Todavía perdura en mi memoria un ligero recuerdo de aquellas mañanas de verano de ya hace una década, cuando aún era un crío sin muchas preocupaciones en la vida. Eran unos tiempos maravillosos, en los que el Benito Villamarín no era el Benito Villamarín, sino el Ruiz de Lopera; el Racing de Munitis militaba en Primera División; David Villa extasiaba al público de Mestalla a base de goles; y De la Peña y Tamudo eran aclamados en el Lluís Companys. 

En pleno mes de agosto iniciaban las grandes competiciones y ya estaba listo para la nueva temporada que se avecinaba; ilusionado con los nuevos fichajes, el nuevo FIFA que saldría para la PlayStation y la colección de cromos de la Liga. Si con algo he ‘despilfarrado’ dinero en la vida es con esto último, y si no que se lo pregunten a mis padres y mis abuelos, quienes me acompañaban al quiosco cientos de veces al año para poder abrir sobres, sobres y más sobres. Y total, nunca logré acabar la colección entera, siempre quedaba algún hueco vacío. 

En invierno me distraía hojeando el álbum y fantaseando con cada cromo que colocaba. Hacía alineaciones mentales constantemente y me sabía de pe a pa todo sobre los futbolistas. Los De Jong, Hazard, João Félix o Fekir son algunas de las nuevas caras por las que mi yo de diez años hubiera dado un salto de felicidad al engancharlos en mi codiciado álbum. El precio ha ido subiendo a lo largo de los años, pero la ilusión de los críos sigue intacta. Supongo que la de los padres no tanto, ya que al fin y al cabo son ellos quienes se rascan el bolsillo en las librerías para comprar un producto cada vez más costoso. Cuando tenías el paquete sin abrir delante de ti te invadía una sensación de adrenalina. Era lo más para los niños de nueve años, cansados de escuchar a sus madres decirles una y otra vez que intercambiaran los cromos repetidos con sus amigos. A veces sigo pasando por delante de los quioscos donde había sido tan feliz, y es entonces cuando mi mente se traslada imperceptiblemente a otra época y florecen esos maravillosos recuerdos del pasado.

 

El olor de las páginas, el tacto de las hojas o el placer de desenganchar la pegatina nos trasladan hacia un romanticismo melancólico, a una nostalgia que proclama que ‘todo tiempo pasado fue mejor’

 

La tradición de los cromos de la Liga pasa de generación en generación, combatiendo con las tecnologías que poco a poco van marginando al papel. El olor de las páginas, el tacto de las hojas o el placer de desenganchar la pegatina nos trasladan hacia un romanticismo melancólico, a una nostalgia que proclama que ‘todo tiempo pasado fue mejor’. Me acuerdo de los cromos de los hermanos Milito en el Zaragoza, del primero de Messi cuando tenía melena o del último de Zidane en el Madrid.

Ahora, y ya en 2019, este precioso momento del año ha vuelto a inundar los quioscos de sonrisas una vez más. Sin embargo, yo hace tiempo que miro los toros desde la barrera y me limito a observar a los pequeños que se muestran alegres con el querido álbum bajo el brazo. Yo también he sido un niño y sé lo que se siente, por eso comprendo esa felicidad que denotan sus miradas antes de abrir un sobre recién comprado.