Dicen que a James Joyce le gustaba el fútbol, pero no el de la Association, sino su —en aquel entonces, en Irlanda— popular hermanastro: el Peil Ghaelach. El fútbol gaélico se separó del antiguo fútbol irlandés, el caid, en 1887, cuando Joyce tenía cinco años. Durante un tiempo, se especuló con que el novelista irlandés hubiese podido jugar de portero en el equipo de Inniskeen, un pueblo al norte del condado de Monaghan. Sin embargo, muchos han desechado la idea por dos razones: en primer lugar, porque Joyce no escribió una sola palabra al respecto, y en segundo, por sus problemas de visión, argumento que corrobora este fragmento de Retrato del artista adolescente“Con cada volea de los futbolistas el pringoso balón de cuero salía volando bajo la luz gris, como un pájaro pesado”, escribió Joyce. “Stephen se quedaba en el borde de la línea, donde no lo veía el prefecto ni lo alcanzaban los pies brutales”. Y añadió: “Su cuerpo le parecía débil y pequeño entre la turba de jugadores, los ojos le dolían y le lloraban”.

Como se desprende del texto, Stephen Dedalus —alter ego del artista adolescente que fue Joyce— no había nacido para dar patadas a un balón ni mucho menos para recibirlas. Sus ojos miopes se perdían siguiendo las parábolas del pringoso balón; pero no entre las páginas de un libro. Con esa cita, arranca la segunda novela del escritor barcelonés Valentín Roma: Retrato del futbolista adolescente. El título y la cita no son los únicos guiños a la obra del novelista irlandés. Por toda la historia, resuenan ecos al bildungsroman de Joyce. Ambos protagonistas, Stephen y el narrador de Valentín Roma, vagan por laberintos en busca de una salida que, en realidad, no existe. Ambos chocan con las convenciones de su tiempo, y descubren la violencia que implica crecer, madurar.

Antes de dedicarse a la enseñanza —y la escritura—, Valentín Roma fue un futbolista adolescente que estuvo a un paso de convertirse en jugador profesional. Militó en las categorías inferiores del Atlético de Madrid, donde ganó una Copa del Rey. Llegó incluso a debutar con la selección nacional juvenil. Los informes de los ojeadores aplaudían sus cualidades: técnico y rápido, con buen manejo de ambas piernas, astuto para leer el devenir del partido; solo había un pero: el miedo en el cuerpo a cuerpo con los contrarios. Un miedo físico como el que sentía Stephan Dedalus, que nunca le dejó sentirse un verdadero futbolista: “Somos cobayas con un manual de instrucciones y una ficha de estímulos”, confiesa el narrador. “Somos perros de Pávlov llegados desde barrios de provincias, pueblos agrícolas y urbanizaciones de casas unifamiliares”.

Cada vez que se viste de corto, el futbolista adolescente siente cómo se convierte en adulto. Durante 90 minutos, la responsabilidad vuelve pesadas sus botas. El éxito que tanto deslumbra a todo el mundo, para él, no brilla con tanta fuerza. Llegar a profesional, ver su cara en los cromos, ser el ídolo de los niños; los aplausos, los contratos millonarios, las chicas; nada de eso parece pertenecer a su propio sueño, sino a uno impuesto por los demás. La responsabilidad de convertirse en futbolista pesa demasiado sobre los hombros de un crío de diecisiete años, que juega en el campo de la misma manera que se desenvuelve fuera: con miedo a meter el pie. Solamente la lectura y la escritura le proporcionan algunas certezas.

“No conozco individuos más atravesados por el pathos de la identidad que los futbolistas”, dice el narrador, “y aún más los futbolistas adolescentes”. Al igual que le sucedió a Andrés Iniesta, el alter ego de Valentín Roma también tuvo que dejar atrás familia, barrio, colegio y amigos para mudarse a una residencia del club. Como hiciera Miguel Pardeza, en la soledad de la ciudad convirtió la lectura y la escritura en un refugio donde aplacar el pánico a volver sin haber llegado. En la capital, no solo tuvo que ganarse su sitio en el campo; también encontrarse a sí mismo. “Así se formó mi ideología”, explica el narrador, “entre arengas futbolísticas y diagnósticos rimbombantes, dentro de una moviola perpetua y turbia, donde 90 minutos de juego equivalían a varias insurrecciones y a muchos desencantos”.

Entre esas insurrecciones propias de la edad, destaca la política. Al mismo tiempo que el joven narrador ahonda en su conciencia política, se aleja del futbolista. A medida que se sumerge en los libros, pierde interés perseguir un balón. Su padre nota este alejamiento, pero no renuncia al sueño: “¿Te das cuenta de que los pies y las letras no están reñidas?”, le dice. “Habrá días en que utilizarás más los pies, habrá otros que puedes dedicarlos a juntar letras”.

Poco a poco el futbolista adolescente entra en el vestuario de los adultos, y comienza una nueva etapa llena de aristas que amenazan con pinchar el balón de la adolescencia: “Me alejo de mi clase social porque triunfo jugando al fútbol y porque gano el triple de dinero que mi padre”. Deja de perseguir el balón para mirarse a sí mismo. Y aunque pierde su lugar en el campo, encuentra su sitio en el mundo: “Los caminos del desclasamiento son múltiples, quebradizos y nada inescrutables”, dice, “el mío fue rechazar la vulgaridad que conllevan ciertos triunfos: un desclasamiento del desclasarse”.

Aunque Valentín Roma no tenía los problemas de visión de Stephan Dedalus, sino un don para saber con precisión dónde iría a parar aquel balón pringoso, decidió que no le interesaba lo más mínimo. Su destino, al fin y al cabo, no estaba en el fondo de las mallas; le esperaba entre las páginas de un libro. Ese era su verdadero retrato: el de un peculiar futbolista que renunció al sueño de cualquier adolescente.