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Cuando eres tú quien decide marcharse

Jacinto Elá, ex jugador del Southampton o del Hércules, escribe para Panenka sobre las oportunidades perdidas, el miedo al juicio ajeno o la decisión de marcharse de los sitios en los que estamos bien

En dos momentos muy distintos de mi vida dejé de ir a un sitio sin que nadie me echara. En ninguno de los dos casos recibí una llamada de atención. Nadie me dijo que no podía estar allí. Fui yo quien decidió marcharse.

La primera vez ocurrió dos años después de retirarme del fútbol profesional.

Mientras trabajaba como maestro, me dio por asistir todos los miércoles a clases de Antropología y Sociología en la Universidad de Barcelona. No estaba matriculado. Simplemente entraba, me sentaba al final del aula y escuchaba.

Con mis treinta años era, probablemente, el alumno más mayor de la clase. Al principio pasaba desapercibido. Con el tiempo empecé a participar cada vez más. Hacía preguntas, intervenía en los debates y disfrutaba aprendiendo. Nunca escondí que no era alumno de la universidad. Sencillamente, nadie me lo preguntaba y yo tampoco sentía que estuviera haciendo nada malo. Solo quería aprender.

Un día, el profesor comentó que había mucho material interesante en la plataforma virtual de la universidad y me recomendó consultarlo.

—No puedo —le respondí—. No estoy matriculado.

Se quedó sorprendido.

Cuando terminó la clase se acercó a mí y, sonriendo, me dijo:

—Para uno que presta atención…

Le hizo gracia la situación. Incluso se ofreció a darme acceso al material para que pudiera seguir aprendiendo.

Sin embargo, consiguió justo el efecto contrario.

Hasta ese momento había entrado cada miércoles con absoluta naturalidad. Pero desde aquella conversación dejé de sentirme invisible. Empecé a pensar que cualquier día alguien me preguntaría qué hacía allí o me pediría explicaciones. Nunca ocurrió.

Porque dejé de ir.

 

“Nadie se había atrevido a decirnos que había que pagar. Como éramos jugadores del Southampton, todos daban por hecho que el club tendría algún acuerdo con el gimnasio o que alguien ya habría autorizado nuestra entrada”

 

Aquella historia siempre me recuerda a otra muy parecida que viví años antes, cuando todavía era jugador del Southampton.

Era mi última temporada en el club. Acababa de regresar de una grave lesión de ligamentos sufrida durante mi cesión al Hércules. Mi compañero y amigo Agustín Delgado también atravesaba una recuperación complicada. Los dos hacíamos mucho trabajo específico fuera de los entrenamientos y, para completar la preparación, contratamos a un preparador físico que, más que un entrenador, era un amigo. Nos cobraba casi por compromiso.

Fue él quien nos llevó un día al gimnasio David Lloyd, un centro deportivo espectacular que nos quedaba de camino. Entramos junto al fisioterapeuta del Southampton, entrenamos y nos encantó.

Tener a disposición una piscina para evitar los impactos en nuestras articulaciones nos hacía sentir vivos. La gente iba con gorro y bañador, nosotros con el pantalón de entreno y sin gorro. Nadie nos decía nada.

A los pocos días decidimos volver por nuestra cuenta.

Al llegar a la recepción nos preguntaron quiénes éramos.

—Jugadores del Southampton.

Nos sonrieron y nos dejaron pasar.

La semana siguiente ocurrió exactamente lo mismo. Y la siguiente también.

Entrábamos, saludábamos, decíamos quiénes éramos y nadie nos pedía un carné ni nos preguntaba si éramos socios. Para nosotros aquello acabó pareciendo lo más normal del mundo.

Hasta que un día se lo comentamos al fisioterapeuta.

—¿Os habéis hecho socios? —preguntó.

—No.

Se quedó unos segundos mirándonos.

—Entonces… ¿cómo entráis?

—Pues decimos que somos jugadores del Southampton.

Rompió a reír.

Nos explicó que nadie se había atrevido a decirnos que había que pagar. Al escuchar que éramos jugadores del Southampton, todos daban por hecho que el club tendría algún acuerdo con el gimnasio o que alguien ya habría autorizado nuestra entrada.

 

“Mientras creemos que pertenecemos a un lugar, nos comportamos con absoluta naturalidad. Pero basta con que alguien nos haga conscientes de nuestra situación para que aparezcan la duda, la vergüenza o el miedo a que nos cuestionen”

 

Nunca intentamos engañar a nadie. Nunca dijimos que tuviéramos un pase especial ni un convenio con el gimnasio. Simplemente respondíamos a la pregunta que nos hacían.

Pero, después de aquella conversación, tampoco volvimos.

No porque nos descubrieran.

No porque nos prohibieran entrar.

Simplemente porque, desde ese momento, éramos conscientes de que quizá no deberíamos haber estado allí.

Con los años me he dado cuenta de que ambas historias hablan de algo mucho más profundo que una universidad o un gimnasio.

Mientras creemos que pertenecemos a un lugar, nos comportamos con absoluta naturalidad. Pero basta con que alguien nos haga conscientes de nuestra situación para que aparezcan la duda, la vergüenza o el miedo a que nos cuestionen. Curiosamente, muchas veces nadie llega a hacerlo.

Somos nosotros quienes nos levantamos y nos vamos.

Desde entonces me pregunto cuántas oportunidades abandonamos antes de tiempo. Cuántas veces dejamos de presentar un proyecto, de asistir a una reunión, de levantar la mano o de entrar en un lugar porque creemos que no nos corresponde estar allí.

Quizá el mayor obstáculo no sea que alguien nos cierre la puerta.

Quizá sea que nosotros mismos decidimos salir antes de comprobar si, en realidad, estaba abierta.