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Harry es la estrella del equipo, así que sus rivales saben exactamente lo que tienen que hacer para evitar que les agüe la esta: lo secuestran y punto. Un plan perfecto que llevarán a cabo con total disimulo. O eso es lo que creen los muy villanos, porque la chica de Harry se percata del complot y sale al rescate de su querido futbolista, que, en su cautiverio, tiene la habilidad de desatar las cuerdas que lo oprimen. Con las manos libres, hace señas justo cuando su amada aparece bajo la ventana. Qué preciosa casualidad. Tras el heroico rescate, logrado en coordinación con la policía, el bueno de Harry consigue llegar a tiempo al campo para jugar el partido y, suponemos, ganarlo. Se suceden imágenes caóticas de un fútbol desordenado y bruto de principios del siglo XX y de aficionados que enloquecen con las diabluras balompédicas de su héroe. Hasta que la película se acaba, cortada abruptamente. Este es el argumento de Harry the footballer, un cortometraje mudo de 11 minutos de duración rodado por Lewin Fitzhamon en 1911 y cuyo valor reside en ser la primera obra cinematográfica de ficción futbolística de la que se tiene constancia.

Parecía el noviazgo ideal, pero las cuentas que se hacían en los despachos, que prometían millones de dólares gracias a una alianza fácil y redonda, no se corresponderían con la realidad

La modernidad, las masas, las imágenes en movimiento… Antes de que destapara su crueldad, el siglo XX prometía diversión, optimismo, entretenimiento. Las industrias ya no eran solo textiles o metalúrgicas, también confeccionaban sueños. Y dos nuevos tipos de factorías sobresalían en paralelo. Uno tendía a perseguir un ideal artístico moderno; otro respondía al nuevo canon físico e higiénico. Fútbol y cine, hijos de la creatividad, la inventiva y la artesanía, unidos en la vanguardia y en las reticencias de los conservadores a considerarlos algo serio. El nuevo mundo iba a ser suyo y parecían condenados a entenderse. Pero la pionera Harry the footballer no sería el discreto comienzo de una gran amistad. Para desgracia y sorpresa de los realizadores que con el paso de las décadas, y pese al avance de técnica, han fracasado en su empeño de unir ambos mundos, el balón y el celuloide se miran con desconfianza. La oda a lo salvaje que supone el juego no encaja con un suspense limitado por las consignas del director. Lo que en el campo es real, en el cine es banal. Será que el fútbol es tan accesible que no necesitamos imitaciones. ¿Pero acaso no nos emocionan las películas que identificamos como imitaciones de nuestra propia vida? ¿Por qué el engaño feliz de la sala de cine nos incomoda, en cambio, cuando se proyecta un balón?

Parecía el noviazgo ideal, pero las cuentas que se hacían en los despachos, que prometían millones de dólares gracias a una alianza fácil y redonda, no se corresponderían con la realidad. Una decepción que, aun así, explica por qué amamos, aunque por separado, al fútbol y al cine: porque escapan a la lógica, nos hablan de lo imprevisible. Porque ponen en funcionamiento nuestra imaginación, un don del que a menudo prescindimos en la edad adulta. Porque ambos nos acercan al país perdido de la infancia.