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Colo-Colo: el equipo que retrasó un golpe militar

Hace 53 años, Colo-Colo llegó a la final de la Libertadores, una gesta que frenó a los militares y dio oxígeno al Gobierno de Salvador Allende. Fue un espejismo

Colo-Colo
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En marzo de 1973, seis meses antes del golpe de Estado que le costaría la vida a Salvador Allende y a miles de chilenos, Colo-Colo comenzaba su aventura hacia la final de la Copa Libertadores. Un recorrido tan magnífico que hizo que los militares retrasaran su asalto al poder.


Este reportaje está extraído del interior del #Panenka133, un número que sigue disponible aquí

 

“Mientras Colo-Colo gane, el ‘Chicho’ estará a salvo”. Los seguidores de la Unidad Popular, la coalición
de izquierda que había llegado al poder dos años y medio antes, se repetían esa frase en la primavera de 1973, como un mantra que no se creían del todo. En ese momento de la historia, el Chile de Salvador Allende, el ‘Chicho’, el primer presidente socialista del país, estaba sumido en un caos vertiginoso. Tenía que hacer frente a una inflación infernal (del 180% en 1972), a la escasez de productos básicos (pan, café, carne…) y a las repetidas huelgas del sindicato de transportes, que paralizaba el país por su oposición a una nacionalización que estaba por venir. “Ya teníamos un cáncer en metástasis, lo presentíamos, pero no queríamos verlo”, reconoce Leonardo ‘Pollo’ Véliz, el extremo izquierdo de Colo-Colo de la época, sentado en la terraza de un bar de Reñaca, una localidad de costa situada en los alrededores de Viña del Mar, junto al Pacífico. “La derecha, que no quería ceder ninguno de sus privilegios, nunca aceptó la elección de Allende. Propagaban la idea estadounidense de que Chile se convertiría en una segunda Cuba, aunque la Unidad Popular había llegado al poder por las urnas, no por las armas. Y en el otro extremo, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) reprochaba al Gobierno que no hiciera lo suficiente. El país estaba más dividido que nunca”, añade. En medio del caos, el Club Social y Deportivo Colo-Colo, fundado en 1925 en el barrio de Macul, en Santiago de Chile, comenzaba el 1 de marzo de 1973 la que se convertiría en la mejor campaña de un club chileno en la Copa Libertadores hasta ese momento. Tres meses de euforia, antes de que el ruido de las botas se lo llevara todo por delante. “Pese a los problemas de aprovisionamiento y los bloqueos, los aficionados llegaban de todas partes para vernos jugar”, rememora Luis Venegas, el preparador físico de aquel equipo, en su casa de Pedrero, en el sudeste de la capital chilena, muy cerca del Monumental, la casa actual del ‘Cacique’. “Luis Álamos, el entrenador, decía que después de una victoria de Colo-Colo el té era más dulce y la marraqueta [un tipo de pan común en el país], más crujiente”, explica.

LA TREGUA DE LA LIBERTADORES

Dos meses antes, los ‘Albos’ habían alzado su undécimo título nacional, a las órdenes de un nuevo entrenador, Luis Álamos, el ‘Zorro’, una auténtica leyenda en el país. Ideólogo de un fútbol vistoso con Universidad de Chile (cuatro veces campeona bajo su mando, el equipo referencia de la década anterior), este exmaestro se trajo consigo a cinco jugadores y a todo el cuerpo técnico del Lota Schwager, un club de la provincia de Concepción al que había llevado a la élite a principios de los 70. “Era un gran pedagogo. Después de sus experiencias en el banquillo de la selección [como asistente en el Mundial 62 y como seleccionador en el del 66] y en el de la U, estaba en su mejor momento, tanto en lo relativo al juego como en la gestión de grupo”, señala Venegas. Álamos convenció también al hijo pródigo de Colo-Colo, Francisco ‘Chamaco’ Valdés, cedido contra su voluntad al Antofagasta, para que volviera al redil. “Cuando hablé con él por primera vez, Álamos me preguntó cómo me iba en la universidad”, explica Carlos Caszely, máximo goleador de Colo-Colo de 1973, desde la bahía de La Reina, con vistas a la cordillera que domina la región metropolitana. “Me dijo: ‘eres un rebelde y no te gusta la disciplina. Tengo una receta para los rebeldes: les doy responsabilidades. Serás capitán'”, añade. Asegura que él protestó tímidamente, alegando que ese rol pertenecía al ‘Chamaco’ Valdés, pero el técnico le respondió: “Si tienes clase en la universidad y necesitas faltar al entrenamiento, no te pondré ninguna pega, siempre que me avises antes. A cambio, al día siguiente me aseguraré de que trabajes más. Y cuando te diga que vayas a la barbería, irás a la barbería. ¿De acuerdo?”. Simpatizante de la Unidad Popular, Álamos no era uno de esos jefes de escuadrón autoritarios que imponían una disciplina de hierro a sus tropas. “Me di cuenta al instante de que el ‘Zorro’ era un maestro -continúa Caszely-. Era extremadamente vanguardista. También insistía en que fuéramos solidarios los unos con los otros dentro y fuera del terreno de juego, aunque no todos pudiéramos ser amigos. Nos daba libertad después de los partidos porque consideraba que la presión del fútbol era excesiva. Nos animaba a visitar lugares históricos o centros culturales cuando jugábamos fuera. Me marcó para toda la vida”.

 

“Mientras Colo-Colo gane, el ‘Chicho’ (Allende) estará a salvo”. Los seguidores de la Unidad Popular se repetían esa frase en la primavera de 1973, como un mantra que no se creían del todo

 

Colo-Colo inició su campaña continental contra un rival local, Unión Española, al que le cobró cara la visita (5-0). Fue tres días antes de las elecciones legislativas. Chile estaba al borde del abismo. Decenas de miles de comerciantes desfilaban por las calles de la capital haciendo sonar cacerolas en protesta por la subida de precios y la limitación de los bienes de consumo. La URSS, aliada circunstancial, había declinado dar una ayuda de 30 millones de dólares, al juzgar que el Gobierno de Allende era demasiado débil, además de reticente a aceptar las líneas marcadas por Moscú. Por su parte, la CIA seguía tratando de hacer fracasar de lo que Véliz califica de “utopía en libertad”, y alentaba a los elementos sediciosos del ejército. “El estilo del equipo, que había brillado en la temporada anterior, había seducido a todo el país con un juego desatado, alegre, explosivo, muy moderno”, analiza desde su oficina en San Joaquín, en el centro de la ciudad, Víctor Gómez, el autor del documental Sabor a victoria, que relata aquella odisea futbolística dentro de su contexto histórico. “El pueblo chileno se identificaba con ese Colo-Colo. El recorrido hasta la final convenció a los consejeros norteamericanos de Pinochet de posponer los planes para derrocar al Gobierno socialista. Había demasiada gente en las calles. Sólo tenían que esperar”, detalla Gómez. Con su habitual 4-2-4, el ‘Cacique’ pasó el mes de marzo superando adversarios en Santiago, antes de salir al exterior para pelear por pasar a la siguiente ronda. “Las huelgas de transporte y los paros patronales no impidieron que Colo-Colo llenara el Estadio Nacional”, explica Luis Urrutia O’Nell, autor de Colo-Colo 1973: el equipo que retrasó el golpe militar. “Todo el mundo estaba cautivado por esa aventura. Los trabajadores que construían el metro en la Alameda, la gran avenida que atraviesa Santiago, habían puesto una tele portátil en una zanja para no perderse ni un detalle. La banda de los carabineros tocaba el himno del club en el cambio de guardia del Palacio de la Moneda y los peatones lo cantaban al unísono. Ese fervor popular calmaba el humor volátil de un país roto. Los encuentros de Libertadores a mitad de semana eran como una tregua, una especie de día festivo tácito. Cada victoria le daba a Allende un respiro”, describe. El 3 de abril, el presidente Allende invitó a los ‘Albos’ a la Moneda antes de que partieran a Río de Janeiro para enfrentarse al Botafogo de Jairzinho, Dirceu y Marinho, que estaban comandados por Mário Zagallo. Iba a ser el primer partido de la segunda fase de grupos de la Libertadores, previa a la final. “No nos invitó por tacticismo”, explica Véliz, compañero del presidente en el Partido Socialista en aquella época. “Encarnaba un sueño que inevitablemente iba a dejar a gente desilusionada. Me pareció conmovido. Al recibirnos, el ‘Chicho’ celebraba una visión de Chile que estaba a punto de desaparecer. Nos felicitó por haber aliviado los sufrimientos de la población, en un ambiente de guerra civil latente”, continúa.

Colo-Colo

PAPEL HIGIÉNICO Y FÚTBOL TOTAL

De aquel Colo-Colo, Leonardo Véliz y el ‘Zorro’ Álamos no eran los únicos que se sentían como en casa en La Moneda. El centrocampista Guillermo Páez era abiertamente de izquierdas, mientras que Hernán Ampuero, uno de los miembros del equipo médico, también había caído tiempo atrás bajo el influjo de Allende. A Caszely se le atribuían vínculos con las juventudes comunistas, algo que apenas refutaba. “Más allá de la pertenencia a un partido, ya tenía muy clara mi manera de ver la vida”, se contenta con responder hoy el exdelantero, mientras saca el enésimo Marlboro. A pesar de la crisis que tenía a su alrededor, el presidente era consciente de una de las pocas fuentes de consuelo que quedaban en aquel momento. “Siempre tuvimos buena relación con el ‘Chicho'”, explica el exdefensa Mario Galindo desde Punta Arenas, la última metrópolis del sur antes de la Tierra del Fuego. “Nos dio las gracias por hacer feliz a la gente. Decía: ‘Mientras Chile esté contento, mejores serán la productividad y el crecimiento’. Teníamos 20 años, no éramos conscientes de lo que estaba en juego. Nos dimos cuenta después”, reconoce. Al ganar a Botafogo en Maracaná (1-2) a pesar de un arbitraje sesgado, Colo-Colo se convirtió en el primer equipo chileno que vencía en territorio brasileño. El ‘Cacique’ practicaba entonces un fútbol total, aun sin saber nada de Rinus Michels y los neerlandeses. “Todos atacaban y todos defendían”, explica Luis Venegas, que apoya su explicación en esquemas tácticos dibujados sobre su escritorio. Sin embargo, en el siguiente choque, el equipo santiaguino recibió un correctivo en Asunción ante el otro equipo del grupo, Cerro Porteño (5-1). La derrota no empañó el entusiasmo de los aficionados locales, a pesar de las penurias y la falta de transportes. Las 70.000 localidades del Estadio Nacional se llenaron en menos de 24 horas para ver los dos partidos más importantes que el club más popular del país iba a jugar en casa en toda su historia. “En Cienfuegos, donde la entidad había tenido su sede, muchos aficionados ‘colocolinos’ desesperados paseaban con carteles. Algunos estaban dispuestos a cambiar una bombona de gas por un asiento en lateral; otros ofrecían cinco rollos de papel higiénico por un boleto en uno de los fondos. Había quien incluso daba una lata de parafina a cambio de un billete. Hoy puede parecer irrisorio, pero aquellos productos eran muy costosos en aquel momento”, describe Galindo. Los paraguayos se estrellaron en Santiago (4-0), antes de que el ‘Pollo’ Véliz lograra el pase a la final marcando el empate en el último minuto contra los cariocas (3-3). Era el 8 de mayo de 1973. El país estaba encendido.

 

“El pueblo chileno se identificaba con ese Colo-Colo. El recorrido hasta la final convenció a los consejeros de Pinochet de posponer los planes para derrocar al Gobierno socialista. Había demasiada gente en las calles”

 

En una tierra de cuentos y leyendas, empezaron a circular rumores del todo irreales. Como el que asegura que Salvador Allende llamaba por teléfono al ‘Zorro’ Álamos antes de cada partido de Libertadores “para comprobar cómo estaban las cosas y hacerle saber que Colo-Colo era el último baluarte que mantenía al país unido. Se lo escuché a un periodista que acompañaba al equipo por todo el continente”, asegura Urrutia O’Nell. Once jugadores del ‘Cacique’ actuaban también para la selección, que buscaba clasificarse para el Mundial de Alemania, que se jugaría al año siguiente. Entre el 14 de abril y el 13 de mayo, disputaron tres partidos amistosos, en México, Haití y Ecuador, antes de enfrentarse a Perú a ida y vuelta. “Luis Álamos, que era también entrenador de la ‘Roja’, no pensaba en otra cosa. Nos anunció, muy orgulloso, que su hija se iba a casar. Cuando le preguntaron la fecha, respondió: ‘Entre Cerro Porteño y Botafogo'”, señala Gómez.

El 22 de mayo, los ‘colocolinos’ se desplazaron hasta Avellaneda, en Buenos Aires, para enfrentarse a Independiente, vigente campeón, en la final del torneo. De nuevo, una encerrona (1-1), con el gol de los argentinos logrado tras una falta clamorosa al portero de los ‘Albos’, Adolfo Nef. “En aquella época, la Libertadores era una auténtica guerra -recuerda Véliz-. Se permitía todo: la corrupción arbitral, el dopaje, la intimidación de los hinchas al equipo contrario. Es lo que nos ocurrió en Argentina. Era la ‘mano negra’ de la confederación sudamericana. La mafia del Atlántico (los clubes argentinos, brasileños y uruguayos) tenía que imponerse a los países del Pacífico”. El día después de la ida, el equipo se reencontró con Allende en la embajada de Chile de la capital del país vecino, adonde el presidente había acudido para asistir a la investidura de Héctor Campora, un peronista de izquierdas que no permanecería más que 49 días en el poder. A ambos lados de la cordillera, ‘el huevo de serpiente’, como en la película de Ingmar Bergman que narra el ascenso del nazismo, se agrietaba más y más. A su regreso al otro costado de Los Andes, el 26 de mayo, Allende alertó contra “los que sueñan con un golpe de Estado. Son enemigos de la democracia”.

EL REBELDE VS. EL DICTADOR

Las dos semanas posteriores, la ‘mafia del Atlántico’ atacó de nuevo. Primero, en Santiago, para el partido de vuelta, en el que a Caszely le anularon un gol legal. El marcador volvió a señalar un empate (0-0), por lo que se tuvo que jugar un partido de desempate en Montevideo siete días después, el 6 de junio de 1973. Esta vez, la expulsión injusta del central ‘colocolino’ Leonel Herrera decantó la balanza. Independiente se llevó finalmente la Libertadores en la prórroga (2-1). La decepción fue tan grande como las expectativas que se habían creado, pero el regreso a Santiago resultó ser triunfal. “Aun sin haber ganado la copa, una multitud acompañó al equipo desde que bajaron del avión hasta el centro de la ciudad, como si fueran los campeones. No era efusividad, sino afecto y solidaridad”, relata Urrutia O’Nell, que entonces tenía 21 años. Parecía que la capital disfrutara de un último momento de comunión. Terminada la epopeya de los ‘Albos’, ya nada se interponía en el camino de los militares y sus aliados estadounidenses para derrocar a un poder cada vez más cuestionado. El 29 de junio, el ‘Tanquetazo’ supuso una especie de ensayo general. Una veintena de tanques y blindados circularon hacia La Moneda para probar el apoyo popular y militar de Allende. Las trayectorias de la Unidad Popular y Colo-Colo iban a estrellarse a la vez. “Existe un cierto paralelismo entre ambos”, indica Víctor Gómez: “El paréntesis del Gobierno de Allende fue una loca utopía que la administración Nixon envió al infierno, mientras que este Colo-Colo dio esperanza a todo un pueblo de ser campeón de América antes de caer bajo un yugo exterior. Su destino era ser una esperanza, una promesa, simplemente eso”.

 

Los casi héroes de Montevideo vieron por última vez a Allende después de la final. El presidente parecía preocupado. Unas semanas después, el 11 de septiembre, los militares bombardearían La Moneda

 

Medio siglo después, los supervivientes de aquel conjunto siguen estando muy bien considerados en el país andino. “Fue después de la dictadura, en los años 90, cuando surgió la hipótesis de que los éxitos del ‘Cacique’ habían aplazado el golpe de Estado”, subraya Urrutia O’Nell. “Se empezó a hablar mucho de ello, la mayoría de veces de forma extraoficial. El contexto histórico, la calidad de aquel equipo, la brevedad de la aventura, sumado a esa teoría, confieren al Colo-Colo de 1973 una imagen de culto que sigue viva”, expone. Los casi héroes de Montevideo vieron por última vez a Salvador Allende después de la final contra Independiente. El presidente parecía entonces preocupado, como si tuviera la certeza de lo que estaba por venir. Unas semanas después, el 11 de septiembre, los militares bombardearían La Moneda y tomarían el país con la bendición de la CIA. Allende se suicidaría en el palacio presidencial. “Nadie pensaba que después del golpe de Estado la dictadura duraría 17 años”, asegura Mario Galindo. Ya al día siguiente, la junta de Pinochet requisó el Estadio Nacional, la casa del ‘Cacique’, para convertirlo en un centro de detención y tortura. Una semana después, el avión de la selección fue el primero en salir del país, para enfrentarse a la URSS en la clasificación para el Mundial 74. Al final del partido, Carlos Caszely no validó su billete de vuelta a Santiago. Se fue directamente a su nuevo equipo, el Levante, escapando así de una recepción prevista con el “general innombrable”, como lo llamó Miguel Littin, cineasta largo tiempo exiliado. Unos meses después, no podrá eludir un nuevo encuentro en La Moneda antes de volar a Alemania. Allí se negará a estrechar la mano del ‘sucesor’ de Allende. Como represalia, y dado que no podía hacer nada contra la estrella del país, el tirano mandará torturar a su madre. En 1979, con motivo de la Copa América, los dos hombres se reencuentran. “Mi mujer me había recomendado un accesorio rojo para el traje que llevaba”, recuerda hoy Caszely: “Ese mismo día, Pinochet me dijo que me iba a cortar la corbata roja. Le respondí que tenía otras en casa. Me preguntó si era consciente de que podía hacer que me cortaran todas las corbatas rojas. Entonces le dije: ‘Las puertas de mi casa están abiertas a todo el mundo, podéis cortarlas todas, mi corazón permanecerá siempre del mismo color'”. Después de su derrota en el referéndum de 1988, el hombre al que no le gustaban las corbatas rojas se vio obligado a abandonar el poder el 11 de marzo de 1990. Al año siguiente, con el comienzo de la transición democrática, Colo-Colo se convirtió en el primer club chileno que ganaba la Copa Libertadores.

Fotografías de La Nación