Uno piensa en A Coruña de 1906 y ve un mundo en ebullición, un microcosmos que quería mirar más allá del mar y al que, a la vez, acudían sin parar personalidades intrépidas, ideas innovadoras y hábitos nuevos que marcarían el siguiente siglo. Nuevas industrias y sabores desconocidos como los de la cerveza (fue en esos mismos meses cuando José María Rivera Corral volvió de México con la idea importada de abrir una fábrica de cerveza). Pero también pasatiempos modernos que pronto se tornarían pasiones, como el fútbol. Un deporte tan arraigado que crecerá, y resistirá, hasta nuestros días. Fue en aquel año, precisamente, cuando en la Sala Calvet, un gimnasio de la ciudad, se fundó el Club Deportivo, un equipo de fútbol todavía sin corona, todavía sin su nombre definitivo, pero ya imbuido por el espíritu de la tierra a la que representaría en las décadas que estaban por venir, mientras se integraba de manera natural en el imaginario de tantas y tantas personas, ya para siempre, dentro y fuera de las fronteras gallegas.

Los hinchas refrescan la garganta en los bares coruñeses antes de desfilar hacia Riazor; una noche más, juega el Dépor; una noche más, toca poner las cuerdas vocales a prueba en las gradas. Hoy, después de una década y media de sufrimientos y apuros que terminaron con la caída al tercer escalón del fútbol profesional, un viejo sentimiento, ligado al deportivismo desde sus inicios, vuelve a florecer. Aunque los más jóvenes que acuden en masa a ver al juvenil en la Youth League se sorprendan del relato anterior a los años 90, la adversidad fue compañera del club en gran parte de su historia. Desde 1906, su trayectoria estuvo marcada por el crecimiento, primero; por la superación de las dificultades de un siglo complejo, después; por la cadena de ascensos y descensos, más tarde; y, finalmente, por el reconocimiento de propios y extraños, antes de dar el salto nacional e internacional, aunque siempre nadando entre gigantes. En definitiva, una leyenda de resistencia que hoy cobra más sentido si cabe, con un Deportivo que apuesta por mantener su esencia y su grandeza (el amor de su gente) aunque sea fuera del fútbol profesional. Para lograrlo, el plan está claro. Se acabaron los fichajes fallidos, las falsas apariencias y esperanzas. Hoy todo se basa en cantera y tradición. Porque si toca resistir, y así es, no hay mayor resistencia que regresar a las raíces.

RIAZOR Y VALORES

Precisamente en una pieza audiovisual que se puede encontrar en los medios del club, realizada por su patrocinador Estrella Galicia, y que tiene la resistencia como leitmotiv, Fran y Manuel Pablo, dos iconos de los mejores años del ‘Súper Dépor’ y el ‘Euro Dépor’ que hoy siguen ligados al club como técnicos, definen ese espíritu resistente de la entidad, personificado por su afición, que sigue dando vida a Riazor. “Ha resurgido ese sentimiento”, expresa Fran, el jugador que más veces ha vestido de blanquiazul, el que durante 18 años vivió los mejores años de la historia del club. “Hemos pasado momentos muy malos y la afición no ha cambiado. Es la que sigue resistiendo”, completa Manuel Pablo, un icono que pasó de acariciar la gloria en la Champions League a vivir crisis continuadas, un goteo de derrotas constante.

Su tarea hoy es formar a los iconos del futuro desde las categorías inferiores, pero siempre sobre la base de unos valores concretos, como insiste Fran: “Hay niños con muchas habilidades, pero hacemos más hincapié en el esfuerzo y en el trabajo”. El esfuerzo y el trabajo nunca faltaron, incluso cuando quien visitaba A Coruña eran el Milan o el Manchester United. Hoy, desaparecido el envoltorio mediático de la élite, son esos conceptos los que permanecen en pie. A través de un discurso propio que, como el de Fran, apueste por la sencillez y te permita regresar a tus orígenes, a la esencia de las cosas que un día te hicieron feliz. Así lo entiende la hinchada del Dépor cuando 20.000 personas desfilan hacia el estadio para ver un duelo de Primera RFEF de un miércoles, en una reminiscencia de lo que un día fueron noches de Champions League. Es una vieja tradición. Una excusa para brindar por los buenos tiempos, sí, pero con la convicción de que, si uno se mantiene fiel a sus principios, tarde o temprano estos lo devolverán al sitio al que pertenece. En definitiva, una forma de resistencia.


Este reportaje está extraído del nuevo #Panenka116, un número que puedes conseguir aquí