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El niño de los 50 no conoció la guerra. Lo que le contaron sus padres y los abuelos que quedaban. Lo justo, ya está, no vaya a ser… Tampoco percibió las penurias, los equilibrios adultos. No los entendió hasta años después, cuando en su piso de la capital, ya como padre y abuelo, comparó Navidades. En las suyas le caía algún cuaderno, unos lapiceros… “Y tan feliz”, dice. Pero miente: lo suyo hubiese sido tener un balón. ¿El fútbol? Hombre, claro que le gustaba el fútbol. Admiraba a genios de los que no había visto más que dos o tres jugadas. Con los relatos de la radio y sus cromos tenía bastante. Jugaba con los chavales del pueblo a ser Kubala, Zarra, Di Stéfano… Horas y horas poniendo a prueba unos pobres zapatos que tenían que durar, que no quedaba otra. A veces, el hijo del alcalde lo invitaba a ver la tele. Qué gozada.

Ya de adolescente, pudo ver a España, al Real Madrid… Eso sí, nada comparable a cuando su tío, que unos años antes se había marchado a la ciudad, lo invitaba a ir al campo. Hoy, el niño de los 50 sigue enganchado al balón. Paga su cuota y se entretiene con cualquier cosa que le echen, del Wanda a Los Pajaritos. Y lo disfruta, sí. Pero aquellos domingos de su infancia, en la grada, le siguen pareciendo otra cosa, otro deporte, algo mejor. Ni siquiera cuando vuelve al estadio tiene la misma sensación. Y eso que ya no va casi nunca; una vez al año y listo. Prefiere el sofá. “Más tranquilo”.

Y entre repetición y repetición, si le sacan la historia del bisabuelo en el Ebro, cuenta lo que sabe. “¿Y lo de la posguerra?”. Y va y se enrolla como una persiana. “Y el fútbol, ¿cómo era?”, le insiste su nieta, la otra futbolera de la familia. “Cómo decirlo… Me gustaba más que ahora… Porque tenía la sensación de que esos futbolistas jugaban en la misma plaza donde yo imaginaba que era ellos. Solo que eran más altos, más fuertes, la tocaban mejor, vestían con sus uniformes, no se preocupaban por sus zapatos y, por supuesto, tenían todos los balones que pudiesen desear”, responde. Y sonríe, cuando la niña le pregunta que cómo sabía quiénes eran los suyos, si el mundo entonces era de color gris.

 


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