Con una simple ojeada a cualquier periódico o un scroll rápido en las aplicaciones de noticias, no resulta tan difícil darse cuenta de la importancia de los porcentajes y los datos numéricos en la actualidad. En un mundo terriblemente afectado por una pandemia global, los números son un indicador fidedigno de la situación en cada continente, región, ciudad o incluso núcleos menores. Dentro de esas cifras destacan, por supuesto, las de la industria del fútbol profesional, que no podría escaparse del desastre económico de magnitud aún imprevisible que está provocando la crisis. La mayoría de los especialistas habla de un fútbol irreconocible, un deporte cuya versión moderna no será reconocible por un periodo considerable de tiempo.

Confirmando las predicciones de los críticos del fútbol moderno, los efectos arrasadores del COVID-19 ya han expuesto de forma repentina y algo bruta las debilidades de la industria que se ha alimentado por décadas principalmente de la ambición de ejecutivos codiciosos. Excepto la Bundesliga alemana, la mayoría de las ligas europeas deben afrontan numerosos obstáculos para resumir su actividad deportiva y económica, mientras los contratos inflados de productoras televisivas se tienen que cumplir a falta de los ingresos de los días de partido que no se pueden compensar. Con los efectos de estos golpes siendo notables a corto plazo, la competición más importante de fútbol a nivel mundial se sigue preparando sin reparos.

La Copa del Mundo de 2022 ha estado en el punto de mira desde el día del anuncio del encargo de la competición a Qatar. El cambio sin precedentes del ya cargado calendario futbolístico de la temporada en cuestión para lograr la realización del torneo en invierno o la imputación reciente contra la organización por parte del Departamento de Justicia de los EE.UU. por presuntos sobornos recibidos por tres directivos antes de las elecciones decisivas, son solo dos de los elementos importantes de un cuadro sospechosamente borroso. Sin embargo, el levantamiento de los estadios destinados a recibir el Mundial sigue siendo primordial para la economía de uno de los países más ricos del Golfo, a pesar del parón universal causado por la efecto arrasador global del coronavirus. Y es así como se produce uno de los desequilibrios humanitarios más chocantes de la actualidad.

Para la finalización puntual de las sedes de la Copa del Mundo, unos proyectos arquitectónicos de dimensiones incomprensibles, una fuerza enorme de trabajadores migrantes que en su gran mayoría es proveniente de países del sudeste de Asia y el este de África se tienen que dejar literalmente la vida en vez de ganarla. Grupos humanitarios ya han condenado en múltiples ocasiones las condiciones adversas que muchos de ellos tienen que afrontar en su día a día, resultando frecuentemente a accidentes laborales o incluso “muertes súbitas” por fallos cardíacos, maquilladas por las autoridades como fallecimientos naturales. Los mismos obreros que en pleno verano pueden estar expuestos en temperaturas sofocantes por más diez horas diarias y duermen en containers arremolinados con otros compañeros, ahora se están enfrentando a un peligro extremadamente rápido e invisible, un virus que no hace ningún tipo de discriminación. Por otro lado, los compromisos del gobierno qatarí, que supuestamente garantizan una retahíla de medidas a favor de ese grupo vulnerable, tampoco convencen.

 

“Estamos hablando de uno de los escándalos más repugnantes en la historia del deporte, lo sabemos y aún así lo vamos a ver”

 

El pasado enero Qatar procedió con la abolición de Kafala, una ley común en el oriente medio que hacía obligatorio el permiso de los empleadores para la salida del país o la búsqueda libre de otro empleo a sus trabajadores foráneos, después de años de presión por movimientos sociales. Siendo uno de los países con más infecciones per cápita, el país anfitrión del Mundial ha acompañado el cambio de esa legislación obsoleta con medidas que obligan a todas las empresas a proteger a los inmigrantes, garantizándoles comida o alojamiento, incluso en el caso de que su contrato haya sido pausado o terminado como consecuencia de la crisis. Por desgracia, declaraciones de personas directamente afectadas siguen siendo pruebas de un ambiente totalmente precario. Mientras sus familias esparcidas esperan su ayuda para sobrevivir la dura realidad en sus respectivos países, los funcionarios se encuentran atrapados en un ambiente hostil, sin comida y equipamiento médico. Muchos de ellos hasta se toparon con una inesperada detención y cuarentena forzada, que acabó con su deportación ilegal al estado de procedencia correspondiente.

En sus últimas declaraciones, el director ejecutivo del Mundial, Hassan Al-Thawadi, destaca la única oportunidad de que esa organización funcione como lazo de unión del planeta en la era post-COVID. No obstante, en este momento parece que esta Copa del Mundo no solo no acorta, sino que amplia las distancias entre los que preparan a golpe de pico y pala y los que consumirán de diversos modos el mayor evento futbolístico. Ideas que pueden sonar magníficas en búsqueda de un futuro sostenible, como la de un evento totalmente neutro de carbono, dan la impresión de un escaparate falso, un truco barato para salvar la dignidad de esta organización. Es que ni el caso de la degeneración del proceso de la elección de la sede se puede comparar con que el próximo Mundial se juegue en las espaldas de personas que se someten en una odisea de sufrimiento solo para sobrevivir y cuidar de sus familias.

Volviendo a los datos que tanto nos conectan con la realidad dura o esperanzadora del mundo, dependiendo del punto de vista de cada opinión, sería interesante recoger una serie de ellos como reminiscencia del ‘fútbol de antes’: cuántos litros de saliva se han gastado hablando del fichaje desorbitado de Neymar por el PSG, cuántos botellines de cerveza se han consumido a lo largo conversaciones sobre el uso del VAR y cuántos bolis se han desgastado criticando a dirigentes que tanto han manchado este deporte con chanchullos de película, serían algunos de esos números curiosos. ¿Nos gusta esa cara de nuestro fútbol? El periodista Pepe Rodríguez resume el desastre deportivo, y sobre todo humanitario, de la Copa del Mundo de 2022 en una charla interesante con Javier Aznar: “Estamos hablando de uno de los escándalos más repugnantes en la historia del deporte, lo sabemos y aún así lo vamos a ver”. Pues sí, pasar de un Mundial como colector ávido de las emociones de esa competición tiene que ser un concepto cruel pero por lo menos hemos de reflexionar sobre lo que se esconde detrás de esos últimos regates internacionales de Leo que tanto deseamos ver.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images.