1972: UN ‘TORPEDO’ EN BÉLGICA

Bélgica 1-2 Alemania Occidental
Bosuilstadion, Amberes, 14.06.1972 

Alemania Occidental se metió en su primera final de Eurocopa en 1972, derrotando a la selección local de un torneo a cuya fase final solo acudían cuatro equipos –incluido un anfitrión que, antes de serlo, tenía que ganarse la clasificación. La víctima de Alemania fue Bélgica. El escenario, el Bosuilstadion de Amberes. La estrella, Gerd Müller. ‘Torpedo’ se paseó a sus anchas entre la defensa belga, anticipándose a los marcajes para asestarles dos goles letales, uno en la primera parte, de cabeza, y otro en la segunda, definiendo ante el portero. Un calentamiento para el ‘13’ alemán, que volvería a marcar por partida doble en la final disputada en Bruselas, un encuentro en el que la RFA golearía a la URSS (3-0). Así, con una superioridad ya metía miedo a todo el continente, se escribía el primer capítulo de la mejor Alemania de siempre, que corroboraría su dominio dos años después conquistando el Mundial’74 en casa. El éxito en aquella Eurocopa se cocinó, además, con una fase de clasificación histórica, en la que, en la eliminatoria de cuartos de final, previa a la fase final, Alemania derrotó a Inglaterra en territorio inglés por primera vez desde 1908. Un choque de estilos que hizo caducar al obsoleto planteamiento inglés y que proyectó hacia el futuro a la moderna propuesta germana. Un cambio de paradigma.

1976: EL TRUCO DE SCHÖN Y MÜLLER

Yugoslavia 2-4 Alemania Occidental
Pequeño Maracaná, Belgrado, 17.06.1976

Alemania siempre ha ganado pero en esta época todavía más. Llegaba a la Eurocopa de 1976 siendo campeona del Mundo y Europa, casi nada. En Yugoslavia se plantaron los Sepp Maier, Berti Vogts, Franz Beckenbauer y Uli Hoeness con ganas de seguir conquistando éxitos. Aunque parezca increíble ninguno de ellos fue protagonista en las semifinales ante el equipo local. Yugoslavia le tenía muchas ganas a su rival, había perdido dos años atrás en el Mundial, y sentía el calor de afición para ganar el torneo. El encuentro empezó genial para los locales, que a la media hora ya ganaban 2-0. Pero, claro, ni yendo 7-0 te puedes fiar de un alemán. Heinz Flohe puso el 2-1 en la segunda mitad, y a falta de diez minutos, llegó el momento mágico. El gran Helmut Schön, entrenador alemán más laureado, realizó el truco definitivo. Metió a Dieter Müller, que hasta entonces no había tenido ningún protagonismo, y el delantero nacido en Offenbach hizo el resto. A los tres minutos de pisar el césped igualó el encuentro, y remató su actuación anotando otros dos en la prórroga. La final la terminarían perdiendo por otro truco de magia, el de Antonin Panenka, pero aquella noche será siempre la de Schön y Müller.

1980: ALEMANIA PONE ORDEN

Fase de Grupos (Checoslovaquia, Países Bajos y Grecia)
Olímpico de Roma, San Paolo de Nápoles y Comunale de Turín, 11-17.06.1980

Según define Toni Padilla en el #Panenka53, aquella fue “la peor Eurocopa de la historia”. En medio del caos organizativo, de los problemas extradeportivos que arrastraba Italia, de los escándalos de las apuestas, de las gradas semivacías y de la violencia de los hooligans, apareció Alemania Federal para llevarse su segunda Eurocopa. Aunque los alemanes alcanzaron la final, y la ganaron –derrotando de nuevo a Bélgica–, no podemos decir que fueran semifinalistas. Aquel torneo, la primera Eurocopa en la que participaban ocho equipos se jugó con un formato de liguilla, con dos grupos cuyos campeones se enfrentarían en el partido con el título. Los germanos quedaron encuadrados con la vigente campeona, Checoslovaquia, Países Bajos y Grecia. Curiosamente, al único al que no pudieron vencer fue al, aparentemente, rival más débil, Grecia –aunque no es menos cierto que ya jugaron aquel encuentro sabiendo que tenían el pase a la final asegurado–. Superaron a los checoslovacos con un tanto de Rummenigge (0-1), vengándose de este modo de la derrota en la final de cuatro años antes, y vencieron a los neerlandeses, un enemigo recurrente, con un hat-trick de Klaus Allofs (3-2).

1988: PERDER ESTÁ SOBREVALORADO

Alemania Occidental 1-2 Países Bajos
Volksparkstadion, Hamburgo, 21.06.1988

En la mayoría de las veces, el dolor que una derrota produce no se estira tanto en el tiempo como suele decir la prensa. Va, no nos engañemos, que ya tenemos una edad. Debería ser universalmente conocido que después del pitido final, el perdedor se va al vestuario, se da una ducha, arranca el coche con las ventanillas bajadas para que le dé el aire, y acaba de aplacar su decepción en el bar del hotel, donde pide una copa versión long-format que vacía en seis tragos. Las desgracias, en remojo, pinchan menos. Ahora bien, perder en tu casa es otra cosa. Eso sí que escuece durante varios días, meses, años, puede que vidas. Cuando compites bajo tu propio techo, no puedes permitirte deslices de ningún tipo, pues al tener a tu gente cerca, es seguro que luego tendrás que dar demasiadas explicaciones. Y eso es lo que jode: tener que darle cuerda cada dos por tres al relato de tus propios tropiezos. Da igual que estés jugando a cartas, a dardos o a Eurocopas. Que se lo hubiesen preguntado a los integrantes de la selección de Alemania Federal que en 1988 palmaron en semifinales contra Holanda. Campeones en las ediciones de 1972 y 1980, los germanos no pudieron sumar un nuevo éxito en un torneo en el que arrancaron como favoritos por ser anfitriones. Alemania activó su famoso rodillo para barrer con facilidad a Dinamarca y a España en la fase de grupos, pero luego se atascaron en el último escalón antes de la final. Aunque empezó marcando Lothar Matthaüs, la oranje le daría la vuelta al electrónico con tantos Koeman y de Van Basten. Adiós a las semis. Adiós al torneo. Adiós a las derrotas que no son tan derrotas como en principio parecen.

1992: UNA CÓMODA ANTAGONISTA

Suecia 2-3 Alemania
Estadio Rasunda, Solna, Estocolmo, 21.06.1992

La Eurocopa de Suecia fue la primera en la que Alemania participó unificada. Pero pese a este cambio notable, mantenía el papel de malo. Ese papel de quien sigue ganando y además elimina de nuevo al anfitrión a las puertas de la final. Como venía siendo costumbre, la selección teutona se plantó en la Eurocopa de 1992 como campeona del Mundo. Dos años atrás habían fulminado a la Argentina de Diego Maradona. Varios jugadores repetían convocatoria pero no estaba Lothar Matthaus. Una lesión dejó fuera al que en ese momento era uno de los mejores futbolistas del panorama mundial. La semifinal se disputó en la ciudad sueca de Solna, los Tomas Brolin o Kennet Andersson querían romper la hegemonía alemana. Pero aquello no sucedió: rara vez derrotas a Alemania. Rápido se puso el partido de cara para la selección entrenada por la leyenda Berti Vogts, con un golazo de falta de Thomas Hassler que puso el 0-1 a los once minutos. A la hora de partido, Karl-Heinz Riedle, hombre acostumbrado a anotar goles importantes, marcó el segundo gol. Los suecos intentaron meterse en el encuentro con un gol de Brolin, pero de nuevo Riedle, a poco para el final, sentenció. La final, la perderían ante unos daneses que estaban más preocupados por sus vacaciones que por el título.

1996: UN PLATO QUE SE SIRVE FRÍO

Alemania 1-1 Inglaterra (6-5)
Wembley, Londres, 26.06.1996

30 años habían esperado los alemanes. Tres décadas habían pasado desde el Mundial de Inglaterra, la final en Wembley, el gol de fantasma de Geoff Hurst y la victoria en la prórroga de los anfitriones sobre los alemanes de la RFA. Cuentas pendientes para una Alemania ya unificada y sellada que tendría la oportunidad de quitarse un peso histórico de encima, en el mismo escenario, en las semifinales de la Eurocopa’96. Marcó Shearer y respondió Hassler. Otra vez, empate. En esta ocasión, sin goles en la prórroga. Directos a los penaltis. El recuerdo de las semifinales de Italia’90, esa maldita tanda de Turín, recorría el cuerpo de la afición inglesa, que había visto como su equipo había desperdiciado varias ocasiones claras en el tiempo extra. Percibían que el fin estaba cerca. Y así fue. En los lanzamientos desde los once metros, la fiabilidad alemana salió a relucir con un impecable 6 de 6 que les dio el pase a la final cuando Southgate falló en la muerte súbita. Solo Antonin Panenka en 1976 ha sido capaz de tumbar a los alemanes cuando el asunto se resuelve a penaltis. ¿Lotería? Si solo es cuestión de suerte, da la sensación que los teutones compran más boletos que nadie. El gol de oro de Bierhoff en la final ante la República Checa acabaría por confirmar esta tesis.

2008: DEMASIADA ALEMANIA PARA LA LOCURA TURCA

Alemania 3-2 Turquía
St Jakob-Park, Basilea, 25.06.2008

Alemania se presentaba en la Eurocopa de 2008 tras al desastre mundialista de dos años atrás. Era la primera competición para Joachim Löw y una generación que llegaba en buen momento: Bastian Schweinsteiger, Miroslav Klose, Michael Ballack, Philipp Lahm o Lukas Podolski. Esta vez no eliminaron al equipo local, pero sí a un país con el que tienen una estrecha relación futbolística. Turquía venía de hacer una Eurocopa loca, superando los partidos de forma épica. Para este partido no pudieron contar con dos jugadores claves: Nihat y Arda Turan. El duelo fue demencial. Los turcos se adelantaron en el marcador, pero Alemania terminó dándole la vuelta gracias a los goles de Schweinsteiger y Klose. Pero cuando tan solo quedaban cuatro minutos para el final, Semih Sentürk anotó el empate. Todo parecía indicar que el partido se iba a la prórroga. Entonces emergió la figura de Lahm, dando la victoria a Alemania desde el lateral izquierdo. La mannschaft pagó con su misma moneda a Turquía, que lo que había estado haciendo durante el torneo. La final la perderían con España tras el gol de Fernando Torres.

2012: MALDITOS ITALIANOS

Alemania 1-2 Italia
Estadio Nacional, Varsovia, 28.06.2012

“Italianos, cabrones, que sois unos cabrones”. ¿Han pillado la frase? Bien, ahora estrújenla, supónganle una entonación dura y tosca y, sobre todo, pásenla al alemán. ¿La tienen? Cojonudo, ya solo falta que la sepan barnizar con un poquito de imaginación. Porque eso es lo que probablemente se escuchó en varios sectores de la grada del Estadio Nacional de Varsovia el 28 de junio de 2012, día en que la Azurra, fiel a su tradición antialemanesca, barrió de nuevo al combinado teutón en unas semifinales de la Eurocopa. Para la Mannschaaft, ese fue sin duda un golpe de compleja digestión, pues el 1-2 que la mandó para casa le privó de disputar su segunda final consecutiva contra los españoles, de los que había ganas de vengarse después del toquecito mágico de Fernando Torres en el Ernst Happel. Pero entonces, Italia, para los de blanco, era mucha Italia. Sobre todo si su esquema de juego lo encapotaba un ariete de dudosa reputación, como ya hiciera en su día Paolo Rossi en el Mundial del ’82. En ese duelo de 30 años después estalló Balotelli, en la que tal vez fue la mejor aparición que se le recuerda al muchacho sobre un terreno de juego. Sus dos goles y, cómo no, su carismática celebración a pecho descubierto, sellaron la síntesis de un enfrentamiento en el que Alemania se vio sobrepasada por su rival en todas las facetas. Han tenido que pasar cuatro veranos más para que, finalmente, los germanos hayan podido aniquilar la maldición que les soplaba los talones cada vez que se cruzaban con Italia en la fase final de un gran campeonato.

*Textos de Iñaki Lorda, Marcel Beltran y Carlos Martín Rio