Las finales de la Euro.


 

Te sonríen, te hacen una carantoña, te dan un abrazo, te van de amigos. Mientras todo esto ocurre, ya conoce todos tus defectos, también tus virtudes, cómo desviarte de un camino en el que les estorbas, aunque no lo parezca. Así es Italia. Así han ganado cuatro Mundiales. Y nada ni nadie les detiene de ser ellos mismos. Por mucho que el rival lo haga mejor, merezca la victoria o lo tenga todo de cara, les ganarán. Da igual si cambian de estilo, dejan atrás el catenaccio, renuncian a su historia, crean en otra forma de jugar, les seguirán ganando.

Solo hace falta ir a los primeros episodios de las Eurocopas para darnos cuenta de que Italia nunca dejará de ser Italia. Porque la picaresca, el trash-talking y la mentira piadosa son tan transalpinos como la pasta, la pizza o Eros Ramazzotti. Lo es hoy, y lo fue hace 50 años. También hace 100. Y lo será dentro de 50. El resto del mundo, entretanto, sigue sin darse cuenta de que para vencer a Italia lo único que debes hacer es no creerte nada de lo que te cuenta su gente. Si lo crees por un segundo, estás muerto. Como murieron los yugoslavos al pensar que Dino Zoff dijo en serio aquello de que en el resultado de la final de la Eurocopa de 1968 no fue justo. “Para ser honestos, no merecimos el empate”, dejó caer el guardameta de la ‘Azzurra’. El beso de Judas, el abrazo de Chiellini, el reconocimiento de Zoff.

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Era 8 de junio y el Stadio Olimpico de Roma presenciaba un Italia-Yugoslavia definitivo para ver quién se llevaba el título. Los foráneos venían de ganar por la mínima a los ingleses tres días antes, con gol de Dragan Džajić. Los italianos venían de hacer algo a la italiana. Para qué ganar un partido de semifinales contra la Unión Soviética si pueden hacerlo a través de una moneda. Lo de los penaltis para deshacer las tablas aún no había cuajado y se necesitó de un cara o cruz para saber quién jugaría la final. Por supuesto, pasó Italia. Y los soviéticos se quedaron con cara de incomprensión ante lo sucedido. Si realmente tocó el lado de la moneda que enviaba a los del Este de vuelta a Moscú nunca lo sabremos. Como tampoco comprenderemos qué sucedió en aquel encuentro entre Chellini, Jordi Alba y Felix Brych.

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La cosa es que Italia estaba en la final. Y Yugoslavia, con todo en contra, ante la anfitriona, y ante qué anfitriona, consiguió ponerse por delante en el marcador a cinco minutos del descanso, gracias a un gol de Dragan Džajić. El tiempo iba pasando y el resultado no presentaba cambios. Italia parecía estar fuera. Quedaban diez minutos y todo seguía igual. Hasta que llegó Domenghini y con un lanzamiento de falta firmó el empate. Así arribaron a los 90’. También a los 120’. Tocaba esperar dos días para ver quién era el campeón. Pero antes, las palabras de Zoff. Lo de la honestidad y el merecimiento. El truco perfecto para confiar al rival. Para decirle que es muy bueno, muy alto, muy majo, todo lo que quiera escuchar. Regalarle los oídos, vamos. Dos días después. 2-0 para Italia. En media hora de juego Riva y Anastasi ya habían dinamitado cualquier opción yugoslava. La copa se quedaba en Roma. Italia se salía con la suya, y lo hacía a la italiana.

 


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Fotografía de Imago.