Para el ti voglio bene italiano no tenemos equivalente en castellano. Aquí amamos o apreciamos, saltándonos todo ese intermedio entre arrebatamiento ciego y cierta distancia, quizá una vez inexistente y ahora espaciosa, al que alude la expresión. Nuestra lengua convierte así el querer en un absoluto, tiende a coronar el amor de pareja y a mirar con desconfianza el de la amistad, inmaduro, poco (re)productivo. Lo sabemos y el acerbo popular, siempre sabio, lo desenmascara: “no me quieras tanto y quiéreme mejor”. 

No es esto un homenaje al más famoso te voglio bene assaje, el del ‘Caruso’ que escribió Lucio Dalla, ilustre tifoso del Bologna. Tampoco a la lengua de la nueva campeona europea, pues solo en los penaltis de la riqueza y precisión léxica imagino que Dante pudiera deshacerse de Cervantes y quizá ni así. Esta Euro ha vuelto a ser un toque de atención para los aficionados. Lo hemos pasado bien, pero se hace cada vez más artificial separar lo que pasa en el césped de su contexto social. 

Artificial o directamente negligente, si es que de verdad queremos bien a este juego. En las horas previas a la final volvieron a circular datos sobre cómo aumenta la violencia machista cuando hay un partido importante de la selección inglesa. Gane, empate o pierda, no parece haber siquiera escapatoria. Algunas mujeres británicas -también vimos esos mensajes en redes- ya habían organizado cuidado y refugio para el momento en el que Marcus Rashford, Jadon Sancho y Bukayo Saka fallaron sus penaltis. Los tres jugadores fueron inmediatamente objeto de abusos racistas. Para sus agresores, meter el balón en una portería era el listón que fijaban para considerarlos conciudadanos, humanos.

 

En las horas previas a la final volvieron a circular datos sobre cómo aumenta la violencia machista cuando hay un partido importante de la selección inglesa. Gane, empate o pierda, no parece haber siquiera escapatoria

 

Héroes es lo que son y siguen siendo para la mayoría. Porque no nos olvidemos: somos más, estamos en el lado justo y somos más. Kalvin Phillips, que hizo 83 kilómetros esta Euro, casi 12 por partido, encontró fuelle para correr hacia Saka y abrazarle. Una consigna ganó peso nada más acabar la final: protect Rashford, Sancho and Saka at all costs. Al mural dedicado a Rashford en Withington le duraron poco los mensajes de odio. Alguien los limpió y ya hay cientos de palabras de solidaridad junto a su enorme imagen. Uno de ellos, escrito por Reggie de 6 años, es escueto: “gracias por las cenas”. El futbolista del United consiguió, durante el confinamiento, 20 millones de libras en comida para familias en riesgo de exclusión. 

Es más de lo que Boris Johnson puede seguramente presumir en alguna de esas casas. Él y su ministra de Interior Priti Patel han legitimado los abucheos a las rodillas en tierra de los jugadores ingleses en solidaridad con el movimiento Black Lives Matter. Dijeron que era un gesto político. Por supuesto que lo era: los jugadores decidieron ser autónomos y hacer política tomando partido por quienes la sufren. Cuando Johnson o Patel han querido recular, quizá asustados ante cómo podía salpicarles la gravedad de la situación, el daño ya estaba hecho. 

Usar el fútbol como causa, casi atenuante, de actitudes y acciones abiertamente misóginas o racistas, fascistas en el sentido de describir a quienes bracean y hieren para salvaguardar sus privilegios, sería lo que estos querrían. Sería casi una estrategia de defensa legal ante un tribunal. Así que no. El fútbol no es excusa. Ni en ese sentido interesado ni en el que lo pinta desde fuera -y con comprensible dolor- como explicación por sí mismo de violencias estructurales. Un ritual de bárbaros irrecuperables para una vida mínimamente sana y segura en común. Esa espantosa carga no la merece el fútbol. Mucho menos la mayoría de aficionados que, cierto, no deberíamos seguir fingiendo que a esto se juega en un vacío social. Confundiendo protegerlo con desproblematizarlo, infantilizarlo. Declarándole loco amor a quien podríamos probar a solo querer bien. Como se quiere a quien se le señala aquello en lo que tiene margen de mejora, a alguien en quien se confía y de quien se espera siempre lo mejor.

 


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Fotografía de Imago.