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Los ilustres ignorantes y el fútbol

Hay dos formas de interpretar el fútbol: creer que es más que un deporte o no. Quizás nos vendría bien un poco de humor para subrayar que este juego es, ante todo, un absurdo

Los ilustres ignorantes y el fútbol.

Se juegan las semifinales de la Champions y Twitter se llena de observaciones tácticas. El plan anti-Haaland, el doble rol de Camavinga, la partida de ajedrez de San Siro. Lo único que hacen es dar crédito a mi ignorancia, porque no entiendo la mitad de ellas.

Hay dos formas de interpretar el fútbol: creer que es más que un deporte o, por el contrario, solamente un deporte. Exagerarlo o limitarse a su naturaleza. Los primeros filosofan con la dimensión social del fenómeno. Los segundos hinchan el globo de la táctica. El análisis, los datos, el sistema, las permutas, la pizarra. Viven anclados a ese tipo de conceptos. La estrategia despierta en mí un interés relativo. Prefiero ver los partidos como si fueran obras plásticas, enigmas, creaciones gratuitas sin respuesta alguna. El fútbol me fascina como ente misterioso, negándome a pensar que cada acción del juego merece un diagnóstico. Ni que todas las jugadas estuvieran estipuladas.

Señores Blaya, Morén y Quintana, os tengo mucho respeto, pero poca envidia. Me estreso con solo imaginaros en plena labor. Los especialistas florecen a diario en Twitter, Twitch, YouTube, haciéndonos creer que el fútbol termina en sus hilos, cuando en realidad obedece a millones de factores. El estado de ánimo, tan decisivo como un 4-3-3 o un 4-4-2, es imposible de plasmar en un gráfico. Igual que las cuentas pendientes, las rivalidades históricas, los intereses políticos, geográficos, económicos, o la merienda que ha ingerido el lateral izquierdo.

Me pregunto si, en el fútbol y en la vida, es el pragmatismo el camino acertado. “Hay quien cruza el bosque y solo ve leña para el fuego”, decía Tolstói. Yo, en lugar de reunir troncos, pienso frases, hago fotos, fantaseo con las historias que deben haber ocurrido entre esos pinos. Batallas, aquelarres, copulaciones, asesinatos, apariciones. Veo en el fútbol ese bosque que me invade como figura literaria. Pagaría por ver a Javier Cansado y Pepe Colubi como los nuevos analistas del fútbol moderno. Empezar hablando del juego de posición y terminar con la antigua Sumeria. Conectar el rol de los laterales con el sexo tántrico.

 

Pagaría por ver a Javier Cansado y Pepe Colubi como los nuevos analistas del fútbol moderno. Empezar hablando del juego de posición y terminar con la antigua Sumeria. Conectar el rol de los laterales con el sexo tántrico”

 

Quizás nos vendría bien un relato humorístico para subrayar una verdad absoluta: el fútbol es, ante todo, un absurdo. Un universo ajeno al nuestro. Una idiotez que nos tomamos como algo personal. Un pasatiempo que invade lo primordial. Un inhalador insaciable de dinero. Una herramienta para romper el hielo. Dos piernas y un pedazo de cuero que te hacen reír, llorar, sufrir, no cenar. El escritor italiano Alessandro Baricco, en su novela Emaús, aboga por “la penetración del absurdo en la geometría del sentido común”, abriéndonos la puerta a una convergencia de talantes. Imaginaros El Día Después presentado por Javier Coronas. O una locución a cargo de Álvaro Benito y Pepín Tre. Ahí quedarían servidas las dos formas de entender el fútbol.

Con más guasa que otra cosa, eso sí. Pero fantasear es gratis, aunque también es mi defecto. Empiezo a pensar que estoy en el bando equivocado. Llegar a buen puerto pasaría por ceñirme a lo tangible. La táctica da de comer y la palabrería no hace más que emborracharme el pensamiento.

Terminan las semifinales de la Champions y Twitter vuelve a llenarse de bromas y gilipolleces. Las entiendo todas.

 


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Fotografía de Marcel Beltran.