Un minuto no vale para nada y da para casi todo.

En un minuto alguien puede olvidarse de sacar el ticket del coche, y que eso lo obligue a dar media vuelta, pagar una multa y llegar tarde a una reunión importante. Y en ese mismo lapso de tiempo, mínimo pero inabarcable, otro puede decidir dejar su trabajo, vender el coche, vaciar su piso y marcharse al extranjero a empezar una nueva vida.

El pasado domingo, en el Santiago Bernabéu, antes de que arrancara el Real Madrid-Celta, el fútbol español honró durante un minuto la memoria de David Gistau, periodista y escritor que falleció el 9 de febrero a los 49 años a causa de una lesión cerebral.

Un minuto, de silencio, que duró menos de lo que nos hubiera gustado, como pasa siempre en esta clase de homenajes, pero que pudo medirse en años, o en siglos, si tenemos en cuenta dónde se estaba produciendo, uno de los sitios en los que el difunto fue más feliz en su vida. Si en lugar de un obituario a alguien como él habría que escribirle una celebración, como propone Jabois, ya solo hubiera faltado que luego los blancos se hubieran enfrentado al Independiente del ‘Bocha’ y que Di Stéfano hubiese aparecido en el segundo palo para redondear la noche con un gol.

Eso, 60 segundos, fue lo que tardé yo en alegrarme por haber conocido a Gistau en la universidad. No lo conocí en persona, claro, estaba leyendo, pero esa es la forma en la que los jóvenes que quieren escribir conocen a sus referentes, a través de sus textos, y la relación que acaban estableciendo con ellos es tan sólida que, aunque para el autor tu existencia no llegue a ser ni una sospecha, tú estás a dos adjetivos más de pedirle matrimonio.

 

Ese maestro al que admirábamos desde la distancia nos expulsaba con un patadón del terreno de juego y nos llevaba a conocer libros, películas o personajes memorables

 

Aquel primer artículo que leí de Gistau era de fútbol. Esa era la puerta de entrada habitual a un nuevo literato para los que en aquella época, como yo, lo único que alcanzábamos a decir sobre Nabokov era que en su juventud había jugado de portero. Pobres criaturas. Solo sabíamos quedar los jueves en la Cívica y beber sin moderación. Tal vez ese descampado intelectual, sin embargo, ofreciese sus ventajas, pues estábamos tan huecos por dentro que nos entregábamos ferozmente a todo aquel que tuviese algo que enseñarnos, y si elegíamos bien, como yo creo que hice en algunas ocasiones, ese maestro al que admirábamos desde la distancia nos expulsaba con un patadón del terreno de juego y nos llevaba a conocer libros, películas o personajes que con el tiempo pasaban a ser memorables.

Escuchar a Gistau en La Cultureta, por ejemplo, era salir del huevo y darse cuenta de lo mucho que nos estábamos perdiendo ahí fuera. Hay una familia rarísima de escritores que saben hablar casi tan bien como escriben, y que solo con la voz, y con el entusiasmo con el que la sacuden, logran contagiarte unas ganas de aprender que ni cien profesores doctorados en Cambridge. A él le debo no solo saber apreciar como se merecen un pase tenso del mediocentro o un cross implacable del púgil; le debo, antes que nada, el descubrimiento feliz de la ignorancia, la estúpida e irrefrenable tentación de querer conocerlo todo.

Mi fascinación por Gistau, desde ese primer impacto, se estiró en el tiempo como un chicle y ya no creo que vaya a romperse. Recorrimos demasiado juntos. Tanto, que llegó un punto en el que incluso pude quitarle la razón, rebatirle, dejar de idealizarle, lo que a él probablemente sería lo que más le hubiera gustado, pues todos sabemos que estas cosas son el mejor reflejo de una pareja estable. La demostración definitiva de que hay minutos que, por más breves que sean, cunden para siempre.

 


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Fotografía de Getty Images.