El fútbol español vivió hace una semana una doble ración de nostalgia. Dos clubes centenarios, el Club Esportiu Europa y el Arenas de Getxo, lograron el ascenso a la Primera Federación, tercera categoría nacional. Lo que los une no es solo la hazaña, sino también su historia: ambos fueron fundadores de la primera liga española en 1929. Casi un siglo después, vuelven a compartir escenario.
Pero el tiempo ha pasado, y estos dos históricos llevan mucho tiempo dormidos, cual volcanes inactivos. Aun así, ambas entidades comparten una singularidad excepcional: son clubes propiedad de los socios; a diferencia de la gran mayoría de clubes del fútbol español, no se han convertido en SAD y no tienen detrás a un propietario que pueda paliar todas las necesidades económicas que se presenten. Otra de las casuísticas que comparten es que, aunque antiguamente ambos gozaban de estadios con césped natural, se vieron obligados a cambiar de superficie y correr sobre hierba sintética por cuestiones económicas y de viabilidad. Algo que choca frontalmente con la normativa de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), que exige césped natural o híbrido en la división a la que han ascendido.
Según el reglamento vigente, todos los clubes que compiten en la Primera Federación deben disputar sus partidos sobre césped natural, a menos que cuenten con una autorización excepcional por parte de la RFEF. Esto implicaría una inversión inalcanzable para clubes como Europa o Arenas, que verían comprometida su viabilidad. Además, Gobela y Nou Sardenya son instalaciones que también se usan para miles de niños y de niñas, con sus respectivos equipos de fútbol base, que no podrían seguir en césped natural, lo que provocaría una bofetada a las ilusiones de las familias y otro socavón en los ingresos de los clubes.
Todos los clubes que compiten en la Primera Federación deben disputar sus partidos sobre césped natural. Esto implicaría una inversión inalcanzable para clubes como el Europa o el Arenas
El caso de estos dos clubes no es un rara avis. En temporadas anteriores, otros se han visto forzados a trasladarse (como es el caso del Cornellá) o remodelar sus estadios para cumplir con esta normativa. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿tiene sentido mantener esta rigidez, especialmente en categorías donde la sostenibilidad económica es un desafío? El caso del Cornellá, por ejemplo, puede servir como respuesta: su forzada mudanza a cientos de kilómetros de su comunidad le provocó una crisis económica, social y deportiva que ha desencadenado en dos descensos consecutivos.
Una revisión de la normativa en los países de las grandes ligas europeas demuestra que los tiempos están cambiando. Inglaterra permite superficies híbridas en sus cuatro primeras categorías. Italia es más permisiva: solo la Serie A exige césped natural o híbrido, mientras que en Serie B y C se permite el césped artificial homologado. Francia permite el uso de césped artificial incluso en ligas equivalentes a la Primera Federación Española. Alemania se sitúa a medio camino: las dos primeras divisiones exigen césped natural, pero a partir de la 3. Liga, se autoriza el uso de césped artificial si cumple con los estándares FIFA Quality Pro.
́
Les velles glòries han tornat! #futbolcat #VilaDeGràcia #SagradaFamília pic.twitter.com/Q98gyBFb5W
— Club Esportiu Europa (@CEEuropa) April 27, 2025
El debate no es técnico, sino estructural. Las superficies artificiales modernas han alcanzado altos niveles de calidad y cumplen estándares internacionales exigentes. La UEFA y la FIFA permiten su uso en competiciones internacionales si están homologadas, lo que refuerza la contradicción de que en una categoría como la Primera Federación no puedan utilizarse sin excepciones, como puede ser el caso del Young Boys.
Imponer el césped natural puede parecer una medida que garantiza calidad deportiva, pero en la práctica actúa como una barrera para clubes con menos recursos. El riesgo es evidente: ascensos deportivos que se ven neutralizados por imposiciones logísticas que penalizan el mérito.
Imponer el césped natural puede parecer una medida que garantiza calidad deportiva, pero en la práctica actúa como una barrera para clubes con menos recursos
Mientras Europa y Arenas celebran un retorno lleno de simbolismo, ambos deben resolver el mismo problema si quieren competir en casa. Que dos de los clubes fundadores del campeonato español puedan verse obligados a abandonar sus estadios, donde han cimentado su resurgimiento social, por una cuestión de superficie evidencia una desconexión entre la normativa y la realidad del fútbol.
En Panenka hemos tenido la oportunidad de hablar con los presidentes de ambos clubes, Hèctor Ibar y Gorka Zurinaga, y ambos coinciden en que la única idea es seguir jugando en su casa. Para Zuriaga el camino está muy claro: “Queremos jugar en Gobela a toda costa y vamos a ir de la mano del Europa para lograr este objetivo común”. Ibar recoge el guante: “Expulsarnos del Nou Sardenya sería matar al club y matar la esencia del fútbol”, afirma. Arenas y Europa comparten otra singularidad más, los líderes de sus banquillos son dos viejos conocidos que hasta hace bien poco estaban corriendo por la banda de estadios de Primera División: Aday Benítez en los de Gràcia e Ibai Gómez en los de Getxo. Éste último ha manifestado su rotunda opinión al respecto: “Adaptar la normativa facilitaría el acceso de clubes humildes a la categoría”.
Adaptarse a los tiempos significa reconocer que la diversidad de realidades merece soluciones flexibles y justas para proteger la esencia del fútbol.


