Era 1966. Y el fútbol, como cantaría tres décadas después la canción, regresaba a casa. La Copa del Mundo, en su octava edición, volvía a su tierra de origen; al lugar desde donde el balón comenzó a expandirse para conquistar todo el planeta. Había que disfrutarlo, celebrarlo por todo lo alto. Así que se decidió exponer el trofeo en el Central Hall Westminster, en una exhibición de colecciones de sellos, para que el pueblo inglés pudiera saborearlo de cerca en los meses previos al inicio del Mundial.

De repente, todo se truncó en la tranquila mañana del 20 de marzo de 1966. Poco más tarde de las 12 del mediodía, la Copa Jules Rimet, con ese nombre en honor al presidente de la FIFA que impulsó su creación, ya no estaba en la vitrina. Aquellos 30 centímetros enchapados en oro, con la diosa griega Niké, la de la victoria, soportando sobre sus lomos una copa, se habían esfumado. Pese a la enorme vigilancia que teóricamente recibía el trofeo, nadie sabía quién era el ladrón. Vaya liada.

Al día siguiente, todos los diarios aparecieron con la noticia en sus portadas. No había copa. Ni rastro de ella. Entonces, la Scotland Yard, como es conocida la Policía Metropolitana de Londres, se puso manos a la obra en busca de la Copa Jules Rimet. Llegaron dos cartas que demandaban 15.000 libras en el caso de que las autoridades quisieran recuperar el trofeo. Una, anónima; la otra, de un tal Jackson. La primera pedía recibir la cantidad de dinero “en billetes usados de una y cinco libras”. La segunda, en cambio, rectificaba sus deseos, “de cinco y diez libras”. Al tipo que decía llamarse Jackson lo pillaron tras intentar huir en la redada que organizó la policía en el intercambio. Al ser detenido, dijo ser solo un intermediario y no conocer de nada al verdadero ladrón, y acabó enjaulado.

 

Corbett vio que estaba husmeando algo envuelto en papeles de periódico. Lo abrió, y ahí estaba la Copa del Mundo que la policía llevaba más de una semana buscando sin éxito

 

Continuaron pasando los días y la copa siguió sin aparecer. No se supo nada de ella en toda una semana. La prensa internacional comenzó a hacer burlas acerca de la gran vigilancia de la que se había presumido desde los cuerpos de seguridad ingleses. Y de hecho, un tiempo después se descubrió que en el momento en el que fue robado el trofeo solo había un agente de seguridad de más de 70 años prestándole atención a la Copa del Mundo.

Por suerte para todos, ocho días después del hurto, el 28 de marzo, por fin llegaron buenas noticias: un perro había encontrado el tesoro perdido. Su dueño, David Corbett, un joven gabarrero del Támesis, bajó a la calle para pasear a Pickles, como se llamaba el can. Mientras intentaba atarle la correa para dar una vuelta, el perro se esfumó y se entretuvo por el parque de delante de casa. Al encontrarlo, Corbett vio que estaba husmeando algo envuelto en papeles de periódico. Lo abrió, y ahí estaba la Copa del Mundo que la policía llevaba más de una semana buscando sin éxito.

Pickles salvó a los ingleses de una buena y él y su amo tuvieron su recompensa. El perro salió como extra en la película El espía de la nariz fría y le dieron comida gratis por un año. Y Corbett se embolsó las 6.000 libras que la policía londinense ofrecía a quien encontrase la Copa Jules Rimet. Así acabó la historia del primer robo del antiguo trofeo que se entregó a los campeones del mundo hasta 1970. El segundo robo, en 1983, ya es otro cuento.

 


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