Por primera vez en México, una cadena internacional de televisión optó por darle un sitio como analista estelar durante la Eurocopa a un personaje inédito que había cimentado buena parte de su prestigio en Twitter. Varios exfutbolistas y los centinelas del conservadurismo en los medios tradicionales no decepcionaron: montaron un boicot. El más vehemente de todos argumentó que de nada servía prepararse a conciencia ni leer libros si “nunca pisaste la cancha en altos niveles”. Algo más o menos parecido debió pensar François Truffaut cuando dijo, no exento de ironía, que en Francia toda la gente tenía dos trabajos: el que les permitía ganarse la vida y el de crítico de cine. Quiero pensar que el desencanto de Truffaut le permitió ir todavía más lejos. Para cerciorarse de que su labor intelectual era lo suficientemente compleja como para que nadie aspirara a encarnar su rol, emprendió la transición a cineasta y se convirtió en uno de los brazos ideológicos de la Nouvelle Vague, el movimiento de ruptura más importante del siglo XX en Europa.

Varios de los exfutbolistas en México que trabajan en medios han seguido una ruta contraria a Truffaut. No tanto por el hecho de no ver cine —un defecto menor—, sino por no ver fútbol, su trabajo. Para qué ver fútbol en el umbral de un torneo veraniego de selecciones si se sabe que los ucranianos son fascistas, que los belgas son catadores de chocolate, que los daneses pagan más impuestos que el resto o que los suizos son menos fiables que sus bancos. Pero vayamos por partes. Puede no interesarte el 4-3-3 asimétrico de Italia o el reparto coral de espacios danés, pero entonces deberías tener el olfato para reparar en otro tipo de cosas. Por ejemplo, que Arnautovic, de padre serbio, haya increpado a un futbolista de origen albanés durante un Austria-Macedonia del Norte. O en su defecto, en lo que el periodista Eduardo Biscayart definía como el pálpito del partido; es decir, los estados emocionales, puntos de inflexión y condicionantes de un juego. Si el analista en cuestión no se amolda a ninguno de los tres esquemas, lo más probable es que su trabajo corra peligro tarde o temprano. En el mundo ya existe la suficiente gente que vive de la improvisación y los lugares comunes.

Alguno dirá que en realidad no se trata de una cruzada frente al análisis como tal, sino ante la imposición de determinados conceptos que sólo sirven para intelectualizar el juego. Para profundizar en ello, digamos que hubo otro exfutbolista que intentó exhibir al analista aludido en las primeras líneas de este texto por utilizar el concepto base de la jugada, un término todo menos ampuloso, pero importado desde el otro lado de Atlántico a fin de cuentas. De modo que el debate no cuestiona la fidelidad del lenguaje, sino su extraterritorialidad, supuesto academicismo y falso glamour

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. El próximo entrenador de la élite o futbol base que prepare un plan de partido con salida lavolpiana deberá pensárselo dos veces, aunque la ambigüedad en torno a si se trata de un concepto táctico que emana del contexto mexicano o del argentino puede evitar sospechas. En el mismo tono, había otro exjugador que pedía mirar con suspicacia la influencia de los entrenadores, porque el fútbol es de los futbolistas, pero al mismo tiempo daba cursos de análisis táctico, cursos que sirven, intuyo, para reconocer patrones de juego, patrones que, intuyo, no derivan de la propia autogestión de los futbolistas. En fin, cosas de gente rara.

 

Puede no interesarte el 4-3-3 asimétrico de Italia o el reparto coral de espacios danés, pero entonces deberías tener el olfato para reparar en otro tipo de cosas

 

Pese a todo, ha habido una evolución innegable en el análisis de fútbol en los medios tradicionales. Pensemos que hace no mucho todavía se combatía el uso de los términos interiores o presión alta, mismos que ahora se utilizan a mansalva, casi siempre descontextualizados. En el partido de México contra Nigeria, el comentarista más popular de la televisión mexicana, otrora estrella del Atlético de Madrid, habló con una naturalidad desconcertante de los descensos de un delantero, uno más de los términos vedados por la ortodoxia. Por lo que, según lo visto, los conceptos importados son legítimos hasta que la propia ortodoxia los asume como propios y los democratiza. Antes no.

Todo esto me recordó a Juan José Millás, quien en una vieja columna ironizaba sobre el hecho de que cuando un criminal se hace famoso, escribe un libro. Cuando un actor se hace famoso, escribe un libro. Cuando un cantante se hace famoso, escribe un libro. Cuando un político se hace famoso, escribe un libro. Cuando un youtuber se hace famoso, escribe un libro. Cuando un torero se hace famoso, escribe un libro. Cuando un famoso se vuelve más famoso, escribe otro libro. En la esfera de la comunicación muchas veces ocurre un fenómeno todavía más curioso: cuando un futbolista se retira, ni rastro de los libros ni del análisis en televisión.

 


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Fotografía de Imago.