Mia Hamm, histórica futbolista estadounidense, sale al escenario con un sobre dorado. Acompañada del entonces presidente de la FIFA, Michael Platini, se dispone a entregar el Balón de Oro. Tres futbolistas permanecen sentadas en sus respectivas butacas. “Sé que todo el mundo está emocionado. ¡Muchas gracias por traerme aquí!”, comienza Hamm, a la par que va abriendo el sobre. “Y la ganadora del Balón de Oro 2013 es…”. Y se produce la pausa. Son tres las nominadas que han asistido hasta la ceremonia de premios. Amy Wambach sonríe, aparentando ser la más relajada de entre sus homólogas. Por su parte, Marta permanece con el rostro serio, esperando impaciente el resultado. “¡Nadine Angerer!”, sentencia Hamm.

Septiembre de 2007. Alemania se desplazaba hasta China para disputar la quinta edición de una Copa del Mundo. Era la segunda vez que el gigante asiático acogía un Mundial femenino, tras el de 1991. Sin embargo, el combinado germano no llegaba en las mejores condiciones. La baja de Silke Rottenberg rompía los esquemas del equipo. Una lesión de ligamentos producida en enero, en un entrenamiento con la selección, provocó que la guardameta de Euskirchen se quedase fuera de la lista. Conmoción y nervios a partes iguales tras el anuncio de Silvia Neid, técnica de la selección entre 2005 y 2016. Y, no obstante, en aquel marco de incertidumbre también nombró a su sustituta. Nadine Angerer, que había pasado la mayor parte de su estancia en la selección en el ostracismo, se hace con la titularidad en el mayor torneo de selecciones.

Por aquel entonces, Angerer militaba en el 1. FFC Turbine Potsdam, con el que venía de quedar en tercera posición y completar una temporada sin éxitos. A pesar de haber levantado títulos en ediciones ligueras anteriores, y también en los torneos de copa, la edición de uno de los conjuntos femeninos más laureados en Alemania no había sido la mejor. Sin embargo, Neid mantuvo su firme apuesta por Angerer. Y esa decisión condicionó todo el Mundial. Meses antes, con la lesión de Rottenberg, se comenzaba a definir el destino de Alemania en dicha competición. Sin ser consciente de lo que se venía por delante, Nadine agarró su complemento por antonomasia, se lo colocó en la cabeza y puso rumbo a Oriente.

Alemania arrancó con buen pie el torneo tras golear por 11-0 a Argentina. Tras un empate sin goles frente a Inglaterra en la segunda jornada, volvió a la senda de la victoria tras superar a Japón por 2-0. Se cumplía el primer objetivo: pasar como primeras de grupo. Estos fueron, además, los primeros 270 minutos que Nadine Angerer pasó imbatida en el certamen. Los cuartos de final, contra Corea del Norte, en el Estadio Zhuankou de Wuhan, acabaron con un contundente 3-0. Las semifinales, ante Noruega, presentaron el mismo resultado. Y ya eran 480 minutos sin recibir un tanto. En la gran final, Alemania se vio las caras con una peligrosísima Brasil que llegaba a la ceremonia tras golear por 4-0 a Estados Unidos.

No se entendería el Mundial de 2007 sin Nadine Angerer. Las europeas se adelantaron en el marcador y, pasada la hora de partido, Brasil gozó de la mayor ocasión del encuentro. Un penalti a favor enfrentaba a la guardameta germana y a la que para muchos era la mejor futbolista del mundo. La máxima goleadora del campeonato frente a una portera que no había concedido ninguna alegría. Son 513 minutos sin ser batida. Solo cuatro minutos separaban su marca de la de Walter Zenga, quien detuvo el contador en 517. La brasileña agarró carrerilla y su bota impactó el esférico. Violento, el balón salió del punto de penalti, pero sin apenas colocación. Centrado, levemente orientado a la derecha de Angerer, este impactaba en las rodillas de la portera.

 

Angerer culminó el milagro. De una suplencia a una titularidad indiscutible. Si Silke no hubiese coincidido con el infortunio, probablemente los sombreros de la alemana no se hubiesen desacomodado del perchero

 

La portera de Lohr Am Main superaba el récord y lo dejaba en 540 minutos. Además, se convertía en la primera guardameta que no encajaba ni un solo gol en un Mundial. Por ende, Alemania levantaba la Copa del Mundo. Por supuesto, Angerer obtuvo el reconocimiento de mejor arquera del torneo. Sin embargo, la leyenda de la futbolista alemana a nivel internacional no hacía más que comenzar. Tras su titularidad en China, ya no regresaría a los banquillos. Vistió diferentes sombreros en todos los torneos. En 2008 se colgó el bronce al cuello en los Juegos Olímpicos de Pekín. Un año más tarde, en el Europeo celebrado en Finalndia, la portera levantaba por cuarta vez el oro. El éxito se interrumpió en 2011. Seguramente el Mundial más doloroso. Celebrado en su propio país, Alemania no lograba superar los cuartos de final tras verse superada por las niponas, que a la postre acabarían dando la sorpresa y ganando el féretro.

No obstante, de ese mal sabor de boca se recuperarían en 2013. La Eurocopa celebrada en Suecia no arrancaba de la mejor de las maneras. Alemania superó la fase de grupos tras vencer a Islandia, empatar frente a los Países Bajos y perder por la mínima ante Noruega. Justísimas, empatadas a puntos y por diferencia de goles, pasaban a las eliminatorias. No eran favoritas, ni mucho menos. Pero, de nuevo en esas fechas, la figura de Angerer se engrandeció para lograr un nuevo hito. Tras vencer por la mínima a Italia y a la anfitriona Suecia, Alemania regresaba a la final de un certamen internacional. El rival, la conocida Noruega de fase de grupos. Las nórdicas ya habían derrotado a las futbolistas de Silvia Neid en una ocasión. ¿Quién impedía que eso volviese a suceder? Nadine Angerer.

Con empate a cero en el electrónico, la colegiada Cristina Dorcioman señaló pena máxima a favor de las noruegas. Otro penalti en contra en una final. El recuerdo de Marta Vieira en la retina. La figura de Angerer se creció frente a la de Trine Ronning y salvó a Alemania de comenzar perdiendo. La alegría se expandía tras la salvada de la arquera y se desbocaba, ya en la segunda mitad, cuando Mittag adelantó a las germanas. Pero la tensión estaba lejos de desvanecerse. Noruega se crecía, percutía en el área y tras una caída en el interior, la árbitra señalaba la pena máxima. En esta ocasión, era Solveig Gulbrandsen la que amenaza los dominios de Nadine. Fue un tiro fuerte, colocado a la escuadra zurda de la portería de Angerer. Sobre el papel, imparable. Y allí, tan incomprensible como impresionante, apareció a mano cambiada la genio del sombrero para desviar el esférico y entregar a su país una nueva Copa de Europa. Era la quinta para Alemania.

Angerer culminó el milagro. De una suplencia a una titularidad indiscutible. Si Silke no hubiese coincidido con el infortunio, probablemente los sombreros de la alemana no se hubiesen desacomodado del perchero. Permanecerían allí, sobrios, sin demasiados aspavientos. Son seis años los que separan un complemento de otro. De un gorro color beige con el que aterrizó en China hasta un elegante sombrero negro que acompaña su rostro cariacontecido al escuchar su nombre en la gala del Balón de Oro. Apenas esboza una leve sonrisa, cuando Hamm proclama a la vencedora. Es su pareja la que trata de devolverla a la realidad con un beso en la mejilla.

Recoge el premio de manos de Platini y se dirige a la palestra, esbozando una mueca de “A ver qué digo yo ahora”. Levanta las cejas y se postra frente al micrófono. Llega el turno de los agradecimientos, de las palabras de cariño. De mantener la concentración y la compostura para que la emoción no la supere. De recordar a todas las personas que la han acompañado hasta convertirse en la primera portera en recibir el Balón de Oro. Una última reverencia con la cabeza. De las que se hacían en antaño. De las de quitarse el sombrero frente a una ovación atronadora. Pero ahí sigue el complemento. Icónico. Recordado frente al par de guantes que sostuvieron a Alemania hasta llevarla a lo más alto.

 


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Fotografía de Imago.