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Alguien pensó que las escenas de suicidios en Nueva York estaban resultando demasiado dramáticas. Ese alguien había estudiado arquitectura antes de convertirse en operador de grúas, por lo que se propuso construir una torre para suicidas, bien fueran suicidas genuinos o los falsos suicidas de los que hablaba Martin Amis. El racional de esto consistía en evitar que las verdaderas víctimas, los que se quedan, se vean obligados a contemplar la sangre en las aceras, los cuerpos mutilados por los trenes o, en el peor de los casos, a tratar de reanimar a un hombre cuya soga se tensó hasta romperse. En realidad todo esto forma parte del inabarcable universo ficcional de Agustín Fernández Mallo, pero sirve para encontrar ciertos paralelismos con el discurso del encaprichado Florentino Pérez.

Resulta que el presidente del Real Madrid pretende convencernos de que sólo nos debería gustar cierto tipo de fútbol y que el resto es desechable. Nos quiere privar, como el arquitecto de la torre suicida, de los posibles daños colaterales de ver un Getafe-Granada. Hay algo que se escapa del razonamiento de Florentino: existen varios tipos de aficionados al fútbol, que no necesariamente son hedonistas. Pensemos que incluso hay gente que se deja la vida viendo en qué momento va a colapsar la cadena de pases en salida de balón del Sassuolo, sólo para decir: “¡Cuánto daño le ha hecho Pep al fútbol!” Está, por otro lado, el que se aproxima para conmoverse con un bloque bajo sin fisuras. O el que se emociona con las defensas adelantadas, aunque, invariablemente, terminen siendo anticompetitivas.

Por supuesto que no se puede dejar de lado a los que sintonizan cuatro partidos en simultáneo para mantener inmaculada su leyenda de parabólicos. Tampoco nos podemos olvidar de los que ven fútbol para constatar lo que ya sabían: “Te lo dije, el Griezmann ese es un vago. Menudo golazo nos metió el Atleti con su fichaje”. O los que desdeñan el análisis táctico en Twitter, para luego montarse en un vulgar personaje de analista en el plató de televisión. Y qué decir de los que ven partidos para inventar palabras, palabras en su mayoría de uso cotidiano, pero que no estaban democratizadas en el lenguaje fútbol, un lenguaje, se sabe, con códigos y reglas intransferibles. Y está, desde luego, el que marca en el calendario de pared la visita del equipo grande a su ciudad. Que ambiciona con un pinchazo épico que descarrile al líder o la típica derrota digna de último suspiro que permite encarar la semana en la oficina con el pecho erguido.

En fin, el tema no puede dejar indiferente a nadie. En menos de dos décadas pasamos de mitificar la chilena de Rivaldo ante el Valencia —que apenas sirvió para que el Barcelona de Carles Rexach terminara cuarto y alcanzara la fase previa de Champions— a exigir arengas revolucionarias por no haber conquistado el doblete, el triplete y, según sea el caso, el trébol. Habrá que explicarles a los impulsores de la Superliga que habemos personas que nos alimentamos de la sangre en las aceras, de los cuerpos mutilados por los trenes, de haber reanimado a un hombre que intentó suicidarse. Que nos gusta el fútbol que rezuma imperfección. Que nos gusta el fútbol que se puede palpar como una soga que se tensa hasta romperse.

 


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Fotografía de Imago.