Regresar es siempre una tarea complicada, más aún cuando se trata de hacerlo a la esencia. Aquellos días donde todo estaba por descubrir, el placer de lo recién destapado, y esa sonrisa cómplice de a quien le queda todo un camino por avanzar. Han pasado más de cien años desde que los primeros clubes de fútbol dieran sus primeros pasos, mirad en qué punto estamos ahora. Da la sensación de que vivimos en un deporte diferente donde tan solo el balón no nos abandona, aunque a veces nos dé la impresión de que hasta él podría traicionarnos algún día. Ojalá ese instante no llegue nunca. Los clubes viven en una realidad opuesta, lejos de aquella en la residían entre los habitantes del barrio y eran una parada obligatoria en el festejo del domingo. Comida familiar y al estadio, la sobremesa la ponían veintidós protagonistas sobre el césped. Es imposible recuperar esa esencia, ha pasado ya demasiado tiempo y todo se ha teñido de billetes. La única forma de recuperar esa emoción dominical es descender al fútbol semiprofesional o que su club roce la banca rota. Debido a este segundo caso muchos equipos han recuperado su naturaleza, se han reconciliado con el barrio y juntos vuelven a recorrer el mismo camino cien años después.
Es recomendable caminar hacia el estadio entre los árboles que acompañan hasta sus inmediaciones. En la actualidad el Beira-Mar está en la tercera división del fútbol portugués debido a sus numerosos problemas financieros, asunto que aún no han sido del todo subsanado. Esa quiebra logró unir a sus aficionados, hoy sienten de nuevo a su equipo como algo suyo. Una de las primeras medidas fue dejar el opulento Estadio Municipal de Aveiro, quinto con más localidades de Portugal, y regresaron al barrio, a los orígenes. Allí les esperaba el Mario Duarte, no tan elegante pero sí dispuesto a acoger en sus asientos a los fieles seguidores a los que se les obligó a huir de él. Como les ha ocurrido a otros muchos equipos, sobre todo en España, los dirigentes del Beira Mar se creyeron ricos dejando de lado la realidad. Sus errores los terminaron pagando los aficionados, esos mismos que hoy levantan al club de su vida de entre las cenizas. Resulta paradójico, e injusto, que un club vuelva a ser de los suyos tan solo cuando está herido de muerte, tan solo entonces los hinchas adquieren un protagonismo que se les ha robado gracias a la demencia de muchos dirigentes con altas aspiraciones.
Lo recorrí con calma, no me quería ir de allí. No habría sido mala idea permanecer en sus antiguos asientos hasta el día del partido, tomar unas cervezas con mi nuevo amigo y limpiar juntos el Mario Duarte. El pueblo de Aveiro volvió a su césped, al de toda la vida, cuando más lo necesitó el Beira-Mar. Un romance que perdura durante casi 100 años de historia, pese a la dificultades que atraviesa ahora están inmersos en la parte más bonita de la relación: el cosquilleo de quien se siente correspondido.
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