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Sueños de la Euro. El torneo que reconcilió a un continente es un viaje por la historia de una competición que cumple 60 años, y que pone más de manifiesto que ninguna otra hasta qué punto el fútbol es un instrumento útil para cicatrizar heridas y fomentar la paz y la armonía entre los pueblos. Miguel Lourenço Pereira, escritor, periodista e historiador, y autor de varios libros dedicados al fútbol, desgrana a partir de narraciones, recuerdos, perfiles, datos y anécdotas cómo la Eurocopa sirvió desde su nacimiento para evitar el colapso de un continente, y cuáles son esos héroes ilustres e inesperados que la han ido convirtiendo a lo largo de las décadas en el campeonato favorito de muchos.


 

La fiesta estaba a punto de terminar y pocos lo intuían. Europa venía de vivir ‘el no va más’ de su modelo económico. Eran los años de la especulación inmobiliaria, del pleno empleo y de las vacaciones con pensión completa en las playas del Mediterráneo. El día a día había cambiado con la última revolución tecnológica, la popularización de las redes sociales y la introducción de los primeros smartphones. Nacía una nueva generación que ya no recordaba los tiempos en los que el continente había estado dividido por la mitad. Mientras, en Rusia, la llegada al poder de Vladimir Putin, un antiguo agente del KGB, significaba que el gigante dormido estaba a punto de querer asumir el protagonismo perdido. Y China, que finalmente aceptaba abrirse al mundo para invadirlo con sus productos de bajo coste, empezaba a hacer sombra a la indiscutida superioridad de Estados Unidos. La velocidad de la luz del nuevo mundo de la virtualidad comenzaba a confundirse con las explosivas carreras por la banda de Cristiano Ronaldo en la Premier League. El fútbol seguía evolucionando hacia una dimensión más física. Los equipos priorizaban formarse desde atrás y superar líneas con la constante búsqueda del espacio al contragolpe, y ya no se obsesionaban con tener el balón. Mientras la Serie A empezaba su largo declive, competiciones como la Bundesliga y la liga inglesa enseñaban el camino de un juego que se inspiraba más en el de finales de la década de 1970. Como pasa en el mundo de la moda, en el fútbol todo vuelve. Y de la misma manera que a inicios de los 80 se abrazó el fútbol espectáculo, la obsesión por el juego más físico del cambio del milenio estaba a punto de dejar su lugar al renacimiento de la cultura del toque. La elegancia iba a superar al sudor, pero el camino hasta conseguirlo no sería fácil. Nunca lo es. Ni en el campo ni en las calles. Tras décadas de lucha por los derechos civiles, la comunidad negra estadounidense también estaba a punto de encontrar su recompensa. Barack Obama ganaría en 2008 unos comicios históricos que lo convertirían en el primer presidente afroamericano de la historia de los Estados Unidos. Su célebre eslogan ‘Yes, we can’ (‘Sí se puede’) traía consigo un soplo de esperanza que ayudaba a creer en un mundo mejor, algo que en España se podía adaptar a la realidad futbolística. Tras más de cuatro décadas de tropiezos y lágrimas, el destino quiso que el fútbol español recogiese su premio justo antes de que el país se abocase a la crisis financiera y social más grave de su historia moderna. Contra pronóstico, los jugadores de la ‘Roja’ acabarían siendo el clavo al que muchos se agarraron durante unos años durísimos. Después de todo, si aquellos chicos acabaron logrando lo que parecía imposible, ¿por qué no soñar con seguir su ejemplo?

 

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Por primera vez en la historia de la Eurocopa, ninguna de las grandes naciones continentales se presentó como candidata a organizar el evento que tenía que disputarse en junio de 2008. Hubo de nuevo una propuesta de los cuatro países nórdicos, que volvió a ser rechazada, y también otra de Croacia y Bosnia, dos de las repúblicas de la antigua Yugoslavia. Mientras, Grecia y Turquía estaban preparadas para dejar a un lado sus diferencias políticas y aspirar a celebrar juntas el torneo, pero la amenaza del terrorismo (Oriente Medio seguía siendo un polvorín) jugaba en su contra. La decisión de Rusia de retirar su proyecto para centrar sus esfuerzos en la Copa del Mundo del 2018, a todo esto, despejó el camino a la candidatura conjunta de Suiza y Austria. Los austriacos habían optado ya en 2004 con una propuesta colectiva con sus vecinos húngaros. De cara a la edición del 2008, sin embargo, optaron por mirar a Occidente y unir esfuerzos con los suizos, en un proyecto low cost

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y con tonos vintage, una opción radicalmente diferente a la de la edición celebrada en tierras portuguesas cuatro años antes. No habría ningún estadio de nueva construcción y, debido a las dimensiones de los ocho escenarios elegidos, todos los partidos de cuartos y semis, así como la final, se iban a repartir entre el St. Jakob-Park de Basilea y el Praterstadion de Viena, ahora rebautizado como Ernst Happel. Una vez elegidos como anfitriones, ambos países se clasificaron automáticamente, lo que hizo de Austria, todo un histórico del fútbol europeo, el único debutante en la fase final.

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Dinamarca sería el único equipo campeón que no lograría la clasificación para la nueva edición del torneo, al haberla eliminada los suecos. Portugal, Polonia, Italia, Francia, Grecia, Turquía, República Checa, Alemania, Rusia, Croacia, Rumanía, Holanda y España, por su parte, marcaron su pasaje para la fase final tras una ronda de clasificación sin grandes sorpresas. La gran ausencia en el cuadro sería Inglaterra, víctima de una desastrosa campaña que culminó con una derrota contra los croatas que supuso el final del corto periplo de Steve McClaren al mando del combinado nacional. Mientras sus clubes protagonizaban un ciclo exitoso —la final de la Champions League de ese año la disputaron Manchester United y Chelsea—, la selección inglesa volvía a fracasar, como ya le había sucedido en los años 70.

Seis de los países clasificados para la Euro de Austria y Suiza se volvieron a ver las caras en la fase final tras coincidir en la clasificación, a causa de la forma en la que la UEFA aplicaba su coeficiente a las restricciones en los sorteos. Uno de los principales cambios implementados por el máximo organismo fue el de transformar la naturaleza de los cruces, de modo que dos combinados que hubiesen compartido grupo no podían volver a verse las caras en la final. La otra gran novedad de la competición fue la entrega de un nuevo trofeo, creado por el estudio londinense Asprey. La estructura del cetro original diseñado por Arthus-Bertrand se mantenía, pero pasaba a ser más ligero; además, el pequeño dibujo de un jugador en la base sería reemplazado por una placa de plata en la que se grabarían los nombres de todos los ganadores. Michel Platini, presidente de la UEFA, prometió un torneo repleto de emociones, y así fue. Aunque lo que muchos quizás echaron de menos fue el sol veraniego de las dos ediciones anteriores. La incesante lluvia hizo acto de presencia en gran parte de los partidos, condicionando en muchos casos los resultados. Un elemento más de nostalgia para recordar las ediciones setenteras.

 

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Fotografía de Imago.