Miradas

Mestalla, la última frontera

Texto publicado originalmente en valenciano en el libro Històries de futbol. Cultura de club (Ontheroad Llibres, 2025)

 

Toda una generación de mestallistas estamos preparando nuestro adiós del fútbol y sincronizándolo con el adiós de Mestalla. Con la perfección milimétrica de un pase entre líneas de Fernando a Lubo, con la solemnidad de un funeral en Nueva Orleans. He compartido esta inquietud con algunos amigos, que coinciden con el diagnóstico pero no se atreven a expresarlo en público. Y mantengo la sospecha de que cientos de valencianistas nos acompañarán. Seremos una particular Generación del 27, o del 28, dependiendo del año en que acabemos cruzando la última frontera.

Dedico mis últimas tardes en Mestalla a documentar la despedida con fotografías. Según la memoria de mi teléfono, al cierre de este texto habré acumulado 5.123 fotos del templo. El veneno lento de Peter Lim y la inminencia del adiós han hecho que observe el marcador de cada partido como una subtrama sin interés, mientras mi mirada (y la de mi móvil y la de la cámara analógica) busca capturar cada asimetría del vell castell. La cubierta del anfiteatro, la verticalidad de la grada de la mar, el laberinto de tripas internas donde conviven las capas de las remodelaciones de los 50, 70 y 90, por las que deambulo distraídamente cuando el partido huele a empate. Hasta hace poco aún se podían distinguir las pinturas de los sectores antiguos y la marca de alguna publicidad de restaurantes que ya no existen. Hay zonas del estadio con el nombre y la esencia de una acequia que todavía conservan la cicatriz de la gran riada de 1957. Y la Tribuna, con su fachada racionalista, conecta Mestalla con los cines y cafés de una València que nunca volverá. Las antiguas taquillas se utilizaron como prisión cuando Mestalla se convirtió en un campo de concentración tras la guerra. Hablamos de un estadio que debería observarse, tratarse, legislarse y respetarse como un lugar de memoria para València. Uno de esos espacios urbanos que las ciudades visionarias y con suerte conservan para recordarse a sí mismas quiénes son.

En 2015, mientras conducía por la costa oeste de Estados Unidos, llegué a Coos Bay, una localidad de 15.000 habitantes en Oregón. A las puertas de un antiguo cine, me llamó la atención una sábana donde se leía el siguiente mensaje: “Salvad el Egyptian Theatre”. Tras investigar un poco, descubrí que era uno de los cuatro cines de estilo egipcio centenarios que todavía resisten en el país. Un lugar mágico con dos columnas monumentales, flores de papiro y escaleras flanqueadas por estatuas de faraones de dos metros y medio de altura. Un local coetáneo a Mestalla (1923), abierto el 1925, fruto de la fiebre que se apoderó del país tras el descubrimiento de la tumba de Tutankamón. Y una comunidad que lo defiende de los multicines, el streaming y la especulación urbanística. Si aplicáramos allí nuestro no-debate sobre Mestalla, Coos Bay tendría todas las papeletas para perder: más salas, mejor sonido, buen catering, butacas cómodas como para pilotar un avión, mayores ingresos. Pero ese nunca ha sido el fondo de la cuestión. No se abandona la memoria. Incluso hoy, de vez en cuando, trato de comprobar si el cine de Coos Bay sigue abierto. Y siempre sonrío cuando veo que sí. Hay veces en las que los indios (y los egipcios) acaban ganando en las películas.

 

Las antiguas taquillas se utilizaron como prisión cuando Mestalla se convirtió en un campo de concentración tras la guerra. Hablamos de un estadio, el más antiguo de Primera, que debería observarse, tratarse, legislarse y respetarse como un lugar de memoria para València

 

Contemplo Mestalla y su secreto, que es el del siglo XX. Un estadio nacido con la euforia del largo verano de los años 20 y que ha medido su entusiasmo de la misma forma con la que crecían los rascacielos de piedra y mármol en Nueva York: altos, imponentes, verticales. “Cuando el rival sale a Mestalla por el túnel de vestuarios, hasta el séptimo escalón no ve el cielo, solo gente”, me recordó hace poco Amedeo Carboni. Una fortaleza concebida como un gran estadio de fútbol, diseñado para ganar partidos, que deja atónitos a los visitantes, incluso a aquellos ya acostumbrados a los nuevos recintos tan modernos, cómodos y alejados del centro de las ciudades. Estadios idénticos donde la personalidad del fútbol queda engullida por megafonías que silencian de forma estridente la banda sonora de la celebración de un gol. Luces, colores y sonido para domesticar con karaokes los cánticos de la afición, mientras el VAR acaba con el último reducto de esa vieja emoción…

 

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Vicent Chilet

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