Criticarme ahora, con la burbuja volatilizada, es fácil. Sí, soy hijo del negocio, pero tengo principios. Digan lo que digan, la borrachera y el condón roto que precipitaron mi nacimiento tienen un nombre muy futbolero: pelotazo. Fui concebido como otra maravilla más de la Valencia de los prodigios y los excesos de las postales calatravescas. Como prueba, la maqueta con la que me presentaron en sociedad en aquel lejano y cada vez más melancólico otoño de 2006 llegó a su cita protegida por un embalaje de madera y custodiada por un furgón de seguridad. Como si del traslado de una delicada Mona Lisa se tratara.

¡Qué jóvenes y felices éramos! La fiesta fue de lo más cool, con impactantes videos de los futuros lujos asiáticos, anunciados en castellano e inglés -en valenciano sólo se brinda-. ¡Qué velada redonda! Los políticos tuvieron su foto, y la directiva del club, repleta de constructores aterrizados como brazos ejecutores del poder tras el doblete de 2004, comenzaba a ver saciada la vanidad del reconocimiento social. El mejor estadio del mundo requería que acudiesen los mejores futbolistas de la historia. Sin embargo, tanto Di Stéfano, como Pelé, Cruyff y Maradona excusaron su ausencia (el Diego, se susurró en el cóctel, pidió cobrar medio millón). Tampoco llegó ese mismo verano Cristiano Ronaldo, al parecer “por un café”, como justificó Juan Soler. Daba igual. El ladrillo florecía y ni las glorias pasadas ni los ídolos por venir nos iban a apartar de nuestros sueños. No faltaron, tampoco entonces, los aguafiestas. Supuestos hinchas que alertaban de que la remodelación del Mestalla para el Mundial’82 asfixió al club hasta condenarle a su único descenso. O periodistas que calculaban que la especulación urbanística tenía fecha de caducidad y que el Valencia ya estaba en crisis antes de la crisis que algunos analistas ya avecinaban. Nos acusaron de dejar de hablar de fútbol.

 

Aquella Valencia no es la misma y ahora soy una ballena de cemento varada, un cultivo en barbecho indefinido

 

Rita presagiaba que en la primavera de 2009 quedaría inaugurado con la final de la Champions. Si la jugaba el Valencia, mucho mejor, claro, pero siempre nos quedaba el sugerente rol de ejercer de anfitriones, deslumbrando a los finalistas con nuestra faraónica demostración de poder emergente. La final, como saben, se jugó en Roma. La disfruté en silencio, con el único rumor procedente de los bares con nombres futbolísticos que me circundan y que esperan a que organice mi primer partido. Cuando Messi batió de cabeza a Van der Saar, mis obras llevaban paradas dos meses. Hoy ya son más de dos años. El viejo Mestalla ha disputado dos veces su última final de Copa. Puede que caiga una tercera: seguimos siendo geográficamente equidistantes con Madrid y Barcelona.

Aquella Valencia no es la misma y ahora soy una ballena de cemento varada, un cultivo en barbecho indefinido. En mi caída he arrastrado incluso a un grupo de memoriosos valencianistas que crearon un blog para evocar literariamente los recuerdos de las últimas tardes de Mestalla. Pasa el tiempo y en el antiguo campo los partidos todavía no desprenden aroma póstumo alguno.

Pero no me resigno. La afición a la que un día albergaré se ha tomado mi precoz decadencia con fina socarronería local. Me llaman ‘la Sagrada Familia’ y ‘el Viejo Nuevo Mestalla’. Bien mirado, tengo un relato berlanguiano, a mitad de camino entre la alegre pretenciosidad de los participantes en la cacería de La escopeta nacional y la ingenua soledad final de Bienvenido Mister Marshall. Nací del negocio, pero mis errores y mi infortunio congénito me convierten en alguien entrañable. A estas alturas ya tengo las aristas imperfectas propias de los personajes malditos. Algún día acogeré grandes partidos (y derrotas y empates aburridos), formaré parte del mítico territorio de la infancia de nuevos blanquinegros y por mi césped aparecerá un peludo desgarbado, de potente zancada y zurda letal que haga recordar a Marito. Por mi subsuelo pasa, no lo olviden, la acequia de Mestalla. Pese a todo y por encima de todo, seré un estadio de fútbol.


A la memoria de Enrique, Nelson, Luis y José, los obreros fallecidos en el accidente laboral del Nuevo Mestalla, en mayo de 2008