Croacia se estrenó en la Eurocopa pisoteando con estilo a Turquía en París. El partido fue un deleite. Probablemente el mejor que se había visto hasta ese momento en el torneo. A los croatas les bastó con un gol de Luka Modric para tapiar el 0-1 definitivo, pero ese día se fueron a las duchas del Parque de los Príncipes pensando que habían metido muchos más. Hay veces que juegas tan bien que te olvidas hasta del resultado. Con el propio Modric abanicando el juego en el centro del campo, Rakitic agitando la mediapunta como si fuera una coctelera, Pericic prendiendo fuego a su carril y Mandzukic intimidando en punta, la selección de Ante Cacic pasó literalmente por encima de los turcos, que en medio del vendaval no dispusieron ni de un instante de tregua para lamentarse. Cuando tienes un rival tan entonado enfrente, solo te queda bajar el mentón, taparte la cabeza con el periódico y esperar a que cese de llover. Nada más puedes hacer ante un equipo que, con 90 minutos de pura borrasca, decide autoproclamarse ante tus narices como un firme candidato a revelación del verano.

París era una fiesta. Una fiesta croata. Hasta que a algún cabrón le dio por encender las luces.

Ya lo dijo en una ocasión Rilke. La belleza no es nada sino el principio de lo terrible. Basta que todo vaya perfecto para que algo empiece a torcerse. Y entonces, cuando palpas con las mejillas ese frío metálico e indefinido que precede a las desgracias, te acuerdas de tu abuelo y de sus frases hechas. Todo lo que sube, baja, nen, y luego se desvanece.

 

Por una razón o por otra, Croacia se ha acostumbrado estos últimos tiempos a tener a su principal enemigo sentado en su grada

 

No hay imagen que explique mejor el giro de 180 grados que dio en apenas unos días el entorno de Croacia que la de Rakitic levantando los brazos para tratar de apaciguar los ánimos alocados de sus aficionados. La escena tuvo lugar en la segunda jornada del torneo, cuando el equipo ajedrezado sumaba méritos para estirar su buen estado de forma ante la República Checa. Parecía que a cambio obtendría una nueva victoria, pero ya en el tramo final del segundo tiempo, de repente, algo estalló sobre el césped. Eran bengalas. Bengalas arrojadas por ultras croatas.

“No son aficionados. Son terroristas del deporte”, dijo Cacic poco después de producirse el altercado. Su enfado, así como el de todos los integrantes de la plantilla, no era fruto de un único episodio desagradable. Por una razón o por otra, Croacia se ha acostumbrado estos últimos tiempos a tener a su principal enemigo sentado en su grada. Hace algunos meses, por ejemplo, en un partido clasificatorio contra Italia disputado en el Estadio Poljud, los futbolistas saltaron al terreno de juego y se encontraron una enorme esvástica dibujada en el verde. Un contratiempo que le acabaría reportando a la federación croata una multa económica y un aviso de la UEFA, medida similar con la que finalmente se ha zanjado el reciente episodio vivido ante los checos.

Aunque probablemente lo que más mosquea a los miembros de la expedición que comanda Cacic en Francia no es tener que pagar los platos rotos por la chaladura de doce, quince o veinte descerebrados. La preocupación es más bien futbolística, pues ese tipo de incidentes afectan directamente a la concentración del combinado. De hecho, así quedó demostrado en ese segundo duelo de la fase de grupos. Una vez pasado el paupérrimo espectáculo pirotécnico, Croacia destensó sus líneas, bajó la guardia y encajó de penalti en el 89’ el 2-2, obra de Tomas Necid, con el que se cerraría el telón del encuentro.

Ante la República Checa, los croatas echaron por la borda en un cuarto de hora una ventaja de 2-0. La posibilidad de ganar ya se había comenzado a resquebrajar cuando Luka Modric se había retirado lesionado del campo. Minutos después el rival acortaría distancias, y más tarde se completaría el desastre, con las bengalas y el tiro certero de Necid desde los once metros.

 

Esta Euro, desde luego, no le está poniendo las cosas fáciles a los balcánicos, que viven la absurda paradoja de ver que cuando mejor juegan más se les enturbia el destino

 

Esta Euro, desde luego, no le está poniendo las cosas fáciles a los balcánicos, que viven la absurda paradoja de ver que cuando mejor juegan más se les enturbia el destino. No hay paz para Croacia. Y es que aparte de la polémica con los ultras y de las dolencias físicas de su jugador emblema, la mala suerte también ha querido que estas semanas los anuncios de fallecimiento irrumpan con violencia en la concentración. Primero fue el padre de Darijo Srna, que nos dejó mientras el lateral embestía una y otra vez a los turcos por el costado derecho. Y justo cuando había finalizado el entierro de este, se supo que el progenitor de Marijam Mric, el entrenador de porteros, también había muerto repentinamente.

Un espiral de afiladas pesadillas. Eso es lo que parece rodear a los croatas que, sin embargo, ahí siguen, plantados en octavos, esperando a la Portugal de Cristiano Ronaldo y con la energía suficiente para seguir dando mucho que hablar. La selección de Cacic se ha aferrado a su fútbol, como si fuera el palo de una escoba, para barrer aquellos problemas que no puede gestionar directamente dándole toques a un cuero. Lo sabe España, que sucumbió en la tercera jornada al talento enrabietado de Croacia y acabó perdiendo el liderato del Grupo D. Modric no llegó para jugar el encuentro, aunque no quiso perderse la proeza de sus compañeros de vestuario. No había música, pero sus cuerpos seguían bailando.