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La evolución de los diferentes

De 1863 hasta hoy, no hay posición que haya sufrido más las normas del juego que la de los porteros. Unas normas que los han llevado a evolucionar su estilo

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No quería empezar esto hablando de la Freemason’s Tavern ni de 1863. La historia ya es conocida de sobras. Pero el tema que quiero tratar me envía, de alguna manera, a ese momento de la historia, al año I d.F.a. -después del fútbol antiguo-. Y no me lleva ahí porque alrededor de esa mesa donde once representantes de once entidades diferentes se sentaran a beber pintas para solucionar y poner en común unas reglas definitivas se hablara del tema que quiero comentar. Sino todo lo contrario. Porque no se habló de eso. Es curioso que hoy, más de 150 años después, cuando se lesiona cualquier jugador de campo lo sacan del terreno de juego, le dan un poco de agua milagrosa y, mientras está fuera, el partido sigue su curso. Pasa con cualquiera, a excepción de uno: el portero, sin el que es imposible reanudar el juego. De hecho, sin su aprobación el árbitro nunca da el pitido inicial. Además, hasta que el guardameta no ha puesto la barrera en su sitio, siempre con previa petición del lanzador, el colegiado no indica que ya se puede golpear al balón. Hay situaciones en las que la figura del arquero difiere de las del resto de futbolistas. Lo que resulta curioso, porque, volviendo a la Freemason’s, en aquel día de octubre nadie habló sobre ninguna posición que se dedicase única y exclusivamente a detener los disparos rivales. No existía esa función. El portero pasó de no entrar en los planes del juego a ser parte vital de él.

El fútbol tuvo que esperar siete años hasta que en 1870 se estableciera que habría un jugador con capacidades extrañas. Se les puso una gorra en la cabeza para diferenciarlos de los demás. Al principio, de hecho, no tenían ni un larguero sobre sus cabezas, como mucho una cinta que conectaba un palo con el otro hasta que a alguien se le ocurrió cerrar sus porterías con un larguero y poner una red detrás para que dejara de haber líos y confusiones de si esto es gol o deja de serlo. Luego ya llegarían sus icónicos jerseys de lana, la indumentaria negra, los colores excéntricos y demás, pero esa es otra historia. Por aquel entonces, gozaban de mayor campo de acción con las extremidades superiores que en la actualidad. Ninguna línea de cal les prohibía tocar el balón con las manos, podían hacerlo en cualquier lugar del terreno de juego. Y a partir de entonces, hasta hoy, la IFAB (International Football Association Board) -que viene a ser algo así como la Biblia del fútbol-, les fue cortando las alas, o adecuando sus alas a una nueva manera de entender una posición que con cada nueva regla ha tenido que reinventarse. En 1887, les dijeron que solo podían utilizar sus manos en su mitad de cancha y, 25 años después, dibujaron una área para que ya no pudieran campar a sus anchas tocando el balón con los dedos allá por donde quisieran. Después de aquella regla, estuvieron un tiempo más tranquilos. No fue hasta 1983 cuando volvieron a limitarlos. Esta vez, para que dejaran de ser tan pillos a la hora de perder tiempo. Desde ese momento solo podían dar cuatro pasos con el balón retenido en sus manos, restringiendo su radio de movimiento y, por ende, el tiempo en el que el esférico dejaba de estar en juego. Una norma que sustituyeron en el 2000 por los míticos seis segundos que cantamos todos cuando el guardameta se retrasa en su servicio. Antes, en el 92, la regla que cambió la concepción definitiva de los arqueros: la cesión del compañero pasaba a mejor vida.

Aquellas horrorosas escenas de defensa y guardameta pasándose el balón perdiendo el tiempo eran historia. Lo de que el portero se encargaba básicamente de parar balones, también. Desde los orígenes del fútbol hasta hoy no hay posición que haya sufrido más adecuaciones a nuevos tiempos. Ahora ya se les toma como uno más en la elaboración del juego, no solo son esos que paran, también tienen pies, y algunos hasta como los de los mejores centrocampistas. De solo parar a ser el primer atacante. Qué cosas. Fueron adelante para acabar en el principio. Por algo dirán que la historia es cíclica. Y la del fútbol, por ende, más de lo mismo. Porque la vida de los porteros ha ido moldeándose con nuevas normas hasta volver al inicio de todo, a cuando todos jugaban exactamente a lo mismo y formaban parte de un mismo todo. Eso sí, siempre tendrán algo de diferentes. Las manos, claro. Y también el miedo, las agallas y la personalidad de saber que detrás de ellos no hay más que un precipicio.

 


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Fotografía de Imago.