Hay un equipo en Turín que no tiene 34 ligas ni tampoco 13 copas. Un conjunto que, seguro, no exhibe dos Intercontinentales, tres Copas de la UEFA, una Recopa y dos Supercopas europeas en las vitrinas de su museo. Por supuesto, ese equipo turinés no ha ganado nunca dos Copas de Europa. Tampoco viste un traje elegante y discreto, el negro y el blanco de los ejecutivos que pasean con maletín. Y ni mucho menos recuerda haber aplaudido la imaginación de Platini ni la clase de Del Piero, ni cree haber gritado nunca un gol a coro con Trezeguet. Un club que no tiene un nombre ambiguo, misterioso y atractivo que en el norte despierta deseo y en el sur, promesas de prosperidad.

Hay un equipo en Turín que nunca conquistó Italia sin antes llenar primero su casa. Un club al que un estadio se le queda pequeño, porque hizo tan y tan feliz a su gente que esta nunca lo abandonó, ni siquiera cuando la fiesta, que había durado escasos años y a la que muchos no llegaron a tiempo, se convirtió en un inesperado funeral que ya no se va a terminar nunca. Hay un equipo en Turín que adoptó su nombre como nombre, que tiene su escudo como escudo y que viste un color sanguíneo que le habla de su propia vida: una existencia brava, sí, valiente y orgullosa, pero también dada al sentimentalismo afligido, dolorosa.

Los que vivimos alejados de la capital del Piamonte, imbuidos por la cultura de la victoria y alimentados de la historia escrita por el que gana, podemos fácilmente caer en el error de dudar de la fe ‘granata‘ al repasar el historial reciente de la Serie A: ¿Por qué toda esa gente sigue insistiendo en soportar la derrota, la incertidumbre administrativa con la que el Calcio castiga a sus eslabones más débiles y el peso de la condena de Superga, 70 años después del accidente aéreo que les arrebató a sus campeones? ¿No sería más lógico que las nuevas generaciones cruzaran la calle, hacia donde apuntan los focos europeos y disfrutaran del espectáculo? ¿Por qué optar por sufrir? ‘No hace falta que lo entiendas’, te responden los del toro en el pecho. Y nosotros, que creíamos que todo se podía razonar, vemos que no, que los que quedaron marcados por la muerte saben que no siempre hay respuestas. Hay un equipo en Turín que un día fue Grande. Y punto. Como todos lo fuimos o lo seremos alguna vez, quizá un año, puede que solo un día o durante 15 escasos minutos de fama que nos acompañan eternamente. Y que nadie se atreva a querer borrarlo de nuestra memoria, pues es el testimonio de algo bello que a la vez obsesiona y llena el espíritu; pura supervivencia, gasolina para el derrotado. Este número es para todos esos perdedores que, aun teniendo consciencia de su desdicha, no se rinden. A los que saben que antes de que la inevitable tragedia los atravesara, ganaban, ganaban y ganaban. Vaya si lo hacían. Y se obligan a rememorarlo cada día de sus vidas.

Hay un equipo en Turín que se llama Torino.