le dio la camiseta con el ‘7’. Sin embargo, un excompañero lo desmiente. Así, son tres las versiones que nos llevan a confirmar que Garrincha, tal y como decía mi abuelo, fue primero mediocampista y luego cambió de posición hasta convertirse en uno de los mejores extremos de siempre.

 

La vida le obligó a ganar y a seducir al mundo, cuando Garrincha solo quería divertirse

 

Puede que estemos ante uno de los muchos ejemplos de cambio de posición de un jugador que terminaría siendo protagonista en un rol muy distinto al de sus orígenes. Adriano, por ejemplo, el ‘Emperador’, arrancó en las inferiores como lateral izquierdo, pasó por mitad de cancha por el mismo carril y, recién cumplidos los 17 años, se convirtió en delantero. Entretanto, la comparación con Adriano tiene otro motivo mas allá del cambio táctico: el alcoholismo y el sentimiento de pertenencia.

Garrincha tenía algo de Rivaldo, sí; por su carácter introspectivo, por sus piernas torcidas y por una rara ubicación en el terreno de juego. Pero también es comparable a Adriano porque nunca supo alejarse del lugar donde creció y, aunque por otras razones, encontró en la bebida la anestesia a sus dolores.

El libro de Ruy Castro es muy completo y ya en el arranque trae la explicación de la adicción de Garrincha al alcohol. Su padre era alcohólico. Su origen en el noreste de Brasil explica, en parte, la costumbre de tomar cachaza para distintos fines, no solamente para emborracharse. El biógrafo explica que había una mezcla llamada ‘cachimbo’, compuesta por aguardiente, miel, limón y canela en palo, que bebían los niños para que tuvieran sueños menos agitados, las mujeres para evitar mareos del embarazo y cualquiera para curar resfriados.

Esto generaba una cierta tolerancia al alcohol y, a la vez, preparaba el cuerpo para una futura adicción. Ya el padre de Garrincha terminaría su vida enfermo como consecuencia de la bebida. Los testimonios que compartieron sus primeros pasos en el Serrano FC aseguran que a Garrincha le interesaba más cazar pajaritos que cualquier otra cosa. Ese punto de chico del interior, con dificultades para madurar aunque tuviera toda la fama del mundo en el Botafogo y acabara ganando dos Mundiales con la ‘Seleção‘, fue uno de sus grandes rasgos característicos. Siempre quiso seguir siendo Manuel Francisco dos Santos. Mané, la alegría del pueblo, no era distinto al resto.

Porque su juego, fuera contra los soviéticos en una Copa del Mundo o en Maracaná contra el Santos de Pelé, era el mismo que el que practicaba en la cancha del Serrano FC o en los fulbitos de cualquier campo de barro. Terminó su carrera de la forma menos mediática de todas, en el Olaria, un club humilde de la zona norte de Río de Janeiro, sin que nadie supiera que se estaba retirando. Murió por la causa más previsible: cirrosis hepática, antes de cumplir los 50 anõs de edad.

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Su tumba, en Pau Grande, es como si fuera la de alguien que siempre vivió allí. Garrincha nunca quiso ser nada más que un niño en busca de aves pegado a su cachaza diaria. La vida le obligó a viajar y a seducir el mundo del fútbol. Pero él nunca hizo ningún esfuerzo para lograr todo lo que acabó consiguiendo. Cuando Pelé faltó en Chile’62, Garrincha se hizo cargo del equipo. Lo hizo sin una actitud ganadora, ni de liderazgo. Se dedicó simplemente a jugar, sin ningún tipo de presión, como si estuviera cazando pajaritos en su ciudad natal. Jugaba para divertirse. Nada más.

Sus restos mortales no se encuentran en el interior de la tumba. Fueron robados sin que trascendieran los motivos. En cambio, Garrincha sí explica muy bien a Brasil como país, como cultura y como generador de historias, donde la imaginación es capaz de proyectar al extremo como un Cristiano Ronaldo de la época, un extraterrestre, un regateador implacable y un talento natural. La realidad, sin embargo, también fue otra: la de un ser humano con todos sus defectos y virtudes.

 


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Fotografía de Getty Images.