“De pronto mi padre disponía ya de su pista de tenis en el patio trasero, lo que significaba que a partir de entonces yo ya tenía mi cárcel.”

(Open, André Agassi)

 

Con motivo del Día Internacional del Niño -20 de noviembre-, dedico este artículo a los menores deportistas. Es una reflexión sobre el mundo del deporte y cómo los menores de edad, ya sean extranjeros o nacionales, que practican un deporte, que viven en nuestra sociedad, pueden sufrir las consecuencias de los intereses de los padres y por tanto pueden ser sujetos de ‘explotación infantil’.

La explotación infantil se define como la utilización para fines económicos de menores de edad por parte de los adultos y que afecte a su desarrollo personal, emocional y el disfrute de sus derechos. Parece estar relegada a los países en desarrollo, sin embargo nuestra sociedad del bienestar no está libre de abusos y sofisticadas prácticas de explotación de los más pequeños. Es importante analizar la influencia de los padres sobre los menores deportistas, y cómo se producen esas situaciones de explotación.

Pensemos en un niño, de aproximadamente seis años. Su padre o madre o los dos de común acuerdo, le inscriben en un club para practicar alguna disciplina deportiva. A esa edad los padres consideran que deben practicar la disciplina que les parece mejor, bien porque sea la más cómoda (el club esté cerca de casa), bien porque los horarios de entreno ocupen horas en las que los padres no están en casa o porque haya sido el deporte en el que el padre o madre no haya podido triunfar. No educan al niño en el deporte, porque no le dejan probar varias disciplinas deportivas hasta que encuentre la que más le gusta, sino que se procura imponer, en base a las necesidades o deseos de los adultos.

A ese niño se le impone la práctica del deporte y la disciplina deportiva porque el deporte es sano, debe practicarlo y además es una actividad en la que parece que aunque dedique horas y horas a su práctica nunca está mal visto, es más, la sociedad en general considera que es un mérito y todas esas horas lo único que le reportan es un beneficio.

Este niño comienza a tener una fuerte presión por parte de los padres que, a toda costa, desean que su hijo practique deporte y progrese adquiriendo las competencias necesarias para destacar. Esa ’presión’ se traduce en forzar que el menor sea más competitivo y se le transmite la misma competencia que existe en el mundo de los adultos a su ámbito académico y deportivo. Todo ello cuando el menor por sí mismo ya es competitivo, una competencia sana de ganar en el juego, pero en nada parecido a la competencia que se vive en nuestra sociedad adulta.

Esa ’presión’ supone que las ansias de los padres de que gane un partido o una competición hacen que el menor deportista quiera, ante todo, agradar a sus padres, que estén contentos y orgullosos de él. El menor no quiere ver la cara de decepción en sus padres y no se atreverá a decirles que no le gusta lo que hace o que no quiere seguir jugando a fútbol.

 

Lo que no se permite en un aula, sí lo permitimos en el ámbito deportivo, ya que con tal de conseguir el objetivo, todo vale

 

Esa ’presión’ es la de tener un entrenador que actúa de manera irrespetuosa con el menor deportista y los padres, lejos de analizar la situación y buscar lo mejor para el menor, son capaces de reconocer que, tener un entrenador que sea duro, exigente e incluso llegue a la humillación es una buena enseñanza, porque es lo que se encontrará en su vida profesional, jefes o superiores que les darán ese trato y hay que saber soportar. Lo que no se permite en un aula (que el profesor insulte o humille a un hijo) sí lo permitimos en el ámbito deportivo, ya que con tal de conseguir el objetivo, todo vale. Parece que todo lo que ocurre en el deporte es positivo.

Esa ’presión’ de tener a los padres en las gradas cuando se juega un partido y no dejan de gritar, dar instrucciones, insultar; bien al árbitro o a los jugadores del equipo contrario, todos ellos chavales jóvenes que lo único que quieren es pasarlo bien. Padres que filman el partido para luego llegar a casa y comentar las jugadas y los errores cometidos por el menor para que no vuelva a ocurrir.

Esa ’presión’ de ser ‘buenos padres’ y acompañar al menor a todos los partidos, sin dejarle pasar ratos divertidos con sus compañeros, de hacer equipo o conseguir ser más autónomos.

A partir de ahí, el joven deportista ya está adiestrado y los padres piensan, por primera vez, que su hijo puede hacer del deporte una profesión, o al menos que existe la mínima posibilidad de que se convierta en una estrella del deporte, comienza la explotación del menor. Los padres van a orientar su actividad hacia un objetivo económico. El menor pasa de ser un sujeto de derechos a convertirse en un objeto de los derechos de otro.

El menor comienza a practicar su disciplina deportiva como si de un trabajo se tratara, salvo que al principio no recibirá un salario (a veces y con el fin de atarle al club se abonarán gastos, se firmará una especie de contrato, etc.). Tendrá los siguientes deberes y obligaciones: cumplir un horario, obedecer al entrenador como si se tratara de su empleador, acudir a todos los partidos, puesto que si no es así el castigo o la pena será no ser convocado, ser monitorizado por el club y si además recibe la formación deportiva gracias a una beca del club, las obligaciones son más amplias puesto que junto con lo anterior deberá cumplir con un rendimiento determinado y a veces incluso comprometer el patrimonio familiar.

El menor es consciente de lo que esperan sus padres. Las expectativas se convierten en piedras muy pesadas que va acumulando en su mochila de la vida y, según pasa el tiempo, la exigencia es mayor al igual que la fuerza para soportarla. Lo que comienza siendo un simple entretenimiento, pronto se convierte en un ambiente duro, agresivo y doloroso del que difícilmente el menor podrá salir.

El transcurrir de su vida será el combinar los estudios y el deporte, porque se considera que se puede hacer todo, con un horario muy amplio y con esfuerzo físico y psíquico importante.

 

El daño invisible pero profundo que los padres ocasionan a sus hijos es muy difícil de mostrar, puesto que ni siquiera los menores deportistas son conscientes ni capaces de identificarlo

 

Algunos de ellos podrán conseguir una formación académica, que les permita defenderse en el mundo profesional, pero muchos de ellos dejarán pronto su formación con las consecuencias que ello conlleva. Lo cierto es que pasarán muchos años en los que sólo habrán adquirido competencias en el ámbito de deporte y acabarán su carrera deportiva, habiendo ganado pequeñas cantidades de dinero y ninguna titulación que les permita orientar su carrera profesional.

El menor llevará esa pesada mochila de la que no se librará hasta que sea lo bastante valiente para decir basta o que se convierta en el fracaso de la familia porque su entrenador les diga que mejor se dedique a otra cosa. Estas situaciones y el daño invisible pero profundo que los padres ocasionan a sus hijos es muy difícil de mostrar, puesto que ni siquiera los menores deportistas son conscientes ni capaces de identificarlo.

Los deportistas lo mostrarán, muchas veces, en comportamientos violentos en el terreno de juego, el ir al club que más dinero le ofrezca o despreciar a la afición para los que son un ídolo. Es por ello que cuando vemos a las estrellas del fútbol y queremos que nos transmitan los valores del deporte dentro y fuera del terreno de juego, debemos preguntarnos en qué ambiente vivieron cuando eran niños. No es suficiente que hagamos referencia a los hogares más o menos humildes en los que pudieron crecer, sino en el trato, influencia y presión que recibieron de sus padres. Porque antes de tener un agente o representante, los padres son las personas que tienen un contacto más directo con ellos y los artífices de la situación en la que se les coloca.

En el año 2007, se aprobó la Ley 19/2007, de 11 de julio contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte y en su artículo 16 nos habla de crear la figura del Defensor del Deportista. Pues bien, considero que si dicha figura es necesaria, más aún la del defensor del menor deportista, porque sólo quienes trabajamos en el mundo del deporte sabemos qué abusos se producen contra los chicos y el ambiente de presión en el que se encuentran. Es preciso darles una formación y que tengan a su disposición canales de alerta o al menos de comunicación de conductas que supongan un abuso o su propia explotación porque el sufrimiento que les ocasionan algunos padres es difícil o imposible de comprender por la mayoría de los adultos.

Muchos pueden pensar que en el caso que se triunfe en el ámbito del deporte, el dinero que se puede ganar compensa todo lo demás, lo cual está demostrado que no es así, ya que conocemos multitud de ejemplos de jugadores que habiendo llegado a la élite y ganado grandes cantidades de dinero, su actitud y comportamiento no refleja esos grandes valores del deporte.

Fue la Ley 14/2006, de 17 de octubre del deporte de les Illes Balears, la única impulsada por un deportista, quien trabajó en la redacción de la misma en calidad de político y deportista. En ella se puede apreciar claramente cómo quiso destacar la figura del deportista y cómo mencionó por primera vez la palabra “explotación”, bien porque la sufrió, bien porque fue testigo de cómo otros la sufrían.

Actualmente tenemos multitud de normativa, declaraciones y compromisos tanto a nivel nacional como internacional que establecen obligaciones dirigidas a la protección y desarrollo integral del menor.

En consecuencia es necesario trabajar para hacer que estas normas y leyes que protegen al menor, se conviertan en una Ley viva que tenga un asidero en lo real. Para ello hay que implementar las herramientas necesarias que garanticen el cumplimiento de las normas. Esas herramientas podrían ser, tal y como he apuntado, la creación de la figura del Defensor del menor deportista, programas de mentoría, adaptar la formación académica a las circunstancias de cada uno y establecer un fondo económico que asegure la continuidad de los estudios en caso de abandono de la actividad deportiva.