Miradas

Del banquillo al paredón


Ilustración de Sergi Solans


Este reportaje está extraído del #Panenka142, un número que sigue disponible aquí


 

Poco antes de que las tropas soviéticas liberaran Budapest de los nazis, Géza Kertész e István Tóth-Potya fueron fusilados en un patio del castillo de la ciudad. Como tantos húngaros, habían pasado las semanas anteriores escuchando la radio a escondidas, preguntándose si llegarían a ver la derrota de los fascistas. Los últimos días la radio ya no había sido necesaria: el ruido de la artillería soviética se acercaba cada vez más. Las calles estaban llenas de soldados invasores que se mezclaban con húngaros heridos, derrotados o cansados. Todo el mundo sabía que, antes de dejar Budapest, los nazis y sus aliados, el Partido de la Cruz Flechada fascista húngaro, intentarían matar a cuantos más enemigos mejor. Géza Kertész e István Tóth-Potya no tuvieron suerte: fueron delatados y capturados en medio del baño de sangre. Los acusaron de liderar una red resistente que había escondido y salvado a muchos judíos. La acusación era cierta.

Cuando en febrero de 1945 los soviéticos entraron en Budapest, los supervivientes empezaron una nueva vida. Los amantes del fútbol preguntaron por la suerte de sus ídolos. Algunos habían logrado escapar con los alemanes, mientras que otros habían aguantado en la ciudad hasta pocos días antes de la liberación. El régimen fascista, de forma enfermiza, había querido fingir normalidad hasta el final y, tres semanas antes de su derrota, todavía permitía la disputa de partidos a pesar de las bombas. En su libro La edad de Oro, el escritor Ferenc Karinthy explica la historia de un judío que se escondió de los nazis seduciendo a viudas, mientras maldecía en silencio que el Ferencvaros no fuera capaz de jugar con sus mejores futbolistas, pues los que no habían escapado habían fallecido.

Géza Kertész, por ejemplo, entrenó al Ujpest hasta el final de sus días. Él y Tóth-Potya fueron ejecutados el 6 de febrero de 1945. Y pese a ser héroes sus nombres fueron absolutamente olvidados. Los soviéticos los ocultaron a conciencia, pues habían colaborado con los servicios secretos de Estados Unidos. Pasaron a ser dos nombres más en letra pequeña en una larga lista de víctimas de la guerra. Con el tiempo, fueron más recordados en Italia, donde habían trabajado como entrenadores, que en su propio país natal.

HUNGRÍA, POTENCIA FUTBOLÍSTICA

No ha sido hasta hace bien poco que sus historias han empezado a ver la luz en Hungría. Además de formar parte de una red de resistencia que salvó la vida de muchas personas, los dos fueron muy importantes en el fútbol de la Europa de entre guerras, primero como jugadores y después como entrenadores. “Durante los regímenes comunistas de los años 50, los aficionados del Ferencvaros no podían mencionar a István Tóth-Potya. Tenían miedo. No había lugar para un futbolista que, además de jugar para los ‘Fradi’, salvaba judíos”, explicó el Gran Rabino de Budapest, Peter Kardo, en febrero de 2021, con motivo del acto en el que se incluyó el nombre de István Tóth-Potya en el monumento de mármol del Parque Conmemorativo del Holocausto Raoul Wallenberg, en Budapest, en presencia de sus nietos. “Este hombre fue un faro en los tiempos más oscuros de la humanidad. Ayudó a los judíos sabiendo que ponía su vida en riesgo”, añadió Yacov Hadas-Handelsman, el embajador de Israel en Hungría.

 

Pese a ser héroes sus nombres fueron olvidados. Los soviéticos los ocultaron a conciencia, pues habían colaborado con los servicios secretos de Estados Unidos. Pasaron a ser dos nombres más en letra pequeña en una larga lista de víctimas de la guerra

 

En la década de los 30, Hungría era una potencia futbolística de primer nivel, como demuestra el subcampeonato de la selección magiar en el Mundial de 1938. Entonces, muchos entrenadores húngaros trabajaban en Italia, como el famoso Arpad Weisz, ganador de dos ligas con el Bolonia y otra con el Inter. Weisz, que era judío, sería expulsado del país por las leyes raciales de Mussolini, y ejecutado por los nazis en 1944, el mismo año en el que Géza Kertész e István Tóth-Potya entraron a formar parte de la llamada red ‘Melodía’, que intentó salvar la vida de muchos ciudadanos que profesaban el judaísmo. En 1937, Kertész, Tóth-Potya y Weisz formaban parte del contingente de entrenadores húngaros que trabajaba en la Serie A con bastante éxito. La vida les sonreía a pesar de la situación política. En 1945 los tres habían sido ejecutados.

ITALIA, EN LO ALTO DE LA CIMA

István Tóth-Potya comenzó su carrera como jugador en el equipo juvenil del Budapest TC, pasando por diferentes clubes antes de llegar al Ferencvaros en 1912. En esa misma época, Géza Kertész, de 17 años, fichó por el Budapest TC. Tóth-Potya debutaría con la selección en 1909 en una derrota 2-4 contra los ingleses, el futuro verdugo de Hungría en los Juegos Olímpicos de 1912, con Tóth-Potya formando parte del conjunto magiar. Entonces era uno de los mejores jugadores del país, con olfato de gol y mucho carácter. Géza Kertész, un jugador con menos físico, también era protagonista en primera división, aunque sin tener el nivel suficiente como para ser titular de una selección donde sería convocado algunas veces en 1914, cuando nació su amistad con Tóth-Potya. Los dos compartirían vestuario en el Ferencvaros en 1919, después de una Primera Guerra Mundial de la que salieron indemnes. Su condición de futbolistas evitó que fueran enviados al frente y especialmente Tóth-Potya siguió jugando durante la mayor parte del conflicto que modificó las fronteras europeas para siempre.

El destino de los dos sería Italia. Pero no de forma simultánea. En 1923, Géza Kertész encontró trabajo como jugador-entrenador en el Spezia, que militaba en segunda. Tóth-Potya permaneció en el Ferencvaros, donde se convertiría en jugador-entrenador y ganaría la liga de 1926, año en el que se retiró de la selección. Se había ganado la fama de ser el mejor entrenador joven del país, liderando giras por Europa o América del Sur con su amado Ferencvaros, el club con más hinchas de Hungría. A Kertész le tocaba escalar poco a poco por las categorías inferiores del fútbol italiano, pasando por clubes como la Carrarese, el Viareggio, la Salernitana o el Catanzaro, con el que ascendería a la Serie B. Fue la época en la que el Inter ganó una liga con Arpad Weisz. Así que cuando este fichó por el Bolonia, los ‘Nerazurri‘ pensaron que Tóth-Potya podía emular a su compatriota y le ofrecieron un gran sueldo. La jugada salió mal: el ex de Ferencvaros no se adaptó y los milaneses acabaron sextos.

 

Los técnicos no tuvieron suerte: fueron delatados y capturados en medio del baño de sangre en Budapest. Los acusaron de liderar una red resistente que había escondido y salvado a muchos judíos. La acusación era cierta

 

Tóth-Potya regresó a Budapest para hacerse cargo del Ujpest. Aquella temporada, la 1932-33, ganó la liga. Aunque estaba destinado a volver a Italia, donde se movía realmente el dinero, y fichó por el Catania. El conjunto siciliano estaba presidido por Vespasiano Trigona Li Destri, Duque de Misterbianco, un aristócrata con un nombre propio de otras eras que quería ver un Catania campeón. No lo consiguió y Tóth-Potya saltó a la Triestina. Curiosamente, quien pasó a ocupar el banquillo del Catania fue Kertész, en una época en la que hasta ocho entrenadores húngaros coincidieron en la Serie A. A finales de 1936, Trigona decidió abandonar la presidencia después de haber gastado una importante fortuna en su amado Catania, llegando a vender algunas de las propiedades familiares. Kertész, que había conseguido el ascenso a la Serie A con los sicilianos, se marchó primero al Taranto y después a la Lazio. Fue en la capital italiana donde conoció a Pál Kovacs, un compatriota exiliado que formaba parte de la Asociación Húngara Libre, un grupo de resistencia contra los nazis. Esta amistad lo modificó todo. Kertész, que siguió en Roma cuando pasó a entrenar al equipo rival, era opositor del fascismo húngaro que se había aliado con Hitler. Su amigo Tóth-Potya también; de él se llegó a decir que fue invitado a abandonar la Triestina cuando criticó públicamente la invasión de la Italia fascista a Etiopía. En Roma, Kertész solía hablar con Kovacs sobre sus sueños de una Hungría libre, pues entonces mandaba el Almirante Miklós Horthy, aliado de Aldolf Hitler. Aunque lo peor estaba por llegar.

UNA ‘MELODÍA’ MORTAL

En 1943, Kertész y Tóth-Potya habían vuelto a Hungría escapando de una Italia sumida en la guerra. Y fue entonces cuando Pál Kovacs se puso en contacto con ellos. Kovacs había pasado a trabajar con los norteamericanos después de la liberación de Roma y fue mandado a Eslovaquia en octubre de 1944 como parte de la misión ‘Bowery/Dallam’. El objetivo era cruzar la frontera húngara y contactar con el Almirante Horthy para negociar una rendición y que Hungría pasara a combatir en el otro bando de la guerra. Pero los nazis sabían de las negociaciones, y cuando Horthy anunció que se rendiría a los soviéticos, lo encarcelaron y se hicieron con el poder con el apoyo del Partido de la Cruz Flechada. Con Horthy en el poder, los judíos húngaros había sido perseguidos, aunque no se los había mandado a los campos de exterminio. Ahora este sería su cruel destino.

Kertész aceptó ayudar a Kovacs en la creación del grupo ‘Melodía’ y ofreció su apartamento para hacer reuniones, sumando a la causa a Tóth-Potya. En el grupo informaron de movimientos de tropas y prepararon documentación falsa para salvar vidas de personas como el comediante Kalman Latabar o la actriz Hilda Gobbi. Más de 200 judíos lograron esquivar una muerte segura gracias a este grupo que tanteó, en noviembre de 1944, al Comité de Liberación para el Levantamiento Nacional Húngaro, un grupo que preparó sin éxito un levantamiento militar. El 6 de diciembre de 1944, la Cruz Flechada y los alemanes detuvieron a la mayoría de sus miembros. Poco después, serían detenidos los miembros del grupo ‘Melodía’. Según se pudo reconstruir, Kovacs solía visitar a una prostituta llamada Mária Benyi, con la que empezó una relación que alertó al propietario del burdel, un miembro del Partido de la Cruz Flechada llamado Gábor Dosa. Este sospecharía de Kovacs, así que lo denunció. Cuando lo detuvieron, encontraron una lista de nombres en una libreta donde aparecían varias veces los de Tóth-Potya y Kertész. Aunque no se sabe exactamente cuál fue la implicación real de ambos en el grupo, se dice que Kertész llegó a usar un disfraz de soldado nazi para pasar documentos. Sea como fuese, todos los nombres de la lista fueron detenidos.

 

Los nazis se retiraron al oeste del Danubio dinamitando los puentes y se llevaron a sus presos con ellos, entre ellos Tóth-Potya y Kertész. El 6 de febrero de 1945, los dos fueron ejecutados en el patio del Ministerio del Interior

 

En el momento en que entraron en su casa, Kertész estaba en un bar. La policía secreta arrestó a su esposa, Rosa, así que cuando le notificaron al entrenador, este se entregó para liberar a su amada. Y todo, con los soviéticos a las puertas de la ciudad. Los nazis se retiraron al oeste del Danubio dinamitando los puentes y se llevaron a sus presos con ellos, entre ellos Tóth-Potya y Kertész. El 6 de febrero de 1945, los dos fueron ejecutados en el patio del Ministerio del Interior en el Castillo de Budapest, donde hoy una placa recuerda a los fusilados. Ocho días más tarde, Budapest fue liberada. Los restos de los dos habían sido enterrados en una fosa común. Se pudieron recuperar e identificar después de meses de trabajo. El 3 de abril de 1946, los dos recibieron un entierro digno en el cementerio de Kerepesi en Budapest, aunque poco a poco, los soviéticos fueron ocultando sus identidades.

El Ferencvaros se ha encargado en los últimos años de recuperar su memoria, especialmente la de Tóth-Potya, tramitando la documentación para que sea considerado un “justo entre las naciones”, título honorífico que el Museo del Holocausto de Jerusalén otorga a quienes salvaron vidas de judíos durante el nazismo. El trabajo de diferentes historiadores ha permitido confirmar que, efectivamente, los dos formaron parte activa de esa red, ya fuera escondiendo documentación o moviendo papeles. No hay pruebas de que usaran armas, pero fueron héroes a su manera, olvidados hasta hace muy poco. En Italia, el periodista Roberto Quartarone, hincha del Catania, les dedicó un libro que acabó convertido en una obra de teatro. La función se tradujo al húngaro y se interpretó en el castillo donde los dos exentrenadores fueron fusilados. Su voz, a través de actores, se alzó otra vez, hablando de fútbol, sueños y libertad.

 

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Toni Padilla

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