Fue un poco raro, la verdad. Llegar al campo cinco minutos antes. Solo con lo puesto. En zapatillas y con el chándal de cada domingo. Con el mismo chándal que vestí durante tantos años y con el que tocaba presentarse hora y media antes del pitido inicial. Pero esta vez sin una mochila encima. Sin botas. Sin espinilleras. Sin toalla ni chancletas. Sin medias, pantalones ni una camiseta con el 22 a la espalda. Vestido, aunque desnudo. Desubicado, supongo. Por estar a punto de vivir desde fuera todo lo que había sentido siempre desde dentro. Como si fuera un niño que vuelve al pueblo de la abuela después de un año y, atemorizado, su cabeza solo se cuestiona si todo seguirá igual. Si le llamarán los niños del pueblo para bajar a la plaza. Si se acordarán de él. Si este verano será como los anteriores. Con el miedo a que algo haya cambiado. Preocupación por la incerteza. Nervios por el reencuentro.

Llamé al segundo entrenador. “Estoy en la puerta”, le avisé. Me vino a buscar. Abrió. Y me dijo: “Pasa rápido que en teoría no puede entrar nadie. Ahora te damos la cámara”. Sí, de jugador a cámara. Las funciones de un cámara como coartada para regatear a la pandemia y a las leyes que solo permiten que hoy entren en el recinto jugadores, staff técnico, árbitros y el balón. Nadie más. Era como si solo los actores estuvieran autorizados para entrar en el set de rodaje y a mí me hubieran dado acreditación para ser el único espectador de un show a medias, silencioso, vacío, que sigue tachando días en el calendario a la espera de que vuelva a ser completo; con amigos tras la barandilla, con familiares ocupando las mesas del bar, con ambiente más allá de lo de sucede dentro del campo, sin mascarillas en los banquillos, con la ducha pospartido. La vida, en definitiva, esperando a volver a ser ella misma.

Entré por la puerta y todo eran flashes. Aquel gol olímpico con los juveniles. Esa vez que me hicieron un roto en el córner. La otra haciéndolo yo en la misma esquinita. Pam. Pam. Pam. Recuerdo tras recuerdo. Como la peli que dicen que proyectamos mientras los dioses deshojan la margarita al decidir si nos quedamos o nos vamos, pero sin luces al final de ningún túnel. Solo memorias en la mente de un mediocentro reconvertido a lateral torpón. El mismo que acabó pasando más rato quejándose al árbitro sentado en el banquillo que no haciéndolo desde el campo, y que regresaba después de un año al lugar que abandonó con la excusa de que le quitaba mucho tiempo por las tardes y los findes, que quería saborear otros placeres; aunque sabe perfectamente que cuando más disfrutaba su paladar era al pisar ese césped desgastado y al coleccionar caucho en los talones.

 

Qué feliz era cerca del balón, y qué poco lo sabía. Solo toca esperar unos días, darle de nuevo al rec y confiar a ver si esta vez al entrenador le da por mandarme a calentar

 

El recibimiento fue extraño. Ellos ahí, calentando. Los titulares ultimando la puesta a punto de sus motores. Los suplentes en su clásico rondito. Daba la sensación no de estorbar, pero sí de haber llegado en mal momento. Un par de choques con los puños made in Covid. Otro saludo lejano y a la cámara. A mis funciones. Que esto empieza en breves y hay que saber cómo inmortalizarlo. Me puse ahí, entre banquillos, a mi rollo, y todo se destensó. Un saludo al entrenador. Una broma con los suplentes. El calor del segundo entrenador y el delegado. Ya instalado en el pueblo de la abuela, en mi segunda casa, los lugareños me dejaban ir a la plaza con ellos otra vez. Genial. Pitido inicial. Y a darle al rec.

“Cómo hemos cambiado”, me iba repitiendo. Ahora los laterales tiran faltas y meten golazos. Antes solo enviaban balones en largo en busca de ser peinados, de segundas jugadas. El brazalete luce en otra manga. El ’10’ lo viste otro. Hay unas cuantas nuevas caras. El balón, a veces, incluso, se juega por abajo. Y hasta con sentido. Qué cosas. Te vas un año, desapareces del mapa, y crees que todo ha cambiado. Y es una mentira como una casa. Cuando te reencuentras con los de siempre, donde siempre, para jugar a lo de siempre y disfrutar como siempre, solo esperas la única frase que cada maldito fin de semana deseabas que saliera de la boca de tu entrenador: “Calienta, que sales”. No la escuché, claro. Ya no formo parte de ese tinglado. Aunque no hay dedos para contar las tantas, tantísimas, veces que me vino a la cabeza la idea de calzarme otra vez las botas que hoy reposan en el baúl de los recuerdos. Volver a los balones en largo. Que también es bonito, oye. A la tensión de ver los tobillos del extremo rival intentando engañarte. Y robársela, oh. A protestar lo improtestable. Brazos en alto, hombros encogidos, venas hinchadas; una falta clarísima. Volver a jugar al fútbol con aquellos con los que lo hacía cada día, vaya.

Nada de eso. El árbitro dio tres pitidos a su silbato y ahí seguía yo, tras la cámara. Pobre iluso. Rec. Fin de la grabación. Victoria por 3-1. Esperar a que salgan del recinto los protagonistas del partido y a fumarse el cigarrillo protocolario con los adictos al tabaco del equipo. Porque podíamos ganar los tres puntos más importantes de nuestra historia, perderlos o dejarlo todo en tablas, podía llover, nevar o aproximarse la tormenta perfecta, que de aquel ritual de la nicotina a nosotros no nos separaba nadie. Con sonrisas o con llantos, era el momento de dejar el fútbol a un lado para hablar de esto y de aquello. Que qué tal el nuevo piso. Que cuándo acabará este la uni. Que cuándo se casará el otro. Pero sin las botas en la mochila. Extraña sensación. Maldito aquel día en el que acabó todo esto. Qué feliz era cerca del balón, y qué poco lo sabía. Solo toca esperar unos días, darle de nuevo al rec y confiar a ver si esta vez al entrenador le da por mandarme a calentar.

 


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