“Una mujer estaba en el mercado con su hijo pequeño, reconoció a Barbosa y, mirando al niño, dijo: ‘Mira, ese hombre fue la desgracia de Brasil’. Dolido, respondió: ‘Usted no había nacido en aquel entonces. Su hijo, tampoco. ¿Por qué se porta así conmigo?”. La historia, tan directa como fulminante, representa el día a día de quienes pusieron a Brasil en lo más alto del planeta y, cuando se disponían a vociferar orgullosos su victoria, vieron cómo aparecía Ghiggia. Once futbolistas, once juicios, once traidores a la patria y once vidas que saltaron al césped a ganar un Mundial minuciosamente preparado para ello pero que nunca volvieron al vestuario. Un partido que, 68 años después, se sigue jugando y aún no encontró fin.

Con la lupa cronológica en la mano, el Mundial de Brasil de 1950 representaba el cuarto torneo planetario; pero desde una óptica extradeportiva, la cita sudamericana suponía mucho más. Medio mundo había quedado en estado de shock debido a los conflictos bélicos, financieros y sociales que impedían la estabilidad internacional, y tras no poder celebrarse las ediciones de 1942 y 1946 por la Segunda Guerra Mundial, el simple hecho de poder volver a hacer rodar la pelota suponía un avance global en el que apoyarse para olvidar el caos. La FIFA lo sabía y se apresuró todo lo posible para regresar a la normalidad y establecer de nuevo un sistema de torneo cada cuatro años, algo que facilitó notablemente la aparición salvadora de Brasil, empeñada en afirmarse como país serio, hambrienta de encontrar alguna excusa para mostrarse al mundo. Y mejor si tal excusa le permitía representar su categoría nacional sobre el césped. Tanto fue así, tal fue su orgullo, que se ordenó construir el estadio más grande del mundo, para lo que tuvo poco menos de dos años. Trabajaron más de 3.500 obreros, generó tremendas convulsiones políticas, destrozó la planificación urbanística e, incluso así, cuando los All-Stars de Río de Janeiro se enfrentaron a los All-Stars de Sao Paulo en su inauguración, semanas antes del Mundial, aún carecía de instalaciones sanitarias, zona de prensa, estructuras seguras… Pero nada iba a impedir que Brasil se estrenara allí, contra México (4-1 ante 81.000 hinchas). Aquella goleada fue la confirmación de que el favoritismo exacerbado que mostraba el país tenía ingredientes futbolísticos para concretarse. Un empate ante Suiza (2-2) en Pacaembú (se exigió que el combinado nacional jugara en ambas sedes para que todos los aficionados pudieran disfrutar de los jugadores de sus equipos, ya que paulistas y cariocas eran mayoría abrumadora) y una cómoda victoria ante Yugoslavia (2-0 ante 142.000 espectadores) impulsaron irremediablemente la euforia sobre la reputadísima aureola triunfal de un seleccionador que ya sabía lo que era acumular títulos nacionales con facilidad, Flavio Costa. Aquel paseo victorioso de la primera fase no fue sino un preámbulo de la brutal autoridad que mostró cuando el torneo avanzó. Metían miedo, eran intocables. Un show ante Suecia (7-1) y un escandaloso espectáculo ante España (6-1) adelantaban un carnaval perfecto para los Zizinho, Jair, Bauer, Ademir, Barbosa, Friaça o Juvenal, que solo tendrían que cerrar ante Uruguay.

Los charrúas, que por cuestiones incomprensibles en el fútbol actual pero habituales en la época apenas tuvieron que jugar un partido de primera fase (goleada, 8-0, a Bolivia), habían llegado al partido clave tras empatar ante España (2-2) y ganar en el último instante a Suecia (3-2). Todo era sencillo, todo era plácido, era cuestión de horas que Brasil confirmara su círculo exitoso. La mayor entrada jamás vista en un estadio de fútbol (210.000 personas en Maracaná), un periódico carioca titulando en su portada un potente “Brasil: Campeón del Mundo” y el mensaje del alcalde de Río de Janeiro con los jugadores ya en el césped, que casi les amenazaba si rompían el pronóstico esperado: “Brasileños, cumplí mi palabra construyendo el estadio más grande del mundo. Ahora, cumplan con su deber: ganar la Copa del Mundo”. El optimismo generalizado y el patriotismo fanatizado, juntos en el día clave, representaban el escenario ideal… para una gran tragedia (Uruguay 2-1 Brasil). Sí, la mayor tragedia del fútbol brasileño y, todavía hoy, el mayor golpe jamás recibido por un país a costa del fútbol.

 

“Eran habituales los ataques, y se iban clavando en su pecho”, cuenta una amiga de Barbosa

 

Cuando el partido finalizó, miles de hinchas encendieron velas en torno al estadio, como si fuera un funeral, el velatorio de todo un país. No era simplemente tristeza, dolor o decepción, fue el fin de una esperanza. Aquella noche se suspendieron todas las estas y festejos que habían llevado semanas de preparación, y el país, sumido en un caos psicológico, sufrió la noche más negra de su historia con cientos de suicidios en todo su territorio. Tal consideración tuvo la tragedia, que la selección, que hasta aquel momento había jugado de blanco inmaculado, vio ‘insuficientemente nacionalista’ aquella camiseta. Aquella corriente fuera de toda lógica arrastró a la Confederación Brasileña, que inició un concurso para encontrar una nueva identidad y colores para su vestimenta (lo que más tarde daría pie a la verdeamarelha y a la canarinha tras ganar aquella votación un joven llamado Aldyr García, que, curiosamente, era uruguayo, algo que tardó años en revelar). Sin embargo, la herida jamás iba a cicatrizar para aquella generación, que quedó marcada para siempre. Aquellos futbolistas, que habían sido héroes nacionales y representantes de la categoría brasileña de cara al mundo, se convirtieron en villanos, en perdedores y en traidores de la patria. Había que conocer el contexto de aquella Brasil para entender por qué, 68 años después, y ya sin supervivientes de aquella noche, sus familiares sigan siendo víctimas de una sombra imposible de esquivar y de un recuerdo que se empeña en corromper sus vidas a diario.

Marcados de por vida

Moacir Barbosa fue el que quedó más marcado por aquel Mundial. Para la sociedad, fue el portero que no pudo frenar aquel disparo de Ghiggia; quien ataja siempre es una diana fácil a la que apuntar. Para él, porque todo el calvario generado, se introdujo en su subconsciente y jamás pudo volver a ser el de antes. Se escondió en su ‘casa’, el Barrio de Ramos en Río de Janeiro, pero lejos de encontrar refugio, encontró castigo: fue culpado toda su vida. Una amiga de la época, Solange, recuerda que quedaban para tomar algo en el bar más cercano, pero allí todos le hablaban de lo mismo. “’Por tu error, no fuimos campeones, anda que perder en tu propio país, en Maracaná…’ Eran habituales los ataques, y se iban clavando en su pecho”, recuerda. Jamás encontró respuestas en su cabeza para pasar página, para sentirse en paz con la sociedad, para reunir fuerzas que le permitieran driblar la crítica. “La pena máxima por un crimen en Brasil es de 30 años. Yo llevo más de 50 años pagando por un crimen que no cometí”, expresó cuando le dieron voz. Fue desarrollando un conflicto interior sin solución, acabó encontrando una depresión y, con 75 años, huyó a Praia Grande (Sao Paulo), donde encontró cierto anonimato hasta su muerte, entre tragos de más y bajo la ‘salvación’ más cruel, la del olvido. Eso sí, solo unos años antes de su muerte, cuando se enteró que la selección brasileña que se había clasificado para el Mundial de 1994 estaba entrenando cerca de su casa, decidió visitarles. En cualquier otro contexto, aquello habría sido un estímulo para los internacionales y para el arquero, pero cuando llegó a la puerta, se topó con que Mario Zagallo (ayudante de Parreira), tremendamente supersticioso, pensó que su presencia gafaría al equipo y le negó la entrada. Barbosa, que fue icono del mejor Vasco de Gama de la historia, que fue el primer portero negro de la selección brasileña y que, singularmente, fue elegido mejor guardameta de aquel Mundial del ’50, fue enterrado en la intimidad, sin familia, sin personajes públicos y sin presencia federativa.

 

“Brasil trató a los futbolistas del ’50 de manera lamentable. Las personas no conocen lo que han tenido que soportar todos ellos”

 

Jair Da Rosa fue un ídolo allí donde jugó. Desde que explotó como juvenil con ‘los tres chiflados’ (un tridente mítico de delanteros del modesto Madureira), ganó títulos en los mejores clubes del país. Se le considera el primer ’10’ que vistió la camiseta brasileña, aunque tal honor quedó herido tras aquel Mundial de 1950: “Me llevaré a la tumba aquella derrota y preguntaré a Dios por qué perdimos el título más ganable de todas las copas que gané”, repetía constantemente. La huella sigue siendo dura para su familia más de una década después de su muerte, pues su nieta Mariana, periodista deportiva, tiene que acudir cada mañana a trabajar a Maracaná, al departamento de comunicación del estadio. Fue ella, aun siendo muy pequeña, quien un día averiguó lo que su abuelo había sufrido interiormente durante años. “Lo pasaba mal, siempre quería silencio. Veía muchos partidos de fútbol con él en la televisión y siempre me ordenaba, nada más empezar, que quitara el sonido, no quería escuchar a los comentaristas y decía que no sabían nada de fútbol. Su respuesta para todo era el silencio”, resalta. María Celia, su viuda, no solo recalca que, tras aquellos días mundialistas donde la crítica fue feroz y pasaron miedo, él quería silencio, sino que incluso ella misma responde con profundos silencios cuando alguien le pregunta por aquel Mundial. “No tiene sentido recordar”, piensa en alto. El hijo de Jajá (apodo de Jair), Luiz Antonio, siempre supo que su padre se quebró interiormente después de aquel encuentro. “Nunca habló de aquel día. Si le preguntaban, cambiaba de tema”, sentencia.

Ademir Marques está considerado, aún hoy, uno de los mejores goleadores de todos los tiempos. Es el máximo artillero en los campeonatos nacionales de aquella época y, sobre todo, Bota de Oro del Mundial de 1950. Y, sin embargo, Queixada (apodo que recibía debido a su prominente mandíbula), jamás encontraría consuelo en ello, porque su vida quedó marcada por un partido que nunca terminó. “Cuando llegaba cualquier Mundial, él, Zizinho, Bigode y varios futbolistas más de aquella Brasil del ’50 se juntaban y se iban a casa de alguien durante días. No se quedaban en su casa porque los teléfonos no paraban de sonar. Se iban lejos, desaparecían. Tenían un dolor muy grande”, explica Vilma, su viuda. Aquella deuda nacional que todos ellos arrastraban pronto le hizo ver que había perdido a su marido tal y como ella lo había conocido. “Es como perder a una persona. Ese acoso se quedó en su cabeza toda su vida. Toda su vida”, lamenta. Lo que quizá muchos nunca imaginaron es que varios de los futbolistas brasileños encontraron cierto consuelo o al menos a alguien que les escuchara en el bando rival. “Eran muy amigos de los jugadores uruguayos. Un par de veces al año, les invitaban a ir a Uruguay para agasajarles y, después, ellos venían aquí”, explica. Sin embargo, nada pudo devolver la paz interior a Ademir, que un día acabó explotando: “Gané muchos títulos, marqué muchos goles… Pero sólo me recuerdan la derrota de 1950. Solo vale ganar”, dijo en sus últimos días.

José Carlos Bauer era el pivote defensivo, todoterreno y enérgico, de aquella selección. Tan determinante era para el funcionamiento global y tan extraordinaria fue su actuación en el Mundial, que se le conoció eternamente como O Monstro de Maracaná (a pesar de jugar en Sao Paulo). Aunque muchos analistas han destacado que fue uno de los que se salvó de las críticas y que, por ello, siguió jugando en Brasil incluso como capitán del Mundial del ’54, la realidad es que la cicatriz aún no se ha cerrado en su familia. “Brasil trató a los futbolistas del ’50 de manera lamentable. Las personas no conocen lo que han tenido que soportar todos ellos. Cada vez que explico que mi abuelo tuvo que volver a casa tras el Mundial desde Río a Sao Paulo, y no le dejaron otra que hacerlo sentado en el suelo de los pasillos del vagón mientras todos le criticaban e insultaban… Mi abuelo perdió la Copa Mundial y fue humillado”, explica, dolida, su nieta Patricia. Algo que pudo comprobar durante años cada vez que su madre, Silvia, hija de Bauer, recuerda por qué todo les sepultó. “Lamentablemente, pese a ganar decenas de campeonatos y títulos con el Sao Paulo, si alguien dice Bauer, directamente sale el tema de 1950. Él decidió no hablar nunca de aquello. Cada cuatro años, la prensa lo perseguía. Y yo les preguntaba que de qué querían hablar, porque no puede ser que siempre le acosaran con el mismo asunto. (…) ¿Reconocimiento? Nada, sinceramente, nada. Si pensa- mos, por ejemplo, en hacer una estatua en una plaza, ya nos entra el miedo porque pueden romperla, destrozarla o reírse de ella. Y eso le hará mucho daño donde quiera que esté, y también nos rompería el corazón a nosotros. Todo es tan confuso que no creo que podamos hacer jamás un homenaje a aquellos futbolistas del Mundial de 1950”, recalca su hija.

Con el paso del tiempo, se ha asegurado que Barbosa quemó la portería del gol de Ghiggia, dicen que Chico (delantero) soñó hasta el día de su muerte que aquel partido aún no se había disputado, se comenta que Augusto (el capitán) se levantaba cada noche y alzaba las manos como si imaginara levantar aquella Copa, y hasta que Bigode (el lateral que marcaba a Ghiggia en la jugada clave) desarrolló problemas respiratorios por la ansiedad extrema que le provocaba recordar aquel instante. Leyendas en torno a unos futbolistas que Brasil se encargó de criminalizar y a los que condenó de por vida por una derrota que nunca superaron. La realidad, sin embargo, lleva evidenciando 68 años que aquel partido generó un trauma a toda una nación para el que no existe anestesia reparadora que permita acabar con él de una vez por todas.


Ha sido determinante para desarrollar este reportaje, el documento televisivo Hijos del Maracanazo, en el que trabajó el autor hace unos años.