Hay cosas que duelen solo con mirarlas: un tío haciendo parkour y despeñándose desde un segundo piso, un gimnasta cayendo en plancha después de saltar mal del trampolín o un tuit dando por muerto a Rodri en el inicio del Mundial. El mediocentro de España ha fulminado las dudas que existían en torno a su juego de la misma forma que resuelve encrucijadas en el césped, con una exhibición de cordura y serenidad. Gobierna los partidos como un padre, escarmienta a los rivales como un agente de la ley y atiende a sus compañeros como el mejor de los amigos, ese que sabes que siempre ha estado y estará. En las semifinales de una Copa del Mundo, donde el suelo tiembla y las farolas parpadean, conviene tener cerca a tipos que se saben el temario de memoria. La selección de De la Fuente se aferra al ’16’ como a un tabla de madera en medio del océano. Sus conocimientos son una garantía. Cuando Rodri recibe, el resto abre la libreta y saca el boli: se viene clase magistral. Un pase raso y tenso, un movimiento al espacio, una carga con el cuerpo, una entrada limpia. En realidad, hablamos de acciones sencillas, prácticas, casi elementales. El fútbol reducido a su esqueleto. Pero nadie como Rodri para expresarse en ese lenguaje de lo mínimo, que suele ser la base sobre la que se asientan las victorias más trascendentales. Iván Barton pitó el final, Mbappé se llevó las manos a la cabeza y la cámara enfocó a Rodri, empapado como si acabara de salir de la ducha. Se había vaciado como si fuera el último día. Exactamente lo que tienes que hacer para que todavía haya otro más.
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Fotografía de Getty Images.


